Las imágenes que nos conmocionan.

kyudo+fotografía

El siguiente artículo es una colaboración propia con el blog  ¨El punto de equilibrio¨ del equipo Bulat.

En este artículo me voy a referir a la fotografía, y más específicamente al fotorreportero y a su producto como registro conmocionante de un instante único e irrepetible, como una certificación al estilo cartesiano ¨está fotografiado, luego existió¨, pero además produjo una marca emocional en mi cuerpo.

En mi historia personal no puedo dejar de remitirme a mi larga estadía en el Japón a principios de los ’80. El programa, a los efectos de sumergirnos a los becarios en la cultura japonesa, organizó algunos viajes culturales, como por ejemplo al Museo de la Paz de Hiroshima, a templos de Kyoto, etc. Era usual que nos transportaran en ómnibus hasta el lugar, llegáramos, nos bajáramos, viéramos la placa del lugar y, al grito de ¨Shashin!¨ -foto, en japonés- nos agrupáramos amigablemente frente al objetivo de una cámara, y seguidamente frente al grito de ¨Cheese!¨ produjéramos una sonrisa creada ad hoc y robada para la posteridad, para ser inmortalizada en una imagen que dijera ¨Yo estuve aquí¨. No importaba mucho la reflexión de lo que uno estaba viviendo, no importaba la historia implicada, solo importaba el hecho de demostrar que uno había estado allí, y que había estado con ese grupo de personas. Este irrepetible acto contenía algo extraño, era algo como no hacer historia sino parasitarla mediante una fotografía. Era la representación cabal del consumismo en épocas en que todavía no había despuntado en la Argentina. Era la preselfie de la sociedad hiperconsumista. Y paradojalmente la roca inamovible de tal circunstancia no era el referente histórico que visitábamos sino la imagen de ese referente, como si la sombra de un cuerpo -y no el cuerpo mismo- fuera la garantía de que tal cuerpo existe.

Bien, con este antecedente personal me paro hoy frente al análisis de intentar comprender qué ocurre cuando uno ve imágenes de un hecho histórico como por ejemplo la movilización y los hechos violentos ocurridos durante el tratamiento de la reforma previsional en la Plaza de los Dos Congresos de diciembre del 2017, imágenes de más de un fotorreportero, y qué nos está diciendo cada imagen y cada reportero, cómo registran ese hecho violento, cómo lo hacen pasar a la posteridad, y cómo se diferencian y se relacionan.

Kyudo y fotografíaEn una primera lectura, y bien poética, se me ocurre analogizar   al acto de fotografiar del fotorreportero con el arte japonés del tiro al arco, el Kyudo. El Kyudo es un arte que lleva años introyectar porque implica de alguna manera el automatizar movimientos, respiración y actitud corporal para hacer despuntar la espiritualidad necesaria para eyectar la flecha, que finalmente no buscará particularmente dar en el blanco sino metafóricamente acertar en el mismo tirador. O sea, implica desarrollar y aprender artificios para superarlos hasta llegar a un estado espiritual en el cual el blanco es uno mismo. Y de aquí me pregunto cuánto tiene en común el tirador de arco con ese ¨dedo que mira¨ del fotógrafo que está sacando una foto de una situación que lo impactará en el espíritu. Con su dedo toca el alma del acontecimiento, de una situación que no solo surge de sí mismo, sino que la misma situación le está diciendo ¨inmortalizame¨. Es como si el fotógrafo operara como el mediador de un mensaje que proviene de algo que lo supera, como si su subjetividad fuera cooptada por un llamado universal.

Y el aspecto que me llama la atención de las imágenes que pasan a la posteridad de acontecimientos que pasan a la posteridad, es como el de acertar la flecha en uno mismo, y el semiólogo francés Roland Barthes lo llamó Punctum, que es algo así como el extrañamiento particular que produce una imagen, el ¨pinchazo¨ o ¨pellizco¨ que produce al observador, alineado con el que le produjo al fotógrafo. Y es sospechable que tal Punctum sea portador de una enorme fuerza expansiva metafórica o metonímica. Son imágenes que desde su contingencia e individualidad permiten o invitan a llegar a la lectura emotiva, ética y estética de todo el acontecimiento que representan, y conmueven. Y aún más, como en el caso del cuerpo y la sombra, paradójicamente son garantía de verdad, de que el referente de la misma -el acontecimiento real- existió. Son imágenes que nos responden a la pregunta de por qué esta imagen es diferente a todas las restantes, por qué me llega al espíritu, por qué me produce una tensión particular y me sumerge en el mismo instante en que fue disparada la foto, por qué la estetización del instante contiene también al dolor del acontecimiento, y hasta el olor, la transpiración, la sangre, la alegría, el sufrimiento, y la fortaleza de un reclamo. Son imágenes que de alguna manera remiten a una experiencia religiosa porque trascienden, pero a la vez contienen al acontecimiento.

Bueno, como ocurre con todo pensamiento, lo valioso es el recorrido y no el lugar de llegada. Y no hemos llegado a ningún lugar específico pero hemos abierto caminos de pensamiento….hemos dado en el blanco espiritual.

Alejandro Fidias Fabri

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