¿Puede la tecnología convertirme en un zombie?

El siguiente artículo es una colaboración propia con el blog  ¨El punto de equilibrio¨ del equipo Bulat.

El “beatus ille” es un género literario que alude a la vida retirada del ritmo maquínico de la ciudad. Y se funda en el famoso poema del poeta romano Horacio, que dice ¨Dichoso aquel que de los negocios está alejado…¨ (“Beatus ille qui procul negotiis…”). Y es verdad que no sería justo si dijera que la tecnología nos ha venido a arruinar la calidad de vida. Por el contrario, creo que nos aporta mucho y creo que estamos viviendo la fase de transhumanismo, el ser humano evolucionando hacia una etapa superior en la cual se fusionan tecnología y hombre (el posthumanismo). Y es un hombre que se supera, quizá el presagiado superhombre (Übermensch) de Nietzsche.

Ahora bien, cuando uno viaja en colectivo o subte y ve a las personas como mónadas incomunicadas y, extasiadas operando aceleradamente sus dedos sobre sus celulares, pareciera más tratarse de zombies que de superhombres. ¿Será entonces una etapa de superación del hombre o de mayor idiotización? Porque efectivamente uno se llega a preguntar si no se trata de víctimas pasivas y encantadas de un suprasistema tecnológico que lenta y prolijamente va disciplinando a deseosos y pacíficos consumidores esclavos. Y a esta pregunta le subyacen otras: ¿acaso hay una ética implícita en los artefactos tecnológicos? ¿Somos zombies o superhombres operando artefactos neutrales o, son los artefactos los que no convierten en zombies?

Es muy conocido el dicho español de que “a las armas las carga el diablo”. Este simple refrán nos hace creer que la tecnología -o el artefacto tecnológico, o el dispositivo, o la herramienta- es ética y socialmente neutral. Su carácter positivo o negativo va a depender solo de los fines determinados por un agente exterior, será solo la maldad o la bondad del hombre usuario lo que la convertirá en buena o mala. Las valoraciones y las responsabilidades morales quedarán en cabeza del agente y no del artefacto. Por ejemplo, un teléfono celular puede ser utilizado para llamar a una emergencia médica (fin positivo) o para realizar lo que se llama un secuestro virtual (fin negativo).  Ahora bien, también intuimos que hay algo moral en la esencia de las cosas: no es lo mismo regalarle a un hijo un arma que un juego de acuarelas. Es como si precomprendiéramos que su voluntad se pueda torcer hacia un lado (la violencia) o hacia el otro (la creación pacífica).

Bien, es sabido que la postura ética de mayor difusión y aceptación, la Teoría Instrumental, sostiene que la tecnología es neutral, sin contenido valorativo propio, y se fundamenta en la idea de que las tecnologías son herramientas para servir a los propósitos de los usuarios y son indiferentes a la variedad de fines para los cuales pueden utilizarse. Pero en la vereda de enfrente tenemos a la Teoría Sustantiva, que niega la neutralidad de la tecnología, sosteniendo que en la etapa del diseño del dispositivo tecnológico hay en juego valores culturales y consideraciones subjetivas que sesgan las capacidades de innovación en una dirección predeterminada y entienden que los valores de un sistema social específico y los valores de la clase dominante se instalan en el propio diseño de los procedimientos racionales y de las máquinas. Es como que de alguna manera el dispositivo contiene en su esencia el «para qué» fue diseñado (tanto el objetivo real como el formal), aún hasta antes de clarificar el «para qué». Cabe agregar que en cierta forma la Teoría Sustantiva afirma que el principio de inteligibilidad que atraviesa a la racionalidad científico-tecnológica es el de la eficiencia, la utilidad y la productividad, y que es fácil ver que se trata de valores más aptos para un autómata que para un ser humano, y que tienden a la cosificación y pauperización espiritual del hombre.

El filósofo de la tecnología norteamericano Andrew Feenberg aportó una opción reconciliadora y superadora con su Teoría Crítica de la Tecnología. Entiende que el empobrecimiento del ser humano “se encuentra enraizado, no en la tecnología per se, sino en los valores antidemocráticos que gobiernan el desarrollo tecnológico”. ¿Por qué antidemocráticos? Y, porque en el diseño del artefacto tecnológico ya hay inscripto un interés de partes y una relación de dominio. No están representados todos los intereses de la sociedad. Es así que su propuesta se funda en una reformulación democrática de la tecnología. Esto quiere decir que en el diseño tienen que estar contempladas todas las voces, también la de los futuros usuarios. Y que el diseño tiene que contener una ideología democrática.

Y para cerrar y reforzar el concepto solo basta exponer el actual caso de malversación de datos de los usuarios de Facebook, que nos pone luz a la ausencia de neutralidad de los dispositivos tecnológicos. ¿Qué nos queda hacer como usuarios? Resistir a la tecnología anteponiendo exigencias y condiciones humanas y democráticas. Resistir a ser manipulados.

Alejandro Fidias Fabri

 

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