Hannah Arendt
Hannah Arendt

Arendt, en su texto La promesa de la política, hace un análisis de cómo, en un nivel, los prejuicios que albergamos contra la política aquellos que no somos políticos profesionales, la afectan, mientras que en otro nivel, representan algo político. Tengamos presente que la filósofa opera con el concepto aristotélico del zoon politikón, el animal político que conforma mediante la acción la esfera de los asuntos humanos. Afirma que los prejuicios no son juicios y por ello se dificultan los actos de manera tal que ponen en peligro a la política. Arendt entiende por político al “ámbito del mundo en que los hombres son primariamente activos y dan a los asuntos humanos una durabilidad que de otro modo no tendrían”. Esto sería la cohesión y actividades necesarias para la trascendencia de la polis.
Señala como uno de los prejuicios más importantes que afectan a la política a “la idea de que la política interior es una sarta fraudulenta y engañosa de intereses e ideologías mezquinos” y lo vincula con la opinión de Lord Acton, quien decía que “el poder corrompe y la posesión del poder absoluto corrompe absolutamente”.
En la comunidad hay una serie de prejuicios comunes a casi todos, de fácil fluir, los cuales no requieren de argumentaciones o explicaciones para su intercambio. Se dan por sentado. Esto tiene que ver con el sentido más amplio de la política, pues conforman la sustancia cotidiana de los asuntos humanos. Ahora bien, estos prejuicios en cierta forma superan a las capacidades humanas pues nos sería imposible el estar permanentemente reanalizando las situaciones para poder emitir juicios que suplanten a los prejuicios. Agrega Arendt que “pretender operar solo con juicios implicaría una alerta sobrehumana”.
Es así que en la política es un tema central el intentar disipar los prejuicios. Aunque también es infructuoso e imposible, es necesario para poder avanzar en las acciones políticas que nos ubicarán en el presente y en el futuro. Principalmente se dificulta en los cotidianos «se dice» y «se opina». Ambos se ubican en la impersonalidad propia de los prejuicios no analizados. Se trata de decires desarraigados de las cosas, de las experiencias personales y, por ello, de fácil circulación.
Como la otra cara de la moneda, es necesaria la sustitución de los prejuicios por juicios para poder instalar el pensamiento político. Entendiendo al pensamiento político por la acción fundada en las cosas del presente. El pasado en que se funda el prejuicio impide la visión del presente. La política “se basa esencialmente en la capacidad de juzgar”.
¿Cuál es la raíz de ese prejuicio? Está fundado en algún juicio del pasado que estuvo vinculado a la experiencia personal. ¿Cómo pasó de ser juicio a ser prejuicio? Simple: atravesó las épocas sucesivas sin el menor planteo, sin la menos revisión. Es así que este prejuicio instalado impidió luego tener una visión realista del presente, impidió vivir la genuina experiencia y poder analizarla con una mirada fresca. ¿Cómo resolver el problema? El prejuicio contuvo en el pasado una verdad que llevó a emitir un juicio. Hay que rastrearla y reelaborarla.
Es así que tanto los prejuicios como las cosmovisiones y las ideologías operan como protectores de toda nueva experiencia. Lo “real” ya nos viene dado y no amerita que lo analicemos. Lo “real” nos impide que develemos la realidad para poder actuar políticamente en aras de la trascendencia de la polis. Solo las grandes crisis históricas harán tambalear a los prejuicios para obligarnos a ver lo real.
Alejandro Fidias Fabri

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