¿Periodismo de investigación o gato por liebre?

La literatura y el pensamiento filosófico político nos han legado una gran cantidad de obras que refieren al antagonismo entre clases existente en toda sociedad. Se ha dado el caso que éste emergiera por momentos con mayor intensidad y, permaneciera enmascarado en otros. Pero, siempre ha estado. En la actualidad, nuestra sociedad lo está viviendo metamorfoseado en el dualismo «kirchnerismo-oposición». Suele ocurrir que pongamos un manto de piedad sobre nuestro pasado y pensemos o creamos que tal grado de disenso nunca antes existió. Bastará sólo con hacer un poco de memoria, con re-cordar.
Días atrás, al releer nuestro texto fundacional El Matadero, el relato de unitarios y federales
se me entrecruzaba con imágenes de la antropología pesimista hobbesiana (“el hombre es
lobo del hombre”), y con el clima político que vive hoy nuestra sociedad. En esta obra, Echeverría hace una analogía entre los acontecimientos de la carneada de “cincuenta novillos gordos” en el Matadero del Alto en Buenos Aires luego de una quincena sin reses -“quince días sin ver una sola cabeza vacuna”- debido al anegamiento por copiosas lluvias, y “el modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales”. Para él, ese acto sangriento es un simulacro de la sociedad de principios del siglo XIX. Los personajes que participan alrededor de cada res son grotescos: “la figura más prominente de cada grupo es el carnicero con el cuchillo en la mano, […] y rostro embadurnado de sangre”, secundado por “una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras”, “unos enormes mastines” más allá y, “algunos jinetes” acullá, mientras “en el aire, un enjambre de gaviotas blanquiazules”. Hasta “las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas” se reaniman y echan a correr desatentas. Una inhumana descripción de los límites que puede alcanzar la condición humana.

En medio del revuelo y el charco de sangre, varias manos y cuchillos arrasan con las tripas, panzas, vejigas y todo el achuraje. Esto, en el marco de un vociferío de “palabras inmundas y obscenas” y de frenéticas imprecaciones. El realismo y la crudeza de la descripción operan como una metáfora brutal de nuestros programas televisivos de espectáculo político. En ellos no hay sangre ni barro. Tan sólo un impresionante decorado dentro del cual, no tan quirúrgicamente, algún político seleccionado como víctima propiciatoria de la audiencia, es consagrado a la deidad Rating. Usualmente el papel del carnicero lo ejerce un exuberante periodista estrella, y los muchachos, las negras y las mulatas achuradoras son sabiondos aunque insípidos panelistas mediáticos, y algún que otro bufón imitador. Nosotros, los televidentes, contemplamos absortos este espectáculo, mientras nuestro ánimo fluctúa entre el alborozo y el desconsuelo. Llevados al paroxismo, observamos como las “verdades develadas” en las investigaciones transitan entre vedettes y enanos de circo. No sabemos si es que permanentemente se transgreden los límites entre lo que es show y lo que es periodismo, o si es que tales límites son tan sólo una mera ficción. Más aún, esta situación tiene lugar en una sociedad de consumo en la cual hasta un programa televisivo periodístico está inscripto dentro de la lógica de la industria del entretenimiento, productora de mercancías que desaparecen con el consumo. El hecho es agravado por el rating minuto a minuto que es amo y señor de la televisión, y cumple la caudillesca función del Juez del matadero. La paradoja es que en aras de la constante producción de entretenimiento, se destruye a la misma noticia, al fin y al cabo también un producto con fecha de vencimiento.

En el mundo animal, mundo de adaptación, un gato puede ser gato…o también liebre. ¿Acaso no es el mundo humano también un mundo de adaptación?
Alejandro Fidias Fabri

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