Otra historia urbana, ahora de identidad jurídica.

Como producto de la crisis social y económica en el Reino de Italia, mi abuelo, el joven boloñés Francesco Fabbri, se embarcó a sus 27 años de edad en diciembre de 1905 en el vapor Citta di New York  en el Puerto de Génova, para arribar a la Argentina el 6 de enero de 1906. Ocurrió que al llegar al Muelle de Pasajeros del Puerto de Buenos Aires, en el trámite de la Oficina de Inmigración, le castellanizaron su nombre de pila y le sacaron una «b» al apellido, pasando de allí en más a llamarse Francisco Fabri. Mi abuelo se casó, tuvo hijos, nietos, y falleció hace poco más de seis décadas. Nunca regresó a Italia. No llegué a conocerlo.
Casi un siglo después de su llegada, en el 2001 me tocó hacer el trámite de la ciudadanía italiana, la que me fue otorgada en Marzo de 2002, junto con el pasaporte. Resulta que ahora cuando me fui a sacar el nuevo pasaporte biométrico, en la revisión de mi Acta de Nacimiento, el Tribunal de Boloña dictaminó que el apellido de mi documento debía ser Fabbri y no Fabri (“…dove é scritto «Fabri» ad indicare il cognme del nato e del padre del nato, debba leggersi ed interdesi «FABBRI»”). Cuando la empleada del Consulado me informó la novedad, me agregó que si quería podía pedir al tribunal italiano la revisión del caso y el cambio nuevamente a Fabri. Pero, me alertó: “Le aclaro que la justicia italiana es muy lenta y muy burocrática”. Es así que ahora no solo tengo doble ciudadanía sino también doble identidad (jurídica): Alejandro Fidias Fabri para la Argentina y Alejandro Fidias Fabbri para Italia.
Al salir del Consulado caminé la media cuadra hasta Lavalle, doblé a la izquierda y bajé hasta Leandro N.  Alem. La crucé para tomar el colectivo 93. Decidí sentarme un rato en un banco de la Plaza Roma para procesar el tema de esta nueva identidad italiana, mientras mi mirada se dejó llevar por el ritmo maquínico de la ciudad. Prendí un cigarrillo y me puse a pensar en lo que mi abuelo habrá sentido cuando le transformaron su nombre de pila y su apellido. Quizá yo debiera ahora sentir algo parecido, pero no… Era la Ley de las Compensaciones en acto: a él  la Argentina le sacó una b y ahora Italia me la devolvía. No todos los días uno se gana una letra.
Estaba sentado en el banco, ensimismado, cuando una paloma remonta vuelo y me toca en la cabeza. Ahí me percaté de un joven sentado en el otro extremo del mismo banco. Le estaba dando de comer a las palomas. Era rubión, peinado a la gomina, con una vestimenta –saco y pantalón grises en tela pied de poule– un tanto vintage, algo gastada y arrugada. Había un sombrero apoyado junto a él.
-Perdón por lo de la paloma, les estoy tirando unas migas que me quedaron de una croissant que acabo de comer- me dijo el joven algo compungido por la situación.
-No te preocupes, yo estaba distraído- le respondí.                                     
-Acabo de llegar caminando desde el puerto y me senté a descansar un rato. Es mi primer día en esta ciudad. Ya me la había imaginado, incluso la había soñado. Pero nunca pensé que fuera tan grande. En comparación mi Boloña es un pueblito.- agregó el joven mientras yo entraba en zozobra.
Aún así, atiné a preguntarle -¿Estás por turismo o venís a vivir?
-Perdón, no sé qué significa turismo. He venido a hacerme la América. Mi país está muy mal, sobre todo después de la unificación. Para nosotros los italianos, «hacerse la América» significa hoy tan solo tener la posibilidad de un trabajo que sea honesto y reconozca las novedosas conquistas sociales, y también tener acceso a una vivienda digna. Allá no tenemos futuro.- me explicó en un extraño español.
El joven extendió su mano derecha para saludarme, y agregó: –Io sono Francesco,…Francesco… Fabbri. ¡Uy, perdón! me pareció tan familiar la situación que me transporté a mi Boloña natal. Mucho gusto, desde mi arribo al Puerto soy Francisco Fabri…
Yo estaba boquiabierto y horrorizado. De pronto siento que alguien me golpea el hombro y me dice: -Señor, ¿va a subir al colectivo o no?- Me tomé del pasamanos, subí y saqué la SUBE para pagar el viaje a Plaza Italia. Mientras lo hacía giré mi cabeza para ver el banco de la plaza. No había nadie en él. Seguramente no he vivido ese momento. Lo del pasaporte es verdad.
Alejandro Fidias Fabri (a.k.a. Alejandro Fidias Fabbri)
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