Tal como le afirmara a una ansiosa lectora, el problema del bien y del mal es complejo, y más complejo aún es resumirlo sin corromper el espíritu de los conceptos. Por ello, y con ciertos reparos, me he tomado la libertad de explayarme y utilizar más de una entrega para exponerlo. Espero sepan mis lectores disculparme.
Vamos a retomar la frase que Arendt enuncia en la película: “Ahora estoy convencida de que el bien  puede ser radical, pero el mal nunca puede ser radical, sino únicamente extremo, y que no posee profundidad ni tampoco ninguna dimensión demoníaca”. Tengamos también presentes los aportes que adelantamos de San Agustín y de Kant con referencia al mal y al mal radical. Yendo al pensamiento de Arendt sobre el mal radical, es importante destacar que su posición sufrió una evolución a lo largo de su vida intelectual, no del todo explicitada en la película.
Su primera gran obra política y ética relevante fue Los orígenes del totalitarismo, publicada en 1951. En la película, es por este antecedente que la revista The New Yorker la contrata para que presencie el juicio a Eichmann y escriba sobre ello. En esta obra, una teoría general del totalitarismo como forma históricamente original de dominación, Arendt realiza un análisis del totalitarismo político de la Alemania nazi y del estalinismo de la Unión Soviética. Particularmente trata el tema del antisemitismo y del racismo. Allí se refiere a las fábricas de la muerte (Solución Final nazi) y a los pozos del olvido (pogromos de la Unión Soviética, un equivalente de nuestras fosas comunes de seres humanos desaparecidos), una nueva forma de “mal, absolutamente incastigable e imperdonable que ya no puede ser comprendido ni explicado por los motivos malignos del interés propio, la sordidez, el resentimiento, el ansia de poder y la cobardía”. Las víctimas de estos métodos ya no son «humanos» y los motivos de tal mal no son explicables por las inclinaciones sensibles. Es así que Arendt afirma que “el mal radical (así es como categoriza a este tipo de crimen) ha emergido en relación con un sistema en el que todos los hombres se han tornado igualmente superfluos”. Concluye que las soluciones totalitarias –los aniquilamientos nazis y bolcheviques- para el modelado de sus “realidades” son indignas del hombre y se corresponden con el mal radical. He aquí su primera postura al respecto.
Llegamos así a su experiencia del Juicio de Jerusalén y, como producto de ello, un giro en su pensamiento. El juicio finalizó en diciembre de 1961, Eichmann fue ahorcado en mayo de 1962, y Arendt publicó semanalmente  en la revista una serie de artículos a partir de febrero de 1963. Estos artículos fueron ampliados en el libro Eichmann in Jerusalem: A Report of the Banality of evil. Aparece aquí el concepto de banalidad del mal. Aclara allí que no ha confeccionado un tratado de la naturaleza del mal sino que es una descripción objetiva del fenómeno del mal observado en Eichmann. Con banalidad del mal pretende conceptualizar el fenómeno de que este asesino nazi “carecía de motivos , salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso”. Lo que lo llevo a ser “el mayor criminal de su tiempo” fue la pura irreflexión. Eichmann no pensaba. Arendt encuentra una gran interdependencia entre la irreflexión y la maldad. He aquí su segunda postura.
Nuevamente me disculpo con mis lectores, pero me veo obligado a una tercera parte del escrito, en la cual vamos a tratar la importancia que Arendt le dio al tema de la ausencia de pensamiento como el marco de estos crímenes contra la humanidad. Asimismo, vamos a analizar sus reflexiones en las Conferencias Gifford de 1971 bajo el título Thinking, vertidas luego a su obra póstuma e inconclusa La vida del espíritu. A esto le sumaré mi propia experiencia de haber visto el documental El especialista. Este contiene los fragmentos más relevantes del Juicio a Eichmann, un autodenominado especialista en la gestión de áreas y mecanismos específicos de la llamada Solución Final (“al problema judío”). Finalmente, las dudas que me plantea el concepto de banalidad del mal.
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