Las opiniones políticas...
Sócrates

En el texto La promesa de la política, Hannah Arendt realiza un recorrido por algunos sistemas de pensamiento político de Occidente, a los efectos de analizar los diversos intentos de los hombres para vivir juntos –y por eso lo de “promesa”-. En esta oportunidad vamos a exponer una parte correspondiente a Sócrates y Platón. Quizá resulte útil para poner luz a ciertos hechos de nuestra cotidianeidad política; quizá, no.

En épocas del enjuiciamiento que llevó a Sócrates a la muerte, la persuasión, que se manejaba con el arte de la retórica, era el discurso político par excellence. Cuenta Arendt que era “el arte más elevado y verdaderamente político”. La situación que se dio es que el filósofo griego no logró convencer a los jueces y ciudadanos con el argumento de que “su comportamiento estaba encaminado al mayor bien de la ciudad”, ni tampoco logró convencer a sus amigos de que por razones políticas no debía huir de la ciudad y debía enfrentar las consecuencias. Arendt concluye de aquí que “la ciudad no tenía necesidad de un filósofo y los amigos no tenían necesidad de un argumento político”.
Para el joven Platón, Sócrates fue condenado a beber la cicuta merced a las irresponsables opiniones de los jueces y ciudadanos. Es así que Platón sintió la necesidad de buscar criterios absolutos. Opuso una verdad eterna y trascendente a la desvalorizada y despreciable «opinión». Sólo los criterios absolutos rescatarían a la polis de la decadencia moral y política. Así introdujo en su República la doctrina de las Ideas (criterios absolutos) en el terreno variable y relativo de los asuntos humanos. Para la polis empírica, la metafísica platónica que establece una verdad eterna a partir de la cual se organiza lo contingente y las relaciones humanas, implica un horizonte autoritario. Arendt lo llama “la tiranía de la verdad”.
Platón se centra en dos aspectos que afectaron a Sócrates: por un lado, la verdad como opuesta a la opinión y, por otro lado, el tipo de discurso. A la persuasión y la retórica propias de la política, opone “una forma de discurso específicamente filosófica, el dialegesthai (la dialéctica socrática)”. También Aristóteles opondrá en su Retórica al arte de la persuasión (arte del discurso político) con el arte de la dialéctica (el discurso filosófico), siendo el primero para las multitudes y el segundo para un diálogo silogístico y extenso entre dos. Visto que Sócrates tenía la dialéctica por modalidad de diálogo con los conciudadanos atenienses, cometió el error de manejarse en el juicio con este método en lugar de utilizar la persuasión, que hubiera sido lo apropiado para esa circunstancia.
Arendt interpreta que es probable que Sócrates no considerara como opuestos a la dialéctica de la persuasión, pues él no devaluaba a la «opinión» sino que a través de su técnica de dialéctica (que Sócrates denominó «mayéutica»: “el arte de la comadrona, él quería ayudar a los demás a dar a luz lo que ellos mismos pensaban a su manera”), buscaba que los atenienses encontraran las verdades en sus propias «opiniones». Sócrates pretendía una ciudad en la que los conciudadanos pusieran a prueba sus opiniones hasta eliminar las propias contradicciones. Buscaba la verdad en la opinión.
Nos resta ubicar este pensamiento socrático en el contexto del espíritu agonal griego, un espíritu de “competición intensa de todos contra todos”. Sócrates intentaba que los conciudadanos superaran esas situaciones mediante el análisis y la transmisión veraz de sus propias opiniones.
Alejandro Fidias Fabri

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