De entre las múltiples aristas con que se puede analizar el crimen de la adolescente ocurrido días atrás –ninguna de las cuales puede llegar a aprehender el sufrimiento de la víctima en la circunstancia de la supresión de su vida- ha llamado particularmente la atención el fenómeno de mediatización que este hecho ha experimentado. Es verdad que vivimos una época en la cual los medios de comunicación han transformado todos los géneros en un mero espectáculo. Se nos hace difícil a los televidentes discernir entre lo real y lo irreal, entre la noticia y el show. Es así que este caso particular ha sido tratado por programas periodísticos del espectáculo, de los deportes, de la información y de la política. Todos ellos atravesados por paneles en los cuales se confundían actores, modelos, periodistas del espectáculo, peritos criminológicos, abogados y médicos mediáticos. Como atinadamente diría Discépolo, “¡Lo mismo un burro que un gran profesor!”.                                                       
Ahora bien, pareciera que se trata no sólo de la construcción de los medios sino también de una demanda que ha surgido de la audiencia, reflejada a través de la dictadura del rating minuto a minuto de la televisión. Quiere decir que hay algo en este caso policial que ha despertado un interés muy particular en el público. No creo que se trate sólo del morbo, tampoco sólo de la curiosidad. Se me ocurre que al ver un caso tan horroroso travestido por los medios en un espectáculo, estemos frente a un fenómeno similar al analizado por Aristóteles en su Poética con referencia al público de las tragedias teatralizadas en la Grecia Clásica.

Para el griego, la mimesis (imitación de una acción representada en la tragedia) no era una degradación de la realidad sino que en ocasiones permitía apreciar mejor la realidad que en forma directa. El arte trágica aproximaba a la esencia del sufrimiento. La tragedia, que no era propia sino de otro que se parecía, apuntaba a generar  temor y conmiseración en el público con el fin ulterior de suscitar la purificación de esos efectos (lo que Aristóteles denominó kátharsis). O sea que el hecho de presenciar una ficción trágica purgaba a la sociedad de sus propias enfermedades y desvíos. Cumplía una función homeopática: ver el horror liberaba del horror. A su vez, la trama trágica apuntaba a un fin interno, el telos, que en el caso que nos compete sería la resolución del crimen. Sin esa resolución estamos angustiados, la tragedia no tiene su cierre, algo le falta.

Puede poner luz el aporte de un texto de 1922 del filósofo alemán Sigfrid Kracauer, titulado La novela policial-Un tratado filosófico. El género novela policial se desarrolló particularmente con el advenimiento moderno de las grandes urbes. Presumiblemente los motivos hayan sido la despersonalización y la ausencia de vínculos fraternales entre los hombres tras la anunciada muerte de Dios. Esta trajo aparejada la pérdida de relación del hombre con lo Absoluto, con la trascendencia, con el Logos (la Razón, el Ratiodivino). Esta situación nos ha dejado privados de vínculos. La trascendencia implicaba “la elevación por sobre la vida cotidiana que evita que lo cotidiano se hunda”. Ahora, lo cotidiano corre el peligro de hundirse porque la realidad es compleja: presenta una cara visible y oscuros hechos y mecanismos inaprehensibles para el hombre medio. Todo tiene una ratio, una razón que nos es esquiva y por ello podremos emitir un sinfín de juicios que solamente nos alejarán cada vez más de la misma. Aún lo oscuro está alcanzado por una ratio. En las novelas policiales, el detective es una contraparte de ese Dios que ha muerto. Es él quien nos guía con la ratio –debido a su capacidad para develar el misterio a través de la deducción intelectual- a los comunes humanos hacia el telos de la tragedia, hacia el desencadenamiento que nos permita asimilarla y superarla.
Alejandro Fidias Fabri
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