Me ha llamado mucho la atención el poco espacio que le ha dedicado la prensa argentina al tratamiento de la despenalización de la marihuana (Cannabis sativa) en el vecino país del Uruguay. Ahora, los jóvenes y los no tan jóvenes han sumado un argumento más a la batería que ya disponen para justificar sus drogodependencias -por ejemplo: «Algún respaldo teórico tendrá tamaña decisión del gobierno uruguayo. No creo que sean unos improvisados.». Aclaro que si bien no soy un especialista en el tema, sí soy un ciudadano preocupado que intenta comprender los alcances de la despenalización de las drogas, y compartirlo con mis lectores. Basado en esta situación se me dio por realizar una pequeña encuesta entre mis allegados, diferenciando las visiones (y las preguntas) de aquellos que son adultos padres, de las de sus jóvenes y adolescentes hijos. Fundamento esta división entre adultos y jóvenes en el hecho de que es de esperar que sea más delicado y peligroso el tema de la drogodependencia entre los adolescentes y los jóvenes por hallarse éstos en la etapa de desarrollo físico, psíquico y cognitivo, en plena construcción identitaria, y con todos los conflictos que la situación conlleva. Asimismo, es también de esperar que los adultos ya hayamos alcanzado nuestra plenitud en la capacidad de juzgar, y estemos en condiciones de hacernos cargo tanto de nuestros derechos y libertades como de nuestras obligaciones, y de los resultados que conlleven nuestros actos.
Bien. Es así que en los adultos en general encontré, por un lado, una gran preocupación por los vínculos de sus hijos con las drogas, y por otro, una enorme desinformación y debilidad argumental, insuficiente con respecto a la preocupación.  En cambio, en los jóvenes (aproximadamente entre 16 y 26 años de edad) encontré, por un lado, una naturalización del fumar marihuana (quizá para ellos tenga el mismo peso que tuvo para mi generación el hecho de fumar cigarrillos comunes), y por otro lado, una batería de argumentaciones más sólida que la de sus padres (quizá como producto de ser una generación que nació bajo internet).
De entre las variadas respuestas que recibí en mi encuesta, rescato como sorprendentes y límites a las siguientes:
Preguntado un adolescente de 19 años sobre la visión de sus padres frente a su consumo de marihuana, me respondió que su madre le ha manifestado en varias oportunidades la preocupación que le generaba el tema de su adicción, a la que le ha respondido que a él también le preocupaba que ella tomara alguna copa de vino todas las noches. Por otro lado, su padre le manifestó que conocía la existencia de estudios que vinculaban el consumo de marihuana con una propensión hacia la homosexualidad. El hijo le respondió que tal comentario le llamaba mucho la atención y que solo era pasible de ser denunciado ante el INADI.
Preguntada otra madre sobre su actitud frente a la posible adicción de sus hijos a la marihuana, su respuesta fue terminante: “¡No porque no!”. Le pregunté qué argumento subyacía a su postura, a lo que me respondió que el argumento era ese: “¡No porque no!”.
Quizá dentro de este rango de posturas límite, podamos presumir que los argumentos “sólidos” que respaldan el consumo de drogas son unos pocos y los jóvenes se los transmiten de boca en boca, o los obtienen fácilmente al googlear el tema. En cambio los adultos, estamos en desventaja pues quizá por desconocimiento no intercambiamos ideas con pares para no publicitar problemas que pudieran existir al interior de nuestras familias (nuestra generación fue educada bajo el paradigma «los trapos sucios se lavan en casa»).
Si bien se trata de un muestreo absolutamente alejado de las técnicas científicas, entiendo que sí resulta apto como disparador de la actividad de reflexión. Lo primero que pensé fue si la filosofía me podría brindar mejores argumentos -a favor y en contra- que los que había escuchado en estos grupos. Es así que por la riqueza y complejidad del tema, voy a dedicarle también las próximas publicaciones. (Continuará…)
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