De mirar pa´arriba, se me endureció el pescuezo,
De ahi?… de ahí aprendí a mirar pa´abajo…
(José LARRALDE, Herencia para un hijo gaucho I)
Aunque resuene como un eslogan de campaña, este «contá conmigo» me lo dijo hoy, de corazón, una señora de 84 años que vive en mi edificio y se interesó porque me veía cabizbajo y preocupado desde hacía varios días. Efectivamente tenía razón, ando preocupado por motivos laborales y económicos preguntándome por qué, habiendo estudiado tantos saberes, se me hace tan difícil sustentarme. La frase completa fue: “yo enviudé hace un año, a veces no sé para qué levantarme de la cama, pero lo hago igual y trato de crearme pequeños proyectos. Aunque sea, algo tan menor como preparar los canteros con flores de primavera. Si crees que te puedo ayudar en algo, me llamás o me tocas el timbre. Aunque soy una vieja, he vivido mucho, he pasado muchos buenos momentos, he sufrido y aún tengo pequeños instantes de felicidad. Sabé que contás conmigo. En serio, ¡contá conmigo!”.
Fue un oasis. Sus palabras, verdaderamente sentidas, lograron hacerme salir de la situación de ensimismamiento. También me acordé de nuestro poeta Larralde, cuando se refirió al pescuezo endurecido de mirar para arriba y a aprender así a agachar la cabeza. Pero me acordé corrigiendo sus versos: además de las opciones de mirar para arriba o mirar para abajo, está la opción de esta señora. Mirar a los costados y ver y ayudar a los demás. También saber ver y saber aceptar la ayuda de los otros. Tanto sea de seres queridos como de seres desconocidos que el destino nos cruza en este estar-juntos-en-el-mundo-en-un-mismo-destino. Si no, para qué estamos.
De grande se me ocurrió estudiar formalmente filosofía para entender aspectos de la vida que me resultaban incomprensibles o indigeribles. Me sirvió bastante. Comprendí desde la razón los qué, los para qué, los por qué y los cómo. Pero, a decir verdad, eso no tranquilizó mis emociones. Sabias palabras las de Pascal: “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. No se puede racionalizar el amor. No se puede racionalizar el dolor, el sufrimiento. Ya sean propios o ajenos, individuales o colectivos.
Desde algún lugar pienso a esa máquina de tortura de Kafka del escrito precedente: “La letra con sangre entra”, esa máquina educadora, herencia de la era victoriana, que aunque no soy tan viejo, llegué a vivir. Recuerdo, siendo muy chico, algún puntero roto en mi cabeza por quedarme dormido en clase o alguna visita a la Dirección con zapatillazos en la cola incluidos. Era parte de la máquina socializadora. En el pañuelo se acumulaban las lágrimas de las emociones que iban quedando en el camino para ser reprimidas. Así, la vida nos sería sobrellevable y seríamos personas exitosas.
Por suerte y con mucho sacrificio, el tránsito por la vida me ha demostrado lo contrario: ni los punterazos ni los zapatillazos me sirvieron; sí me sirvió para completarme como ser humano el haberme cruzado con las personas adecuadas, conocidas o desconocidas, que me han dicho y me dicen, con palabras y actos, “¡Contá conmigo!”. No hay como las palabras que contienen sustancia y peso propio.
Alejandro Fidias Fabri
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