Es sabido que mientras lo político es el campo de conflictos –variables e inestables por su propiaUna lectura maquiaveliana a la política de hoy. naturaleza- de una sociedad, la política es la acción e intento de encuadre de dichos conflictos, su exhibición e institucionalización. En otras palabras, la política hace inteligible a la sociedad amorfa para poner en escenario los conflictos irreductibles, otorgándole de esta manera sentido y forma a la misma. Podríamos decir que sin conflicto no hay sociedad y sin sociedad no hay conflicto; asimismo, paradójicamente, el conflicto es una de las principales fuentes de la cohesión social.
Siguiendo a Maquiavelo, podemos encuadrar el antagonismo o conflicto de clases como fundamento último irresoluble (y también necesario) de la sociedad. Para él, en El Príncipe, la tarea del gobernante se desarrollará en la oscilación entre los dos polos que conforman a la sociedad, que son el deseo de mandar de los Grandes (o burguesía, o clase dominante, los menos) y el deseo del pueblo (clase explotada, los más) de no ser mandado ni oprimido.
Tendríamos así las tres patas: por un lado, el gobernante o príncipe y, por el otro, la sociedad compuesta por la clase dominante y la clase dominada. Esta composición exhibe al menos dos conflictos: el conflicto entre el poder político y la sociedad y, el conflicto entre la clase dominante y la clase dominada. Sabemos también que las fronteras que limitan a las tres partes son difusas y, a lo largo de la historia, han sido vestidas con distintos ropajes. En resumen, la política, en la búsqueda de la imposible y quimérica resolución, tiene que mantener esta tensión que es la raison d’être de la comunidad.
Por otra parte, los finales del siglo XX le han mostrado al mundo occidental una metamorfosis: la política se transformó en pospolítica. ¿Qué significa esto? Es el universo postideológico en el cual vivimos: el conflicto entre la izquierda y la derecha (representado por el capitalismo y el comunismo) quedó disuelto y se transformó en un mundo atomizado por la posición hegemónica multicultural (variados grupos de interés, no antagónicos). La intolerancia se transformó en “tolerancia”, las sociedades se despolitizaron, los gobiernos se convirtieron en administradores y gerenciadores de ciudadanos consumidores o ciudadanos clientes. El resultado: países ricos con polos de pobreza y, países pobres con polos de riqueza extrema. ¿Qué pasó con la política? Hubo un proceso de estetización: el sufragio es sólo la puerta de ingreso a un mundo del simulacro en donde los partidos políticos de izquierda y los de derecha venden un discurso que desemboca en el mismo tipo de acciones (es el caso de las democracias europeas donde vemos países gobernados por la supuesta izquierda que toman medidas políticas propias de la derecha, tales como los recortes presupuestarios que afectan gravemente al pueblo y dañan a generaciones enteras).
Sin embargo, no es el caso de Latinoamérica. En el último decenio hemos visto en varios países un retorno a la política. Esto es, haber nuevamente puesto luz al antagonismo irresoluble entre los Grandes y los invisibles. Este ha sido, entre otros, el caso de Chávez, Lula, Kirchner, Correa y Morales. Ellos han suscitado la pasión política que alimenta la discordia y que es necesaria y fundamento de la comunidad. Es de prever que esto se replique en algunos países europeos. Por lo pronto, ya vemos el surgimiento de este proceso en la política italiana: la pospolítica representada por Berlusconi y la antipolítica, crítica de la pospolítica, representada por Beppe Grillo.
Alejandro Fidias Fabri

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