Hemos visto ya que Arendt comenzó en 1951 nominando mal radical a los crímenes propios de los regímenes totalitarios, no explicables por los motivos conocidos (el interés propio, la sordidez, el resentimiento, la envidia, la debilidad, la codicia, el ansia de poder y la cobardía). En 1963, luego del Juicio de Jerusalén, realizó un giro en su pensamiento para calificar a los crímenes de Eichmann como demostrativos de la banalidad del mal. Narra en La vida del espíritu que el ver actuar a Eichmann durante el juicio la hizo enfrentarse con un hecho totalmente distinto y sin precedentes, se enfrentaba con alguien que no exhibía una perversidad particular sino que se comportaba de manera superficial y automática. A ella le resultó imposible poder remontar estos deleznables actos hasta una motivación específica. El acusado “no presentaba ningún signo de convicciones ideológicas sólidas ni de motivos específicamente malignos, […] carecía de motivos, salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso”. Sólo pudo detectar que su actuación no era debida a la estupidez  -en el sentido de incapacidad para comprender-, sino a una total ausencia de pensamiento.
Hasta aquí, podría decir que, basado en un pensamiento abstracto, mi opinión oscilaba entre las dos posturas de Arendt. Mi próxima paso fue confrontarme con el documental del Juicio. Tanto los diálogos como los gestos exhibidos por el oficial nazi me dejaron espeluznado: la frialdad y el automatismo supinos que utilizaba en sus minuciosas descripciones de los operativos de transporte de seres humanos judíos a los campos de exterminio, sólo podían causar perplejidad. Cada vez que le era realizada alguna pregunta, se paraba, se cuadraba en posición militar y respondía con una voz firme y con un impactante lujo de detalles, refiriéndose a las personas como si fueran cosas. Era un autómata desprovisto de emociones. No demostraba ni satisfacción ni odio. Había una absoluta desconexión entre el discurso eficiente del burócrata especialista y el horroroso tema que estaba tratando, que no era ni más ni menos que su gestión en la logística del transporte de seres humanos hacia las fábricas de muerte. Creo entender que fue esta sostenida actitud lo que verdaderamente sorprendió a Arendt y la llevó a replantear su conceptualización del mal.
Luego de haber recorrido parte de la obra de Arendt, haber visto la película de von Trotta y el documental del Juicio, sí coincidiría con Arendt en que sería una forma de mal que no tendría precedentes ni motivos conocidos. También coincidiría en que el bien puede ser radical pero el mal, por definición no lo puede ser, porque no puede estar enraizado en la quimérica Razón. Por ello, sí podríamos pensarlo como un mal extremo. Al igual que ella, no me animaría a asignarle a Eichmann una particular perversidad ni un odio hacia las víctimas. Se trataría de un ser vacío. Pone la piel de gallina. Podría criticarle a la pensadora el haber usado una palabra tan inocua como “banalidad” para calificar a este tipo de mal. Algo banal es algo desprovisto de originalidad, algo común, algo trivial, insustancial. Este personaje tiene algo que precisamente no es común. Parece común pero actúa como un muñeco eléctrico. Podríamos llegar a entender que no hubieran existido motivos que hubieran impulsado a sus actos, pero ello lo tornó aun más peligroso. Sus actos poco tuvieron de banal. Esa ausencia de pensamiento que denuncia Arendt, causa escalofríos. También podría criticarle el haber estado alineada con un idealismo que, si bien considera a la experiencia empírica, le da una centralidad a la Razón, desestimando a la irracionalidad. Es como si, aun viviendo en épocas de una cultura psicoanalítica instalada, hubiera desconsiderado los importantes saberes que ya había sobre el inconsciente, el irreflexivo accionar del hombre masificado, y las pulsiones eróticas y tanáticas.
Bien, como suele ocurrir al tratar temas filosóficos, no hemos alcanzado una respuesta acabada a las preguntas originales, pero lo importante es que hemos recorrido un cierto camino del pensar.
Alejandro Fidias Fabri
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