El hombre es lobo del hombre.

A través de los medios, en los últimos días hemos sabido de algunos casos de “linchamiento” colectivo: grupos o pequeñas masas de perseguidores, quienes frente a reales o presuntos hechos delictivos, pretenden irracionalmente hacer justicia por mano propia. Estos actos de purga de elementos impuros por parte de miembros de la comunidad no solo son desmesurados sino también criminales. Estos acontecimientos no son arbitrarios: estallan cuando ocurre un delito. Lo irracional es la forma en que los perseguidores pretenden hacer justicia. Para ellos, estos delincuentes concentran el nivel global de delincuencia y, por ello, cada uno es pasible de toda la violencia posible –aún la muerte.
Siguiendo la caracterización elaborada por Elías Canetti en Masa y poder, este fenómeno de los linchamientos es representativo de las masas de acoso. Estas son masas que se forman rápidamente, de gran espontaneidad, con una meta cercana, precisa y común. “Basta comunicar quién debe morir, para que la masa se forme”. Se produce la descarga en el momento en que los integrantes “quedan despojados de sus diferencias y se sienten como iguales”. Ocurre un instantáneo alivio: ninguno es más, ninguno mejor que otro. Pero también ocurre que ninguno piensa. Es un acto mecánico e irracional.

Canetti hace un paralelismo con los grupos de caza: encuentra el antecedente en la muta primitiva –grupo de entre 10 y 20 individuos. La vincula a la palabra del francés antiguo mute, que implica tanto el concepto de «partida de perros de caza» como el de «alzamiento» o «levantamiento». Sería entonces un comportamiento de masa emparentado con el comportamiento de la muta primitiva, que a su vez deriva de la jauría de lobos que cazan juntos; la diferencia es que en la masa de acoso la víctima es humana.
Exhibe como tema central que “la masa requiere de una dirección, […] una meta que está fuera de cada uno y que coincide en todos, sumerge las metas privadas, desiguales”. A ello suma la presunción de tratarse de un asesinato permitido: nadie ha de temer sanción por la muerte de la víctima. Desde un lado patológico los perseguidores entienden que están actuando en defensa propia y en defensa de la justicia. Para Canetti este asesinato presuntamentepermitido “reemplaza a todos los asesinatos que uno debe abstenerse y por cuya ejecución han de temerse duras penas”. A su vez, en cierto punto es un ritual que opera como transfigurador del atávico miedo a la muerte: la muerte que pende sobre mí, tanto como sobre el resto de los mortales, es expiada por la muerte a otro. Aparece aquí un efecto paradójico que es que al dar muerte, es ahora la misma muerte quien “mira” amenazadoramente a los victimarios, produciéndose de manera inmediata la disolución del grupo y la huida de sus miembros. Nadie quiere ser objeto del guadañazo, todo es muy rápido. A su vez, como agravante hay otro aspecto: el crecimiento es la causa motora de la masa, “la masa ama la densidad”. Pero este tipo particular de masa (de acoso) transmuta la cantidad por la intensidad: al ser pocos integrantes, será la intensidad de la violencia la que simulará la ausencia de densidad.
Por otra parte, estas mutas de caza no pueden crecer indefinidamente, ya que están conformadas por “conocidos” –vecinos o miembros de una misma clase social. Esta característica pone límites a la cantidad de miembros. Pero hay otra forma de crecer: la repetición ad infinitum de estos linchamientos a través de los medios, hace incrementar a la masa de victimarios  asociando irresponsablemente a aquellos que desde la comodidad de su casa disfrutan de la violencia ejercida sobre la víctima, centrándose en los detalles que los exciten de manera especial. A su vez, el acontecimiento mediatizado incrementa geométricamente la sensación de peligro, sobreexcita, y produce más sed de sangre. Hay que ver no a los hechos como aislados sino como conectados entre sí. Todos pasan a tener el elemento común de perseguir a los presuntos delincuentes. Se va produciendo un efecto contagio generado por la exacerbación de los medios: el delincuente ya no es uno, el acontecimiento tampoco; hay delincuentes que nos amenazan desde todos lados, la sociedad entera peligra. Hay una escisión entre el hecho y el discurso, la imagen repetida de un linchamiento se desarraiga y ya pasa a formar parte de una cantidad de linchamientos equivalente a la cantidad de veces que se repitan las imágenes.
Es así que una limitada cantidad de delincuentes se transforman en una masa de delincuentes, y una limitada cantidad de grupos de perseguidores se transforman en otra masa de delincuentes, quienes violando brutalmente la ley intentan ejercer justicia por mano propia. Paradójicamente siempre termina incrementándose la masa de delincuentes. A su vez, por encima de esto o como causal –pero de ninguna manera como atemperador-, debemos tener en consideración la (ir)responsabilidad de algunos políticos y medios de comunicación quienes al justificar los acontecimientos no hacen más que incrementar su posibilidades de reproducción.
Alejandro Fidias Fabri
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