Una reflexión «psi»…

Me encontraba en una rueda de conocidos en una reunión social hacia fines del año pasado cuandoUna reflexión «psi»... una señora le comenta a otra que la veía muy bien y bastante recuperada luego de ciertas experiencias personales dolorosas que había vivido unos meses antes. Le respondió con enorme seguridad: “¡Lo que pasa es que estoy tomando Prozac!”. Este hecho me dejó pensando en el significado de tal confianza en un medicamento psiquiátrico y, en lo que implica para el sujeto este deslinde de responsabilidades –no habría un esfuerzo personal sino que se lo externaliza y adjudica a la pastilla-. Poco tiempo después me encontré con un amigo que me comentó que estaba atravesando algunos problemas psíquicos y como consecuencia estaba medicado. A su vez, me agregó que esta medicina le produjo un efecto colateral: cada tanto, involuntariamente, estira el dedo medio de la mano derecha. Igualmente el médico le ha recetado ahora un segundó medicamento para que le enmascare el extraño tic. Esta situación reforzó la sorpresa que ya me había provocado el primer caso.
Lo primero que pienso es que la naturalidad con que las personas corrientes hablamos hoy en día sobre las medicaciones psiquiátricas es bastante mayor a lo que era hace más de dos décadas. Imagino que ello se deba tanto al hecho de un mayor desarrollo en los mismos medicamentos, como a un mayor conocimiento del cerebro por parte de las ciencias, como a una mayor penetración de la especialidad en la sociedad conjuntamente con una mayor cobertura por parte de las obras sociales. Lo segundo que pienso es en el afinado arte que deben tener estos profesionales para dictaminar las medicaciones y las dosis que resolverán o mitigarán las dolencias psíquicas que han detectado a través de la captación de determinados síntomas. En una reflexión más filosófica me pregunto si la farmacología psiquiátrica no tendrá también entre sus objetivos aquel de descubrir la píldora de la bondad. Entonces, cuando una persona cometiera un delito, el juez será un médico que le recete la dosis apropiada de esta medicina. Quedaremos así todos liberados de toda responsabilidad moral, pues el motivo del mal no estará ya en nosotros sino en la química de nuestros cerebros –que en los discursos juega un papel de alien, un otro distinto al ego-. El nuevo sujeto es, por un lado, un ego y, por otro, la química cerebral.
El tema me llevó a meditar en los conceptos de Foucault sobre lo que dio en llamar “el poder psiquiátrico”, esto es, en el poder que ha tenido en la historia para dictaminar sobre aquello que es normal y aquello que es anómalo en la conducta de los hombres y, en las técnicas y tecnologías para lograr el modelo y aislar aquello supuestamente anormal. Como resultado, la sociedad disciplinada modelada en base a estándares de conducta humana definidos por alguna entidad de algún país desarrollado. Asimismo, el modelo estandarizado tendrá variaciones a lo largo del tiempo por cambios en el tipo de demanda por parte de las sociedades, por los desarrollos tecnológicos y por el distanciamiento que vamos teniendo respecto de los tiempos naturales (por ejemplo, hoy tenemos un ritmo de vida más acelerado que el de hace un siglo).
Foucault, remitiéndose a los hospitales psiquiátricos franceses del siglo XIX, compara el proceso de interrogación que hace el profesional psiquiátrico al paciente, con el que hace el cura en la confesión religiosa al fiel que quiere comulgar. Observa que en el primer caso, el profesional cambia la obtención de los síntomas por la liberación de la culpa del paciente; en el segundo caso, el sacerdote cambia información de los pecados por perdón de los mismos. Lo que el filósofo galo no advirtió es que también podríamos hacer una analogía entre la medicación psiquiátrica que completa el acto del diagnóstico y la hostia dada en la comunión. Habría que pensar el significado.
Alejandro Fidias Fabri

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