Me quedé pensando en el último escrito, y si fue la teoría política la que sirvió para explicar el funcionamiento del Consorcio de un edificio, o si fueron las miserias humanas que se ven en la vida cotidiana las que nos dieron una explicación de la política. O ambas cosas. Es así que envuelto en esta reflexión, y como se acercaba ya la hora de la cena, dejé la pluma y me fui a comprar la vitualla.
Estaba en la frutería seleccionando unas peras, cuando sentí que me tocaban el hombro. De pronto giré y apareció Oscar diciendo -Hola Alejandro, ¡no sabés las ganas que tenía de encontrarte!
-Qué sorpresa, Oscar, ¿cómo andás?- le contesté mientras miraba por el rabillo del ojo las manos del frutero para que no me agregara alguna pieza en mal estado.
-Ando bien, gracias. Sabés que desde hace varios días que estaba pensando en llamarte. Si tenés un rato disponible, te invito a tomar un whisky. -sugirió Oscar.
-Dale, vamos- le respondí mientras algo distraído contaba las monedas del vuelto.
Caminamos unos metros hablando de lo cara que estaba la vida, hasta que llegamos al bar de la esquina y nos sentamos en una mesa en la vereda.
-Mozo, por favor dos J&B con hielo y agua- ordenó Oscar, a sabiendas de que compartimos esa preferencia. Acto seguido comenzó a relatarme.
-Sabés, Alejandro, que gracias a la explicación que me diste el otro día pude generar que en mi edificio se llamara a Asamblea. Te cuento: cuando mi señora y yo ingresamos a la Asamblea, ya estaban todos sentados. Recibimos varias miradas fulminantes. Comenzó una vecina dando un panegírico sobre la excelsa honorabilidad de los miembros del Consejo de Administración y del Administrador. Para mis adentros pensé que «Por el canto se conoce el pájaro». Si bien sus palabras no se correspondían con la oscuridad de lo que estaba ocurriendo, fue toda una pieza retórica, y en otras circunstancias hubiera dado hasta para aplaudirla. Cerró denostando a “aquellos vecinos que intentan poner piedras en el camino de tan impecable y prolija gestión”, en clara alusión a mí. Pero, como suele ser lo usual, «La peor gallina es quien más cacarea».
-Finalizado el panegírico, pidió la palabra la Sra. Melinda, una antigua copropietaria, y dijo: “Me gustaría dejar en claro que más allá de los detalles de porqué intentaron manejar la adjudicación de la obra de manera autoritaria, avasallando las decisiones de Asamblea, también hubo una violación a dos artículos del Código de Ética del Arquitecto”, agregando: “un profesional que se vincula con el contratante como asesor, queda inhabilitado de ser su proveedor. En este caso, el Arquitecto Gómez comenzó asesorándonos y finalizo dando de baja a los proveedores, y adjudicándose el mismo la obra a un precio 30% por sobre el autorizado. Clara violación al Código. Nada más quería dejar esto en claro.”- me narró Oscar.
Y agregó- Uno de los miembros del Consejo, sintiéndose aludido, y queriéndose «bañar en las aguas del Jordán», velozmente le respondió: “Estoy de acuerdo con su planteo, Sra. Melinda. Yo también soy profesional, comprendo su argumento, y le quiero aclarar que hubo que rogarle dos veces para que aceptara hacer él la obra”.
-La Sra. Melinda, casi sin dejarlo terminar, le respondió: “Perdón, Señor, pero el Código no contempla que sea una atemperación a la violación del artículo el hecho de la cantidad de veces que se le tenga que rogar al  inculpado. Tan solo los convierte a ambos en cómplices, «Tanto peca el que roba la huerta como el que queda a la puerta»”. En su cara se podía ver el enojo.
-Acto seguido, el Administrador, para tratar de impedir que se desmadrara la reunión, llamó a votar la aprobación del presupuesto. Todos levantaron la mano en aprobación con excepción de la Sra. Melinda, otro vecino que es calígrafo jubilado, y yo. Los tres pedimos que figurara en Actas que nuestros votos habían sido negativos. La gran mayoría nos miró con una mezcla de placer por haber logrado ellos salirse con la suya, y con un cierto sadismo de aves carroñeras dispuestas a ir por el hueso.-continuó narrando Oscar.
-La verdad, Oscar, que un poco me sorprende tu explicación. No pensé que ibas a llegar tan lejos. Tampoco pensé que ellos iban a llegar tan lejos- le dije mientras con un dedo hacía girar las dos piedras de hielo que flotaban en mi vaso de whisky.
Le agregué –Un poco tu narración me hace acordar a la  Apología de Sócrates de Platón.
-¿Por qué?- preguntó Oscar.
-Y, porque medio como que te pasó lo mismo. Sócrates perdió el juicio que le hicieron basándose en acusaciones falsas, pero esa pérdida, esa injusticia de que fue objeto, lo hizo pasar a la historia por la coherencia de su actitud moral. Tené presente que la frase “es mejor sufrir una injusticia que cometerla” es de él. –le respondí.
-Así es, Alejandro, pero como dice el refrán, «Quien no se aventura, no ha ventura». Es posible, tal como vos decís, que me haya sentido injuriado como Sócrates, pero el ser portador de una verdad y haber puesto luz a un acto ilegítimo, me hizo sentir muy bien. Aún sigo pensando que «La verdad como el aceite quedan encima siempre».- afirmó Oscar en un tono cuasiconfesional.
-¡Brindo por ello, Oscar!- le dije mientras chocaba mi vaso con el suyo.
Alejandro Fidias Fabri
PS: Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia.
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