Hannah Arendt
Hannah Arendt

Afirma Heidegger que la muerte le es coesencial al hombre. De todas las posibilidades que se le presentan, la muerte es la posibilidad más propia y por ende más auténtica. El hombre es un ser-arrojado-al-mundo-para-la-muerte. Hannah Arendt, discípula de Heidegger, le da un giro a la concepción de su maestro: es verdad que como seres mortales nos tocará morir, pero también es verdad que nacemos para ejecutar acciones que llevadas a un eje de relato histórico, resultarán imperecederas. Es así que frente a la posibilidad nueva que se nos presenta, que será el tiempo provisto por el nuevo año 2013, vamos a enmarcarlo en el concepto arendtiano de «natalidad».
Todas las actividades humanas –labor, trabajo y acción- están condicionadas por el hecho de que los hombres vivimos juntos, si bien es solo la acción la que no cabe ni siquiera imaginarse fuera de la sociedad de los hombres. Arendt afirma que de todas las actividades necesarias y presentes en las comunidades humanas, solo dos se consideraron políticas y aptas para lo que Aristóteles denominó bios politikòs, la acción (praxis) y el discurso (lexis), de los que surge la esfera de los asuntos humanos. Es así que la acción la podemos enmarcar en el hombre como animal político. Enuncia que “la política se basa en el hecho de la pluralidad de los hombres. Dios ha creado al hombre, los hombres son un producto humano, terrenal, el producto de la naturaleza humana”.
La pluralidad humana, condición básica tanto de la acción como del discurso, tiene el doble carácter de igualdad y distinción. Si los hombres no fuéramos iguales, no podríamos entendernos ni planear y prever para el futuro las necesidades de los que llegarán después. Si los hombres no fuéramos distintos, es decir, cada ser humano diferenciado de cualquier otro que exista, haya existido o existirá -cada uno de nosotros es ÚNICO en la historia de la humanidad-, no necesitaríamos ni el discurso ni la acción para entendernos. Por otra parte, una vida sin acción ni discurso está literalmente muerta para el mundo; ha dejado de ser una vida humana porque ya no es propia de los hombres.
Aparece aquí el concepto arendtiano de «natalidad» con una acepción ampliada: con palabra y acto nos insertamos en el mundo humano, y esta inserción es como un segundo nacimiento. Pero el impulso de esta inserción surge del comienzo, que se adentró en el mundo cuando nacimos y al que respondemos comenzando algo nuevo por nuestra propia iniciativa. Actuar, en su sentido más general, significa tomar una iniciativa, comenzar. Si la acción como comienzo corresponde al hecho de nacer, si es la realización de la condición humana de la «natalidad», entonces el discurso corresponde al hecho de la distinción y es la realización de la condición humana de la pluralidad, es decir, de vivir como seres distintos y únicos entre iguales.
Es así que el comienzo del nuevo año –el 2013- trae aparejado una multiplicidad de acciones y discursos propios de nosotros los hombres insertos en el mundo. Honremos a las sucesivas situaciones de «natalidad» que se nos presenten. En cada una de ellas se da y se dará la posibilidad de cambiar la realidad y agregarle trascendencia al eje de nuestro relato histórico (al propio y al común).
Alejandro Fidias Fabri

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