En la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el Papa Francisco, refiriéndose a la pobreza económica, hace un llamamiento a lo imperante que es “resolver las causas estructurales de la pobreza”. Nos exhorta los fieles a renunciar “a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera” y a atacar “las causas estructurales de la inequidad”, a la que le adjudica la responsabilidad de los males sociales. Entiende que no se puede “confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado”, y nos interpela a pensar en sistemas e instituciones “orientadas a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo”. Digamos que claramente es una crítica al neoliberalismo, y también a las soluciones precarias del asistencialismo. Asimismo, podríamos también ver sus palabras como una denuncia de la ausencia de pensamiento que invade a esta nuestra época. En este escrito nos está exhortando a salirnos de este aparentemente inocuo y confortable lugar, y pensar a partir de la necesariedad de los dos fundamentos que debieran estructurar toda política económica justa: la dignidad de cada persona humana y el bien común.
Se podría pensar que el Papa nos está haciendo un llamamiento no tan solo desde la caritas cristiana, a nuestro supuesto amor al prójimo, sino que nos estaría exhortando a perfeccionar nuestra humanidad haciendo uso de nuestra particular razón. Es sabido que el concepto moderno, no teológico, de «dignidad humana», implica la sacralidad de cada uno de los hombres por el hecho de ser humanos, y la obligación de un tratamiento igualitario y de un trato intersubjetivo no degradante. También es sabido que el bien común es el bien que compartimos los miembros de una comunidad por el mero hecho de estar juntos, en lugar de estar solos. Esta situación genera ventajas provenientes de la cooperación social. Entonces, ¿dónde están la dignidad humana y el bien común en comunidades que contienen porcentajes naturalizados de seres humanos en estado de pobreza económica?
En 1971, con su Teoría de la Justicia, el filósofo norteamericano John Rawls ideó un modelo racional de comunidad justa que se adecuaría a lo que hoy demanda el Papa. Por un lado, Rawls se salió del pensamiento abstracto del concepto de «dignidad humana»: lo pudo pensar como el mínimo tratamiento de respeto y de justicia con el que desearíamos que nos trate una comunidad. Diseñó un contrato hipotético entre seres racionales en igualdad de condiciones, para establecer los principios de Justicia sobre los que se debe estructurar una sociedad justa. En esta posición original de igualdad, tras el llamado «velo de ignorancia», se escogen los principios de justicia que se decidirán de una vez y para siempre. Las partes que establecen el contrato, no conocen su lugar en la sociedad, su posición o clase social; no conocen su suerte en la distribución de talentos y capacidades naturales, su inteligencia y su fuerza; no conocen las circunstancias particulares de su propia sociedad; no saben a qué generación pertenecen, etc. En este estado hipotético de desconocimiento de ventajas competitivas, desde posiciones igualitarias, se decidirán por una sociedad acorde con la Regla Maximin (Maximum Minimorum): de manera totalmente racional, las partes habrán de adoptar la alternativa cuyo peor resultado sea superior a los peores resultados de las restantes alternativas. Esto significa que si yo debo definir racionalmente los principios de una sociedad justa, en desconocimiento de mis propias ventajas, optaré por un sistema que me proteja en el caso en que resulte ser el menos aventajado (digamos, un sistema que compensara a los pobres). En este caso será un sistema que considera que todas las ventajas competitivas pertenecen al acervo de la cooperación comunitaria, y que se acepta un «principio de desigualdad» (por ejemplo, las ventajas económicas producto de un jugador de fútbol estrella), en tanto y en cuanto esta situación, por la vía de la distribución de los impuestos extraordinarios que genere, beneficie de forma explícita y directa a los menos aventajados de la comunidad.
Va de suyo que se refiere a instituciones justas en la gestión de esta distribución.
Alejandro Fidias Fabri
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