Pensar la cultura.

A esta altura del partido seguramente más de un lector habrá esperado que ya Arendt hubieraPensar la cultura. afirmado que “la cultura de masas es tal cosa, la cultura es tal otra, etc.”. No sólo no lo ha hecho sino que viene dando rodeos. Esta modalidad no pareciera ser ni un descuido ni algo realizado ex profeso, sino su propio camino del pensar. La filósofa está pensando la cultura, está pensando la sociedad. Para una mejor explicación, podemos traer a colación la frase de un escrito que ella realizara con motivo del octogésimo cumpleaños de su antiguo maestro Martin Heidegger: “si se compara el pensamiento con sus resultados, le pasa lo que al velo de Penélope, que vuelve a descoser por la noche lo que ha hilado durante el día, para poder empezar de nuevo al día siguiente”. Así es el pensamiento reflexivo, así el ejercicio de la filosofía.
En el artículo anterior vimos que la filósofa separa a la sociedad moderna de la sociedad de masas. La primera valoriza o desvaloriza a los objetos culturales dándoles un fin ulterior y transformándolos en mercaderías sociales con fines egoístas; la segunda no pretende cultura sino entretenimiento, convirtiéndolos en mercaderías a ser consumidas. Por otro lado, mientras los objetos culturales tienden a trascender, los productos para entretenimiento se dan dentro del ciclo de vida de la sociedad y no suelen trascenderlo. Digamos que son productos con fecha de vencimiento.
La autora compara irónicamente al pan con el circo -ambos como mercancía-, y éste último como metáfora del entretenimiento. Agrega entonces que ambas mercancías, panis et circenses, se copertenecen, son necesarias para la vida, deben ser constantemente renovadas y son juzgadas por su frescura y novedad. A su vez, este circo amenaza al mundo cultural y se corre el peligro que lo suplante. Pero este problema no radica ni en la sociedad de masas ni en la industria del entretenimiento y, aún en estas condiciones las artes consiguen florecer con las dificultades propias de tener que perforar la ruidosa futilidad del entretenimiento masivo. Afirma Arendt que “la industria del entretenimiento se ve confrontada con gigantescos apetitos, y visto que sus mercancías desaparecen en el consumo, debe ofrecer constantemente nuevas mercancías. En esta línea, aquellos que producen para las «mass media» recorren de arriba abajo el rango completo de la cultura pasada y presente con la esperanza de encontrar el material apropiado”. Pero el entretenimiento no puede ofrecer estos materiales en su estado normal o natural, ellos deben ser alterados o transformados para ser convertidos en entretenimiento que sea fácilmente consumido.
Es así que la «cultura de masas» nace cuando se apoderan de los objetos culturales. El peligro que se plantea es que la sociedad literalmente consuma a los objetos, se los coma y los destruya. Aquí tenemos que diferenciar entre «cultura de masas» y «distribución masiva»: cuando se lanzan al mercado volúmenes importantes de un libro, esto es distribución masiva y no afecta al objeto cultural. En cambio, en la cultura de masas, debido a las transformaciones y cambios que sufre, se ve afectado el objeto cultural (reescritura, condensado, reproducción, adaptación al cine, etc.). En este caso no se está extendiendo la cultura a las masas sino que se la está destruyendo en aras de la producción de entretenimiento. Arendt también observa que aparece un efecto colateral no imputable a las masas en sí, sino al hecho de tratarse de una sociedad de consumidores en donde el tiempo de ocio no se utiliza más para el perfeccionamiento personal (por ejemplo: el otium studiorum) o para la adquisición de más estatus social, sino para consumir más y, obtener más entretenimiento. Una suerte de «consumo todo lo que puedo, luego soy» (o quizá, «consumo todo, y nunca soy», en el sentido más estricto de ser sujeto).
El recorrido nos ha llevado a referirnos a conceptos tales como «objetos culturales», «industria del entretenimiento», «cultura» y «cultura de masas». Pudimos avanzar merced a que nos parece conocerlos intuitivamente. Ahora, la filósofa nos invita a comprender la etimología del término «cultura». Esta palabra proviene del latín «colere» -cultivar, cuidar, preservar- y se relaciona con el vínculo entre el hombre y la naturaleza a los efectos de transformarla para poder habitarla. Presuntamente fue Cicerón el primero en aplicarla a temas del espíritu y la mente. Se refirió a excolere animum -el cultivo de la mente- y, a cultura animi -en el mismo sentido en que hoy nos referimos a una persona culta o cultivada-. El concepto ciceroniano de cultura animi sugiere también al gusto y a la sensibilidad por la belleza, no solo de quienes fabrican cosas bellas –los artistas-, sino también de los espectadores de éstas. En este sentido, Arendt define a la cultura como “la actitud hacia, o, mejor, el modo de interrelación dictado por civilizaciones con respecto a las cosas menos útiles y más mundanas, los trabajos de artistas, poetas, músicos, filósofos, etc.”.
Hemos realizado un recorrido, hemos pensado, y se nos han abierto nuevas sendas para seguir pensando.
Alejandro Fidias Fabri

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