Días atrás apareció una noticia en un periódico local (cliquear aquí) informando que la Fiscalía del estado de San"¡Loado sea Don Dinero!" Pablo, con el objetivo de preservar la libertad religiosa en el Brasil, pidió a la justicia eliminar de los billetes la frase «Deus seja louvado» (“Loado sea Dios”). Argumenta que “Brasil es un estado laico y, por lo tanto, debe estar libre de cualquier manifestación religiosa, además de que la expresión privilegia una religión en detrimento de otras”. Así como esta, otras frases tendrían también el mismo derecho de aparecer, tales como «Loado sea Alá» (sesgada en favor de los musulmanes) o «Dios no existe» (sesgada en favor de los ateos), etc. En el hilo de esta experiencia, siempre me ha llamado la atención que la moneda norteamericana tuviera inscripta en los billetes y en el metálico, la frase «In God we trust» (“En Dios confiamos”). Más allá de los argumentos basados en la discriminación que ello implica, cabe preguntarse si existe algún vínculo de mayor profundidad, que los relacione a ambos. Así como desde la lógica racional podemos entender a la existencia de Dios como una convención dogmática, ¿no habrá algún motivo particular para investir al dinero de un valor que lo vincule con Dios? Al fin y al cabo, también el valor del dinero es un tema convencional y dogmático. ¿Es la idea de Dios funcional a la moneda o es la moneda funcional a la idea de Dios? ¿Acaso la frase «In God we trust» es una mera declamación religiosa o hay por detrás algún motivo ideológico, político o económico?
Encontramos que sí hay un concepto filosófico que comparten Dios y el dinero: la «alienación» del hombre. Este concepto fue acuñado en lo abstracto por Hegel y en lo concreto por los filósofos alemanes Feurbach y Marx.
Ludwig Feurebach (1804-1872) afirmó en La esencia del cristianismo de 1841 que no fue Dios quien creó al hombre sino el hombre quien creó a Dios. Así, Dios es producto de la «alienación» (desunión o separación) del hombre consigo mismo. Es un otro que se desdobla o desune de él, portando las cualidades del mismo hombre elevadas a un grado supremo y absoluto: “Dios es el ser infinito, el hombre el ser finito; Dios es perfecto, el hombre imperfecto, […] Dios es santo, el hombre pecaminoso, etc.”. Resumiendo, Dios es una determinación antropocéntrica, proyección (alienación) del hombre en una entidad (Dios) que posee sus cualidades de forma excelsa.
Karl Marx (1818-1883) profundizó aún esta crítica en su Introducción de 1844 a la Filosofía del derecho de Hegel, afirmando que: “La miseria religiosa es, al mismo tiempo la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo”. Por supuesto que más allá de la razón o no, se trata de una postura atea. ¿Y qué del dinero?
En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Marx recorre las principales teorías de la época –Adam Smith, J. B. Say, Skarkek y Mill-. En el Tercer Manuscrito escribe un pequeño texto titulado “El poder del dinero”. Allí afirma que “El dinero en cuanto posee la propiedad de comprarlo todo, […] es, pues, el objeto por excelencia. La universalidad de su cualidad es la omnipotencia de su esencia; vale, pues, como ser omnipotente…”.
Respecto de la «alienación», agrega que “Es el poder enajenado del hombre”. Digamos que el hombre es el dinero que tiene y los objetos que puede comprar con éste. Podemos pensar, entonces, que agregar la inscripción «Dios» a la moneda, es, entre otras cosas, una tautología. Corren tiempos en que no hay religión más enraizada que la del capitalismo, ni Señor más loado que Don Dinero.
Alejandro Fidias Fabri

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