8N: una parodia totémica…

Freud y la República

Freud y la República

En el texto Tótem y tabú- Algunas concordancias en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos, escrita en 1913, al padre de la tribu darviniana, hombre temido y violento, le llegó el día en que los hijos machos, deseosos de poder y hembras, decidieron matarlo y hacer un festín. Este banquete y la erección de un tótem son la rememoración de esa muerte que fue el comienzo del nuevo ordenamiento político y social. A continuación, los hijos pactaron entre ellos no cumplir el rol del padre muerto, pues también les hubiera costado la vida.
El fallecido filósofo argentino León Rozitchner escribió (cliquear aquí) pocos años atrás que al asumir Néstor Kirchner como presidente, traicionó el secreto del fundamento del poder –el terror, la sangre y los desaparecidos que fundamentaban al gobierno-. Esto le hizo ganar “la inquina homicida, el odio visceral de sus opositores y de las clases cómplices que se ven delatadas”. Es así que esta situación lo asimilaría con el padre temido y odiado de la horda primordial.
En el hilo de esta analogía con el escrito de S. Freud, hoy podemos imaginarnos a la movilización de conciudadanos opositores caceroleros en torno al obelisco de la Ciudad –nuestro “tótem metropolitano”, el inerte falo de cemento-, como la fiesta conmemorativa del banquete totémico, en la cual se renueva el simbólico crimen del parricidio, la gran hazaña de la muerte de Néstor en manos de los machos de la horda –la oposición política-. El clima festivo que se vivió el 8N, enmarcado con grandilocuentes reclamos, no puede ser otra cosa que la catarsis por lo ominoso de la figura muerta. La figura que, ya transformada en tótem, es aceptable para la sociedad.
Pero, la muerte de Néstor forma parte de lo imaginario: murió como persona física pero su legado simbólico está vivo. Néstor no murió, está vivo en CFK. Por ello, la “festividad reclamatoria” del 8N sólo puede ser una parodia del parricidio que no fue. Los hijos de la horda –los líderes opositores- aún no tienen la valentía para realizar el parricidio y estos representantes son paradójica y paródicamente representados por las clases cómplices.
Es así que en esta clave freudiana podemos descontextualizar la frase de CFK “Sólo hay que tenerle temor a Dios y a mí, un poquito” (cliquear aquí) y comprenderla desde el valor religioso totémico. Ella bien sabe que en ese pasaje de un patriarcado a un matriarcado, digitado en vida de Néstor Kirchner, fue ungida de los poderes y cualidades propios del nuevo rol. Fue investida con el valor simbólico del fundador del movimiento y, como tal, es respetada. Pero, desde otro lado, heredera también de la inquina opositora. Quizá el hecho de ser mujer la haya obligado a actuar con mayor dureza para hacerse del temor que debe infundir para dirigir tamaña empresa -el cambio de paradigma que está llevando a cabo-, y resguardarse de que se lleve a cabo el parricidio. Muy seguramente, también el hecho de que se trate de una mujer fálica -en cuanto buena detentadora de poder- e inteligente movilice más visceralmente a la porción opositora de la ciudadanía.
Alejandro Fidias Fabri

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