Maqueta Ariston, Vista 1, Bruzzone
 Inauguración de la muestra “Un lugar ideal” de Dino Bruzzone
Galería Foster Catena
Honduras 4882- Piso 1- CABA
19 de Octubre a las 19.30
“No entiendo como, divergiendo, concuerda
consigo mismo; armonía contrapuesta,
como la del arco y la lira”.
(HERÁCLITO, Perí Physeos, Frag. 51)
La infancia de Dino estuvo regida por una cierta admiración hacia las maquetas de los proyectos modernistas de un padre y una madre arquitectos. Si bien sólo se trataba del producto de sus trabajos e ideales –que en alguna fase de los proyectos dejaban naturalmente de tener relevancia-, él íntimamente se sabía el destinatario final de éstas. Su universo era jugar con las maquetas que iba atesorando. Aunque no entendía bien, precomprendía que eran portadoras de ese ansiado y utópico mundo por el que sus padres luchaban con amor, esperanza y dedicación. Probablemente su mente infantil ya sospechara que esas maquetas eran la génesis que introducía en la arquitectura del siglo XX los valores de una Ilustración que inexorablemente se dirigiría hacia el fracaso. Muy probablemente el entusiasmo de Dino radicara en pensar que ese producto del amor y la dedicación de sus mayores contuviera algún vínculo con la humanidad en general. Es más, quizá él, como depositario final –en sus fantasías- algún día cumpliría una función similar a la de los héroes de sus comics. Quizá su fin último, lo heroico, fuera proteger maquetas para que la humanidad entera las conociera. Esto, aunque ignorara el por qué.
Dino complementaba este mundo infantil con otro aspecto propio del Zeitgeist: la lectura de comics que narraban historias de extraterrestres bestias polimorfas que intentaban invadir la Tierra. La representación de lo ominoso, lo terrorífico, su personificación, paradójicamente le permitía reducir la angustia de aquello desconocido que acechaba de manera continua a su mundo feliz. Por otra parte, vorazmente pretendía comprender a ese ominoso enemigo del cual debía proteger las creaciones que atesoraba. Convivían así en él la tensión entre lo externo disfrutable y lo externo peligroso. La ingenuidad y lo lúdico lo fueron llevando a recrear ese infantil mundo en el cual compartía el objeto de su felicidad con monstruos que intermitentemente transmutaban de enemigos abominables a compañeros de juego.
El tiempo hizo su trabajo: esas maquetas desaparecieron, esos monstruos también. Se esfumó el cruce entre lo real y lo ilusorio. Así, Dino sublimó ese espacio de la infancia en la presuntamente egoísta tarea de rescatar desde los vestigios aquello que funda el presente. Quizá no desde una mera humildad sino desde una cierta ingenuidad no toma conciencia de que esa, su tarea individual, contiene una función colectiva. En una etapa superadora de los comics, su nueva tarea es la de encontrar a los monstruos que destruyeron las ilusiones de un mundo mejor. ¿Dónde están las proyectos que no fueron, dónde los monstruos que impiadosamente los devoraron? Dino comienza así su metódica aunque lúdica búsqueda en la que inexorablemente encuentra al mismo hombre que en su aparente camino de progreso fue también portador del germen de la destrucción. Deconstruye y deja en permanente tensión a la maqueta racionalista que no fue con las pulsiones eróticas y tanáticas representadas por los monstruos extraterrestres. Es así que esas obras que nos cuesta sostener sin que nos provoquen algo de angustia nos interpelan hasta el punto de llegar a reconocer que su estética, mezcla de lo ominoso y lo racional, nos representa a nosotros mismos. Somos esa tensión existente entre la razón (la maqueta) y los monstruos (nuestras pulsiones eróticas y tanáticas). Lo erótico nos impulsa a construir, lo tanático a destruir.
El preciso arte de Dino está en encontrar desde un camino individual una temática que nos envuelve a todos los hombres, la omnipresente tensión entre los opuestos. La génesis del ser. Encarna espacialmente el contenido de los reconocidos versos de Hölderlin:
“Pero donde está el peligro, crece
también lo que salva…”
(Hölderlin IV, 190)
Si bien Dino no cree en lo personal estar buscando verdad alguna, logradamente nos confronta con nuestra propia verdad. Convierte en familiar aquello que, aun siéndolo, no nos resulta familiar.
Alejandro Fidias Fabri

 

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