Una persona  que trasciende a la persona. Claramente, en este enunciado estamos abusando
de la polisemia del vocablo «persona»:en el primer caso, nos referimos a un individuo de la

especie humana o a un sujeto de derecho; en el segundo, a la evolución al latín «persona» de la palabra del griego clásico Prósopon con que se designaba a la máscara que utilizaba todo intérprete en una representación teatral, para simbolizar el carácter y el estado de ánimo del personaje. De aquí que podamos pensar que tan sólo algunos actores (personas) pueden trascender a su máscara actoral (persona). Enrique Pinti es uno de ellos. A su vez, la raíz griega del teatro nos habla de una cierta sacralidad: toda representación teatral tenía lugar en un santuario del dios Dionisos, bajo la dirección de un sacerdote. De allí el respeto que se pueda llegar a sentir por los dichos de una figura representativa de este arte.
En el curso de esta semana, Pinti dio una entrevista en el programa televisivo Animales Sueltos y, a mi parecer, fue sumamente enriquecedora. Con los dichos “yo siempre traté de tener el mayor sentido común y el menor sectarismo posible”, ya deja traslucir su veracidad. Aquellos que hemos seguido su carrera sabemos bien que él es así. No todos esperamos de él que sólo sea “como un loro borracho hablando acerca de la realidad política”. Podríamos pensar que en la entrevista argentinizó un tópico que Heidegger trató en la obra magna filosófica del siglo XX, Ser y Tiempo. Me estoy refiriendo al hablar desarraigado. Contiene las características, más o menos, de lo que describió Pinti como “el boludo argentino”. Pinti dijo que “la gente que opina tiene que opinar sobre una base dogmática, programática, filosófica sólida. Aunque no sea especialista en nada; por ahí el diariero de la esquina de mi casa tiene una opinión concreta porque se basa en la realidad, en lo que le pasa, en si lo robaron, si lo afanaron, si le pasó de todo”. Es a lo mismo que se refiere el filósofo alemán cuando en su obra describe al hablar común como un hablar sin raíces en las cosas mismas, un hablar desarraigado. Este es el modo cotidiano del hombre en su condición de arrojado al mundo. En un principio –y hasta puede llevar una vida entera- este comprender resulta inauténtico(el hombre cuando aún no se apropia de sí, cuando no posee la pureza y conformidad con el hecho). Por eso lo de «hablar desarraigado»: no hay vinculación entre los dichos y los hechos, el decir puede navegar de persona en persona sin el menor atisbo de realidad.

Pero Pinti redobla la apuesta: se refiere a dos tipos de “boludo argentino”. Dice con un preciso arte que “el boludo es la persona que dice que sabe todo de buena fuente. Y la única fuente que vieron es la de los ñoquis. Es esa gente que dice «escuchame, a mí me lo dijo uno que trabaja en el ministerio de trabajo que es hijo del hermano de la prima de un vecino del portero de mi abuela». Entonces te dice «¡y te bato la justa!». Ese es uno de los boludos. El otro boludo es el que cree que todo empezó ahora. Dice «¡Mirá como lavan dinero!¡La puta madre!». […] La posición de niña virgen sorprendida por un sátiro con p***** grande en un granero diciendo «¡Oh, lavan dinero!». […] Esto me parece una boludez total.”
De esta manera, Pinti sigue refiriéndose al hombre heideggeriano inauténtico, que no se abre a las cosas ni le interesa el referente de sus discursos.  Es el hombre en su etapa de existencia en el mundo del «Se» (Se dice, Se hace, Se va de vacaciones a tal lado, etc.). Nada lo hace por sí, hay una marea que lo arrastra en sus decires. En éste discurso cotidiano el sobre-qué del cual se habla carece de relevancia. Sólo importa lo hablado en cuanto tal. Lo único que importa es la mera difusión y repetición de lo dicho. La inicial falta de arraigo de lo hablado llega a alcanzar una total carencia de fundamentos (¿acaso esto les suena conocido?). Estas habladurías no sólo no están abiertas al estar-en-el-mundo sino que están cerradas y opacan las relaciones genuinas con el mundo.
Por suerte, tenemos poetas iluminantes como Enrique Pinti y, también, Heidegger nos advierte que a todo hombre le sobreviene el momento de la caída, su despeñamiento, cuando la llamada de la voz de la conciencia lo apela a hacerse cargo de su más propio poder-ser-sí-mismo. El hombre inauténtico pasa a actuar de un modo auténtico. El hablar pasa a estar conectado con las cosas. No a todos nos ocurre.
Alejandro Fidias Fabri
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