Últimamente, una gran parte de la prensa se ha centrado en el meteórico enriquecimiento de funcionarios y empresarios allegados a los Kirchner. Por esas cuestiones de las sinapsis y, aprovechando que ayer se cumplió el 200 aniversario

Las botas de Van Gogh

del nacimiento del filósofo danés Soren Kierkegaard, se me ha dado por vincular este tema con lo que él denominó la enfermedad mortal, que es la desesperación. Cuenta el pensador que los hombres vivimos enfermos de desesperación de tres maneras: cuando desesperadamente anhelamos ser un «yo» distinto de nuestro «yo mismo» (por ejemplo, alguien que no es músico y anhela serlo), cuando desesperadamente anhelamos escaparnos de nuestro «yo mismo» (por ejemplo, alguien que por deseo y aptitudes ha llegado a ser un afamado músico pero siente que su público lo coarta en su espíritu creativo) y, finalmente, aquellos que no somos conscientes de que estamos desesperados (por algún motivo estamos disconformes, pero no nos damos cuenta). Podemos observar que, claramente, la desesperación es una enfermedad del «yo». Agrega Kierkegaard que es la misma dinámica y el fluir de la vida lo que hace inestable a esta relación entre el «yo» y el «yo mismo». Rara vez encuentran un punto de equilibrio (y por eso hacemos tanta terapia).

¿Cuáles son los aspectos que influyen en la dinámica equilibrio-desequilibrio de nuestro «yo»? Para este filósofo, nuestras vidas transcurren en la inmediatez (deseamos disfrutar YA), y ello no basta para transitarlas. “El hombre es una síntesis de infinitud y finitud, de lo temporal y de lo eterno, de libertad y necesidad”. No podemos vivir sólo del instante, requerimos de una trascendencia, de un relato de nuestras vidas. Lo finito y lo infinito.
Es aquí donde lo relaciono con los enriquecimientos meteóricos: mediante el relato del labriego que hace Kierkegaard para ilustrar el tema del desequilibrio en el «yo mismo». Cuenta que luego de la cosecha un labriego viaja desde su poblado a la ciudad. Allí logra vender toda su mercadería a muy buen precio. Es así que, con el dinero en el bolsillo, se detiene en una zapatería y decide comprar unas botas muy valiosas y un nuevo par de medias. Una vez calzado, se va de parranda a un bar. Luego de varias horas, el cantinero lo ve muy bebido y lo echa del bar para que se vaya a dormir. Ya de noche, el labriego marcha por un camino de tierra hasta que lo abaten el cansancio y la bebida y, cae atravesando el camino hasta dormirse. Al amanecer aparece un coche de caballos que se detiene bruscamente al advertir la presencia del labriego dormido.
-¡Oye hombre, levántate que debo llegar a la ciudad y tú estás obstaculizando el camino! ¡Si no te levantas deberé pasar por sobre tus piernas!-le grita el cochero al labriego.
El labriego, entresueños, entendió la advertencia del cochero y levantó su cabeza para dirigir una mirada a sus piernas.  -¡Pasa nomás puesto que esas piernas no son mías!- le respondió el labriego al no reconocer como propias esas botas nuevas. Esas botas nuevas eran el «yo» que había llegado a ser, alejadas del «yo mismo» y, la causa de la posible amputación de sus piernas una vez que el carro pasara por sobre él.
Alejandro Fidias Fabri
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