En la Argentina corren tiempos de una sociedad explícitamente dividida y estructurada de forma binaria: o sos K oProlegómeno al cacerolazo 8N... sos anti K. No hay lugar para tibios medios. Algo ha provocado que nuestras pátinas culturales dieran paso a las pulsiones más profundas, acompañadas de ciertas virulencias discursivas. Esta situación nos lleva a preguntarnos por la existencia de algún sustrato de violencia en el hombre. En este camino, una lectura foucaultiana de análisis del poder puede poner luz al tema.
En los cursos que dictó en 1975 en el Collège de France, el filósofo Michel Foucault se preguntó si por debajo de las relaciones de poder subyacen el enfrentamiento, la lucha a muerte y la guerra. ¿Hay algún sustrato atávico violento del hombre que ha quedado enmascarado por la cultura, y emerge en determinadas circunstancias?
Narra Foucault que el general prusiano Karl von Clausewitz afirmó en su reconocido texto De la guerra que “la guerra es una continuación de la política por otros medios”. En base a estos dichos, el filósofo galo se pregunta si “los fenómenos de antagonismo, rivalidad, enfrentamiento entre individuos, grupos o clases” pueden y deben reagruparse en el mecanismo general que es la guerra. Indaga si la guerra es el principio de inteligibilidad del orden. Es así que desde la mera lógica plantea como tesis la inversión del aforismo de von Clausewitz: “La política es la continuación de la guerra por otros medios”. Digamos que primero tuvo que haber guerra armada para que luego hubiera orden (y política).
Es así que en el pasaje de la Edad Media a los Estados Modernos, las “instituciones privadas” de guerra pasaron a ser monopolios estatales. De esta manera las guerras del cuerpo social, de la relación hombre a hombre, de grupo a grupo, se desplazaron para existir sólo en los límites exteriores de los grandes estados. Esta evolución fue acompañada por una profesionalización e institucionalización de los aparatos militares. Así quedaron sustituidas las “sociedades perpetuamente atravesadas por relaciones guerreras”. Vemos, entonces, que el orden y la ley nacen “de las batallas reales, las victorias, las masacres, las conquistas”. Es por ello que subterráneamente al orden y la paz, la guerra no sólo no cesa sino que paradójicamente continúa moviendo sus engranajes y siendo la causa motora de las instituciones. Foucault agrega que “estamos en guerra unos contra otros; un frente de batalla atraviesa toda la sociedad, continua y permanentemente, y sitúa a cada uno en un campo o en el otro. No hay sujeto neutral. Siempre se es, forzosamente, el adversario de alguien”. Queda así a la vista el origen de la estructura binaria que atraviesa a la sociedad.
Podemos agregar que esta visión estaría en línea con la planteada por el jurista alemán Carl Schmitt en su obra de 1932, El concepto de lo político, donde afirma que las categorías específicamente políticas son las de amigo y enemigo.
Por ello, nada nos debiera asombrar: ni los cacerolazos, ni las virulencias discursivas. Tengamos también presente que para von Clausewitz el objetivo de una guerra es “obligar al adversario a acatar nuestra voluntad”.
Alejandro Fidias Fabri

Anuncios