Quizá mi primer encuentro formal con el problema del bien y del mal se remonte a mi niñez y a las idas familiares al Cine Real de Esmeralda y Corrientes a ver películas de dibujos animados de Walt Disney. En éstas el tema era planteado siguiendo una lógica maniquea, posiblemente debido a la capacidad cognitiva del público y también como reflejo del pensamiento binario imperante durante la Guerra Fría. Por sus actos, los personajes eran fácilmente discernibles entre buenos (Mickey Mouse, Pato Donald, Pluto, Popeye, etc.) y malvados (Pete Pata de Palo, el bulldog Butch, Brutus y otros tantos). En los años posteriores ya accedí a películas de ficción de Superman y Batman, tributarias de la misma lógica antagónica representada ahora por los superhéroes y sus archienemigos. En cambio, podemos observar en las versiones contemporáneas de éstas, que ha habido una evolución en la forma dualista de plantear el tema del bien y del mal: actualmente, los personajes malvados ya no lo son completamente, al igual que los buenos, que tampoco lo son completamente. Es así que podemos encontrar que entidades representativas del bien, tales como las fuerzas policiales, pueden estar habitadas por personajes que por algún motivo se asocien contingentemente al mal (por ejemplo a través de la corrupción). Podríamos pensar entonces que entre los extremos de bien y mal se plantearían diversos matices.
La película Hannah Arendt dirigida por Margarethe von Trotta, llevó nuevamente mis pensamientos hacia la reflexión del bien y del mal, un tema que presenta ahora mayor complejidad que la del simple antagonismo. Arendt, en un diálogo, enuncia una frase que, aunque compacta, es portadora de una enorme riqueza conceptual: “Ahora estoy convencida de que el bien  puede ser radical, pero el mal nunca puede ser radical, sino únicamente extremo, y que no posee profundidad ni tampoco ninguna dimensión demoníaca”. A ésta le podemos agregar el controvertido concepto de la banalidad del mal que emergió de su reflexión sobre el juicio en Jerusalén al nazi Eichmann. Es de suponer que el darle predicaciones distintas ya implicaría el tener conceptos distintos que denotarían la existencia de gradaciones de bien y de mal. Estamos entonces frente a una diversidad de conceptos: bien radical, mal radical, mal extremoy banalidad del mal. ¿Qué significan estos? Para comprenderlos tenemos que hacer un breve recorrido por la tradición filosófica y por la evolución del pensamiento de Arendt.
Si bien también hay una larga tradición teológica, podemos hacer un alto en el pensamiento de San Agustín, quien en su lucha contra el maniqueísmo imperante en la época, y a los efectos de resguardar la omnipotencia de Dios, se refirió al Mal no ya como una entidad demoníaca (Satanás), principio irreductible del mal que antagoniza con la divinidad (principio del Bien), sino al mal como privación o carencia de bien. En cierta forma le restó autonomía al concepto de mal y lo subsumió al de bien. Para él, es el hombre, en ejercicio de la libertad que Dios le concedió, el único responsable del mal. En el caso del maniqueísmo, la existencia de una entidad autónoma fuente del mal le quitaba al hombre el libre albedrío, la posibilidad de elegir. De esta manera, San Agustín llevó a cabo una desustancialización del concepto del mal.
En la modernidad, fue Kant quien planteó en su sistema ético el término mal radical. Para este filósofo, los seres humanos, cuando actuamos con el uso de la razón, y es esta la que dirige las máximas de nuestro obrar, nuestros actos son buenos. Los actos moralmente malos son aquellos cuya propensión tiene motivos impulsores de comportamiento tales como los vicios bestiales (la gula, la lujuria, los celos, y la rivalidad) y los vicios diabólicos (la envidia, la ingratitud, y la alegría del mal ajeno). En estos casos nuestros actos están dominados por móviles personales donde el mal se le aparece al agente como un medio para lograr un objetivo y no por máximas legisladas por la Razón. Si existiera un mal radical –hecho que claramente desconsidera-, esto implicaría una propensión natural del hombre hacia el mal, aún en conocimiento de la ley moral. Implicaría una Razón malvada, algo que no considera posible. Y a este tipo de mal lo denomina radicalporque corrompería el fundamento o la raízde todas las máximas que rigen nuestro obrar.
Llegamos así al pensamiento de Hannah Arendt y a la profundización de su  frase sobre el bien y el mal. Me disculpo con los lectores, pero, por razones de espacio, su análisis queda para la próxima entrega.
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