En el artículo anterior vimos que Hannah Arendt centra su análisis en dos tipos de verdades: por unLa política, ¿un ámbito de mentiras? lado, la verdad de razón (podemos tomar como ejemplos a un axioma matemático, a la teoría de la relatividad o a la doctrina platónica de las ideas) y, por otro lado, la verdad factual o de hecho (se refiere a los juicios emitidos sobre algún acontecimiento de la realidad: por ejemplo, “el 12 de diciembre fue operado en La Habana, por cuarta vez, el presidente Chávez”).
Arendt nos advierte que las verdades factuales son más vulnerables que las verdades de razón. Pone como ejemplo el caso de la ausencia en la historia escrita rusa de Trotsky como protagonista de la Revolución Rusa. Afirma que en el antagonismo que pudiera existir entre el poder y la verdad, el poder puede hacerla desaparecer para siempre, y que “los hechos y los acontecimientos son cosas mucho más frágiles que los axiomas, descubrimientos o teorías”. Ya hemos visto que las verdades de razón pueden ser recuperadas por la misma razón, mientras que las verdades factuales difícilmente sean recuperadas.
Como es de prever, las verdades factuales juegan un rol importantísimo en la política. Permanentemente se emiten juicios “objetivos” sobre acontecimientos (por ejemplo, “la inflación del mes de enero fue de tanto”, “la iglesia advierte sobre la destrucción del trabajo y la falta de futuro en el país”, etc.). Bien. En un ámbito como el político, donde son centrales las verdades factuales, tenemos paralelamente la operación de su archienemigo, la falsedad deliberada, la mentira llana. Y, más aún, hoy en día, la mentira organizada es la nueva protagonista que juega su partida como arma de destrucción masiva de la verdad.
Ahora bien, podemos decir que desde siempre ha habido un antagonismo entre la verdad factual y la política, circunscripto a lo que se conoce como información clasificada o secretos de Estado. Si bien estos casos siempre existieron, nosotros nos estamos refiriendo a aquellos que los exceden. Agrega Arendt que Hobbes afirmó en su Leviathan que la verdad solo puede existir vinculada al provecho, al interés o al placer de grupos de poder. Es así que podemos aventurarnos a afirmar que en la política sólo sobreviven las verdades de hecho que no se oponen ni al provecho, ni al interés, ni al placer de determinados grupos. De esta manera se expande el campo de acción de la mentira en la política. En este punto podemos realizar la digresión de sumar una visión de Nietzsche que nos puede poner luz a un posible motivo del porqué sea fértil el terreno de la ciudadanía para el abuso de la mentira política: el filósofo alemán dice que “el hombre nada más desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, […] es hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos”. Esto es, no nos gusta escuchar noticias que nos afecten en el corto plazo, no importa el costo (un ejemplo de Argentina en el 2002: “el que depositó dólares recibirá dólares”).
Otro aspecto que agrega Arendt, que ha ocurrido y ocurre en la política, es que las verdades factuales que puedan resultar molestas, sean disueltas mediante su transformación en meras opiniones: se pasa de un juicio del tipo “los índices de costo de vida son falsos” a un “Creo que…”, “Me dijeron que…”, “Entiendo que…”, “Me parece que…”. Queda así desdibujado el límite entre verdad y opinión, con la verdad como víctima, ahora devaluada y nivelada con la opinión. Tengamos presente que para Platón, la oposición a la verdad filosófica estaba encarnada por la opinión.
Alejandro Fidias Fabri
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