El grito mudo - 100x70 - 2015
El grito mudo – 100×70 – 2015 por Alejandro Fidias Fabri

Salvando las distancias, la pintura que estoy haciendo podría referirse al personaje Juanito Laguna, ya anciano, y que aún conserva en su mirada la esperanza. O quizá el brillo de sus ojos delate la nostalgia del recuerdo de una infancia cuando al menos podía remontar su barrilete. También podría tratarse del hijo de Juanito Laguna, que no pudo salirse del inexorable destino que le marcó la pobreza de su padre. Pero, sea quien fuere, siempre es trágico generar pena por ser “un indigente” o “un sin techo”, y además ser un anónimo o parte de una estadística. Ésta persona tiene un nombre, se llama Julio César.

Los hechos son que estaba una mañana a mediados de enero sentado en un parque, mientras vigilaba las andanzas de mi perro Banzai. De pronto apareció una persona muy desalineada de entre cuarenta y cincuenta años de edad, que llevaba en un carro de supermercado todos los bienes de su vida: algún que otro periódico viejo, papel higiénico, una frazada, y bolsas con residuos de comida seguramente donados por los comercios del barrio. Si bien podría ser burocrática y administrativamente categorizado como un “sin techo”, se trataba de un ser humano dejado a la buena de Dios por la vida y por la comunidad.

-¡Qué lindo perro! Yo tenía uno igual. ¿Cómo se llama?- me expresó esta persona con el ánimo de entablar conversación.

-¡Muchas gracias, se llama Banzai! ¿Y qué fue de tu perro?- le respondí a mitad de camino entre sorprendido y cauto.

-Me lo robaron. No hay seguridad. Fijate que yo vivo ahí, abajo del edificio gris, el que está junto al contenedor de basura reciclable. Con mi señora dormíamos en la calle, junto a la entrada. Hace veinte días, ella no despertó. Murió mientras estábamos durmiendo. Mirá mis ojos, están rojos de tanto llorar- me dijo luego de secuencialmente señalar un edifico cercano, un contenedor de basura reciclable, y finalmente sus ojos.

-¡No me digas! ¡Qué dolor! ¿Y qué hacés ahora en el parque con el carrito?- atiné a responderle.

-Resulta que me discriminaron. Avasallaron mis derechos- respondió angustiosamente y con un habla acelerada- Después de que falleció mi señora, vinieron un día el administrador del edificio con el encargado y con dos policías. Los policías me dijeron que me tenía que retirar de ese lugar y que no podía dormir allí. ¿A vos te parece semejante discriminación? Si la misma policía me dice eso, no sé ante quién tengo que denunciar este hecho. Por eso estoy en el parque. Porque fui discriminado.

Yo me quedé medio sorprendido por la situación que describía y el tecnicismo legal de sus palabras. Pensé para mis adentros que este buen hombre (y víctima de la vida) desconocía lo que es la propiedad privada o las reglamentaciones existentes del espacio público. Pensé en el relativismo y la frescura de sus creencias y argumentaciones, que se pregunta o se enoja por algo que solemos dar por natural y que en realidad no lo es, la propiedad privada, el espacio público, y los derechos vinculados. Él quizá pensaba que el hecho de ser humano y la dignidad que ello implica, estaban por encima de cualquier reglamentación que incumbiera a la propiedad. La propiedad es una cosa, él es un ser humano. Es un tema de jerarquía ontológica. Él creía que el hecho de ser indigente o sin techo no era un motivo (humanamente) suficiente para ser discriminado de esa manera por personas que sentían que tenían derechos sobre el espacio público superiores a los de él. ¿Si no, dónde quedó el principio democrático de la «igualdad»?

Sólo atiné a preguntarle su nombre, a lo cual me respondió muy orgullosamente -¡Julio César!

-¡Mucho gusto, Julio César, me llamo Alejandro! – le expresé mientras le daba la mano -Lamento mucho lo de tu señora y el hecho de que te hayan echado de la puerta del edificio. ¿Vos sabés que en la ciudad hay hogares de tránsito y paradores nocturnos? ¿Los conocés?

-Sí, pero a mí nadie me saca de la calle. Yo tengo mis derechos.- me respondió de manera reiterativa pero con mucha seguridad mientras que con un enorme sentido de arraigo señalaba a la totalidad del parque.

A continuación me agradeció las palabras de aliento, nuevamente nos dimos la mano, y me fui. Mientras caminaba pensé en la imagen de vivir en la calle, y con un contenedor de “reciclables” como punto de referencia. Pensé en cierto arraigo y apropiación por parte de Julio César del lugar público en el cual su esposa murió. Asocié las dos imágenes con su mirada entre nostálgica y esperanzada. Asocié el contenedor de “reciclables” con la reciclabilidad de las cifras estadísticas en abstracto de “pobres”, indigentes”, y “sin techo”. Pensé también en las fantasías que habrán tenido el padre y la madre de Julio César al bautizarlo con el nombre del emperador. Pensé en su destino. Pensé en la falta de generosidad comunitaria. Fue en ese momento que me nació la idea de esta pintura que está en proceso, aún sin título, que opera como catalizador del dolor que me produjo la experiencia del encuentro con Julio César.

Alejandro Fidias Fabri

PS: Mientras pintaba, pensé también en la precariedad nuestra como ciudadanos perplejos frente a las luchas al desnudo entre el poder político y el llamado poder real. Es así que el tema viró hacia representar nuestra propia precariedad como animales de la polis. Seguramente en las próximas semanas esté lista la pintura como para colgarla en el blog. Lo de ahora es parte del proceso.

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