El esclarecimiento de un crimen.

El Halcón Maltés, 1941.

El Halcón Maltés, 1941.

Ya hemos visto que el pensador alemán Sigfrid Kracauer, en su obra filosófica sobre la novela policial, pone en manos del particular detective –refiriéndose a personajes tales como el Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle o el C. Auguste Daupin de Edgar Allan Poe- la resolución del enigma, el poner luz a la oscuridad de la cadena de indicios. En general, al comienzo del proceso, sólo es conocido el crimen, faltan casi todos los datos que le puedan proporcionar una dirección determinada y, los indicios se presentan de una manera tan confusa que parecieran conducir a una errada pero fácil resolución o, a no ofrecer la menor posibilidad de alcanzar el éxito en el ordenamiento de su inconexión.
Refiriéndose a este proceso, Kracauer afirma que en el acercamiento a lo tenebroso de los acontecimientos, “más oscura y cruel se torna su esencia”. La realidad en su totalidad –lo visible y lo invisible- nos confronta amenazadoramente, presentando “una ecuación peculiar cuya incógnita no puede calcularse inicialmente”. Recién cuando el detective le ha arrancado a la renuente X su carácter oculto, podemos ubicar al crimen en su verdadera dimensión y, vivenciar la sensación tranquilizadora que nos provoca la elegancia del proceso deductivo. El triunfo de éste nos ayuda a superar el pánico propio del acontecimiento misterioso. Lo que corta la respiración no es tanto el poder de lo que sucede, como lo es la impenetrabilidad de la cadena causal que condiciona al hecho. Tratándose de un territorio también dominado por la ratio, el acontecimiento horroroso compite con la angustia producida por la incapacidad de aprehender la cadena que devela el enigma, la incapacidad por aprehender la realidad en su totalidad. El intelecto no puede soportar el vacío que la ratio no logra llenar. Sólo en el instante en que la misma logre penetrar, súbita e inconteniblemente se conectarán por destellos los diversos indicios hasta llegar a disipar incuestionablemente la neblina que los rodea.
Podemos agregar que estos detectives suelen ser personajes que se ubican por afuera del sistema legalidad-ilegalidad. En cuanto personificación de la ratio se centrarán en resolver el enigma por mero amor al proceso de elucidación y sólo por esto. La captura del delincuente será un subproducto de la resolución, no su causa final. En lenguaje teológico, se trata de un proceso de salvación. El detective es un hombre que “capta lo real sólo en la medida en que se tensa hacia lo Absoluto”. El dejar la secuencia de indicios al desnudo, siguiendo un modo lógico en su ensamblaje, le hace perder el aspecto siniestro al acontecimiento. También debemos considerar que a estos detectives les es natural el contexto de oscuridad, tanto literal como metafóricamente. No en vano Poe, en su obra Los crímenes de la calle Morgue, construye a su detective Daupin como alguien que ama a la noche por la noche misma. Ella es el terreno apropiado para dejar fluir la peculiar aptitud analítica que le permite ingresar a través de una ventana a los corazones de todos los hombres y, comprender sus pasiones. Es así que llega a vincular hechos mediante conexiones que no son visibles para el hombre común. De esta manera se alinea con los dichos de Heráclito, para quien “todas las cosas llegan a ser según el logos (ratio)”. Aunque aclara que los hombres comunes somos incapaces de comprenderlo (al logos).
Alejandro Fidias Fabri

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