El poder (político) no es un perrito faldero.

No suelo ver mucha TV, pero días atrás llegó a mis manos el DVD de los tres primeros capítulos de la serie Borgen, una5cf4e-borgen ficción televisiva danesa de culto producida por la televisión estatal que trata sobre los entretelones de los juego de poder en la alta política de Dinamarca y sus vinculaciones con los medios de comunicación. La historia narra las idas y venidas del personaje Birgitte Nyborg, primera mujer que llega a convertirse en Primera Ministra de Dinamarca –hecho que ocurrió en la realidad en el 2011 con el acceso al cargo por parte de Helle Thorning Schmidt.
No deja de sorprender el hecho de que la serie comenzó hacia finales de 2010 y en la realidad, un año después, verdaderamente ocurrió el nombramiento de la Primera Ministra. Lo segundo es que mientras que en la Argentina hemos estado acostumbrados en la última década a vivir gobiernos con mayoría legislativa, la serie exhibe una forma de gobernar muy distinta –ni mejor ni peor- que refleja a la realidad danesa: desde 1910 ningún partido ha tenido mayoría legislativa y por ello el ejercicio normal es el de realizar coaliciones entre los partidos, y buscar consensos a través de arduas negociaciones.Lo bueno es que hace reflexionar: estamos acostumbrados a pensar a la política como un ejercicio de estructura binaria (cero o uno, o estás a favor del todo o estás en contra del todo, no cabe la posibilidad de estar a favor de algunas políticas y en contra de otras, o sos oficialista o sos oposición y no hay terceras posturas). En cambio en Dinamarca hay dos partidos importantes y varios medianos y pequeños, y en cierta manera se favorece la emergencia y representación de minorías políticas -y el pluralismo político-, tanto que cualquiera con el 2 % del electorado puede alcanzar escaños en el legislativo y el sistema lo protege (un 25 % de los escaños está garantizado para los partidos minoritarios). En principio, sin mayor análisis, pareciera ser un sistema más justo: en nuestro caso, la fortaleza de un sistema en donde un partido tiene digamos un 51 % de las cámaras legislativas, ejerce un poder casi dictatorial sobre el restante 49 %. A su vez, este 49 % se ve obligado a unirse como oposición binaria contra el hegemónico oficialismo, desdibujando a la multiplicidad de voces y a los matices que contiene. Por supuesto que los mecanismos de las democracias tienen por finalidad llevar la multiplicidad a la unicidad, pero unas formas son más drásticas que otras para realizarlo.

Otro aspecto que marca es el contenido de las plataformas políticas y la variabilidad ideológica respecto de temas centrales tales como la inmigración, el presupuesto militar y policial, el envío o no de tropas a las guerras, la edad mínima de imputabilidad, etc. En principio, la serie refleja una realidad danesa en la que un partido que se considera de izquierda, tiene y enuncia políticas propias de la izquierda, y uno de la derecha, políticas de derecha. Cuando ello no ocurre, son castigados en las urnas por sus seguidores (recordemos que los pequeños matices de los partidos permiten los desplazamientos de los votantes de un partido a otro). En la Argentina, nos es difícil conocer explícitamente las plataformas de los partidos, y llegamos a conocerlos solo por cierta coherencia en sus acciones (no siempre tan coherentes). En general creo que estamos regidos por un alto grado de oportunismo, más crudamente que en el caso que se exhibe de Dinamarca.
Otra característica de la serie es que cada uno de los capítulos comienza con un epígrafe de algún famoso teórico-pragmático de la política: el primer capítulo, titulado Decencia en el medio, arranca con el epígrafe “Un príncipe no debería tener otra preocupación o pensamiento que no fuera la guerra, su organización y su disciplina”, de Maquiavelo; el segundo, titulado Cuenta hasta 90, arranca con “Es mucho más seguro ser temido que ser amado”, también de Maquiavelo; y el tercero, titulado El arte de lo posible, dice “La democracia es la peor forma de gobernar un país, excepto por todas las otras formas que han sido probadas”, de Churchill. Por supuesto que el tema de cada epígrafe está particularmente vinculado a la trama del capítulo que encabeza. Y también los diálogos exhiben la crudeza de la política. Por ejemplo, cuando el asesor de la recién nombrada Primera Ministra la incita a que sea más dura en el ejercicio de su poder en las negociaciones de coalición y le dice: “El poder no es un perrito faldero, debes agarrarlo y aferrarte a él”. O cuando el jefe de la oposición en una clara situación de oportunismo la alienta a que tome una medida contraria a la ideología de la PM y le dice: “Un gobierno implementa las políticas necesarias para su supervivencia”.
En general creo que entre nosotros existe la falsa percepción de una pureza prístina en la política de los países nórdicos. Error. También los nórdicos son seres humanos, y más acentuadamente los políticos. Es así que de entre el juego de las pasiones humanas no están ausentes las traiciones, los trueques, las emboscadas, las mentiras, las extorsiones, las infidencias, los amantes y las situaciones turbias.
Aunque sí se observa que de entre estas pasiones emerge el deseo del Bien Común. Sí hay algo que llama verdaderamente la atención: el Palacio de Christiansborg –conocido informalmente como “Borgen” (y de ahí el título de la serie)-, en Copenhagen, alberga a los tres poderes y es la oficina del Primer Ministro. Acostumbrados nosotros a los lujos en los desplazamientos de los políticos vernáculos, sorprende el ver como los diputados llegan al Palacio en bicicleta, sin ninguna escolta ni despliegue de seguridad ni guardaespaldas. Se observa en distintas situaciones que más allá de todas las jugadas políticas que hagan, al salir de sus oficinas son ciudadanos comunes y corrientes iguales a los demás, y simplemente están desarrollando un trabajo en la política. En el caso de la protagonista principal recién pasa de la bicicleta al auto con chofer (de bastante bajo perfil) cuando es nombrada Primera Ministra.
Por supuesto que ya me enganché como para seguir viendo la serie, y en la medida en que va avanzando, más me pregunto cuál será el motivo de que en la Argentina tengamos algún que otro político oficialista u opositor que sienta tanta satisfacción de vincularse con la farándula o de vivir exhibiendo los injustificables ingresos económicos presuntamente (y obscenamente) obtenidos mediante la política.
Alejandro Fidias Fabri

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