La tecnología: por qué «a las armas (no) las carga el diablo».

Es usual escuchar que toda tecnología (o artefacto tecnológico, o dispositivo, o herramienta) es éticamente o socialmente neutral. Su carácter positivo o negativo va a depender solo de los fines determinados por un agente exterior (el usuario). Es así que las valoraciones (y las responsabilidades) morales quedarán en cabeza del agente y no del artefacto. Por ejemplo, un teléfono celular puede ser utilizado para llamar a una emergencia médica  (fin positivo) o para realizar lo que se llama un secuestro virtual (fin negativo). Ahora bien, también uno puede sospechar que no es lo mismo regalar un arma (por ejemplo, una pistola) que regalar un juego de acuarelas. Pareciera que estos dispositivos, supuestamente neutros, fueran portadores de alguna esencia compleja: negativa en el caso de la pistola (aunque fuera para defensa personal o para uso deportivo, involucra a la violencia y a la asimetría de poderes), y positiva en el caso de las acuarelas (podríamos estar de acuerdo en que involucran el aspecto creativo del arte). O sea que aunque se consideren neutras, es como que sus esencias incluyeran la intencionalidad y la capacidad de despertar determinados instintos en el usuario o agente externo. Y supongo que de allí el dicho «a las armas las carga el diablo», o la sabiduría gaucha que recomienda no regalar un cuchillo pues pone el vínculo en peligro.
Es así que, por un lado, nos encontramos con la Teoría Instrumental, la de mayor difusión y aceptación, que sostiene que la tecnología es neutral, sin contenido valorativo propio, y se fundamenta en la idea de que las tecnologías son «herramientas» para servir a los propósitos de los usuarios.  El filósofo de la tecnología Andrew Feenberg aclara que “la neutralidad de la tecnología implica que se relaciona solo de modo contingente con los valores sustantivos a los que sirve, y es indiferente a la variedad de fines para los cuales puede utilizarse”. Esta neutralidad sociopolítica de la tecnología se atribuye usualmente a su carácter «racional», y a la supuesta universalidad de esta «racionalidad».
En la vereda de enfrente tenemos a la Teoría Sustantiva, que niega la neutralidad de la tecnología, sosteniendo que en la etapa del diseño del dispositivo tecnológico hay “en juego valores culturales y consideraciones subjetivas que sesgan las capacidades de innovación en una dirección  predeterminada”. Digamos que con diversos matices, y con mayor o menor radicalidad, adhieren  a esta visión filósofos tales como Jacques Ellul, Marcuse, Heidegger, Foucault (tengamos presente su análisis del dispositivo Panóptico), y otros tantos. Es también el sentido de la expresión de Deleuze del post anterior, que señala el vínculo existente entre las formaciones sociales que introducen el dispositivo tecnológico, y las formaciones sociales que lo utilizan. Tanto Marcuse como otros pensadores de la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt rechazan la neutralidad de la tecnología pues entienden que “los valores de un sistema social específico y los valores de la clase dominante se instalan en el propio diseño de los procedimientos racionales y de las máquinas, incluso antes de que se les asignen objetivos específicos”. Es como que de alguna manera el dispositivo contiene en su esencia el «para qué» fue diseñado (tanto el objetivo real como el formal), aún hasta antes de clarificar el «para qué». Cabe agregar que en cierta forma la Teoría Sustantiva afirma que el principio de inteligibilidad que atraviesa a la racionalidad científico-tecnológica es el de la eficiencia, la utilidad y la productividad, y que es fácil ver que se trata de valores más aptos para un autómata que para un ser humano, y que tienden a la cosificación y pauperización espiritual del hombre. Algo parecido podemos encontrar en Marx y su crítica al modo capitalista de producción.
Podemos entonces resumir el problema de la tecnología en un escenario bifronte: unos coinciden en su neutralidad y otros coinciden en su politicidad. Es el filósofo de la tecnología norteamericano Andrew Feenberg, contemporáneo, discípulo de Marcuse, quien aportó una opción reconciliadora y superadora con su Teoría Crítica de la Tecnología. Feenberg entiende que el empobrecimiento del ser humano “se encuentra enraizado, no en la tecnología per se, sino en los valores antidemocráticos que gobiernan el desarrollo tecnológico”. ¿Por qué antidemocráticos? Y, porque en el diseño del artefacto tecnológico ya hay inscripto un interés de partes y una relación de dominio. No están representados todos los intereses de la sociedad. Es así que su propuesta se funda en una reformulación democrática de la tecnología, cuya explicación y análisis quedarán para un próximo post
Alejandro Fidias Fabri

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