En el caso de los delitos hacia las personas y la propiedad está instalada en la comunidad una distinción entre lo queCatástrofes: la (im)posibilidad de la política. es la inseguridad real que podamos sufrir y la «sensación de inseguridad». Según algunos políticos, esta última se corresponde con una inseguridad exagerada por los medios masivos de comunicación. En el caso de los desastres ocurre la situación inversa: existe en la sociedad un absurdo optimismo y un pensamiento de que los avances científico-tecnológicos junto con óptimas gestiones de gobierno evitarán o mitigarán marcadamente los efectos de cualquier catástrofe. Es así que llegamos a creer que las instituciones estatales y sociales pueden anticipar hasta aquello que no se puede anticipar o llevar a cero todos los riesgos propios de la vida y del mundo.
En la antigüedad los poderes de la naturaleza eran asociados a sus dioses. El hombre no podía con ellos y solo le quedaba el pensar en una vida paradisíaca después de la muerte. Con el correr de las épocas, ya desendiosada la naturaleza, el movimiento iluminista del siglo XVIII instala la idea de un progreso indefinido de la humanidad por obra de la razón, que llevaría a los hombres a un estado de felicidad y perfección. El mañana siempre sería mejor que el hoy. Este relato del progreso dirigido hacia la felicidad se vio desintegrado en el siglo XX por medio de los funestos acontecimientos de las dos Guerras Mundiales, el Holocausto, las bombas atómicas y, otros tantos. Es así que a mediados del siglo pasado, los filósofos alemanes Horkheimer y Adorno plantearon que los procesos que conformaron la modernidad conllevaron una ambigüedad fundamental: que pueden realizar la Ilustración, pero también aniquilarla. Consideran que no solo la Ilustración no alcanzó la realización de libertad de la humanidad que se planteó como objetivo, sino que “la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad”. Si bien ya no quedan pensadores que crean en este progreso indefinido, éste sí está aún instalado en las sociedades, quizá como secuela del positivismo. En general creemos que la ciencia algún día resolverá todos nuestros problemas.
Retornando a los desastres producidos por el mismo hombre o por la naturaleza, es sabido que la catástrofe es un acontecimiento real destructor que daña al hombre y/o a su hábitat. Paralelamente, el riesgo es la probabilidad en el presente de la ocurrencia futura de una catástrofe. Es así que presentificando todas las posibles catástrofes futuras y adjudicándoles a cada una de ellas un dudoso valor de probabilidad de ocurrencia, en el presente se pueden diseñar planes preventivos, de mitigación de daños y de respuesta. Pero, siendo los recursos del hombre esencialmente limitados, ni existe ni puede pensarse ninguna institución que esté preparada para todos los posibles y conjeturables accidentes. Ocurre entonces una alocación de recursos que debe tener en cuenta las demandas presentes y las demandas futuras. Por supuesto que esta situación genera una tensión entre el hoy y el mañana, irresoluble de manera eficaz. Su solución sólo puede ser política. A este problema propio de los recursos limitados de una comunidad, y frente a los riesgos que no se perciban como omnipresentes, los gobiernos o instituciones gubernamentales pueden reaccionar políticamente mediante la negación, la apatía o la transformación.
En lo que el sociólogo alemán Ulrich Beck denomina la actual «sociedad de riesgo», se pone en duda la idea de controlabilidad de las consecuencias y los peligros derivados de las decisiones; ocurre que cualquier nuevo saber genera a su vez nuevas impredecibilidades. La especificidad de la sociedad del riesgo no es que surjan nuevas inseguridades y peligros, sino que se discuta la idea dominante de que estos pueden controlarse con más y mejor saber (y no lo contrario). Agrega Beck que los peligros a los que estamos expuestos corresponden a un siglo (por ejemplo los desastres ecológicos, daños en centrales nucleares) y las promesas de seguridad que pretenden dominarlos, a otro (el pensamiento positivista del siglo XIX).
Para cerrar, hemos visto ya la situación de compromiso para la política de darle solución al hoy y al mañana. A las instituciones cada vez se les exigen más promesas de seguridad, que se desintegrarán frente a los peligros que se presenten, sean competentes o no para darles solución. Son promesas que nadie está en condiciones de cumplir. Aun así, las promesas son un imperativo en las campañas políticas y, sus actores se ven constantemente obligados a hacer lo seguro aún más seguro, tensando el fino equilibrio (o fino desequilibrio) entre centrarse sobre accidentes reales o bien sobre su posible aparición. La contrapartida de reconocer los peligros equivale al fracaso de las instituciones, cuya justificación es precisamente la no-existencia de peligros.
Alejandro Fidias Fabri

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