Durante la semana del cacerolazo del día 13 de setiembre, circularon algunas cadenas de mails convocando a esa Una particular mirada al «cacerolazo»…“movilización espontánea”. El hecho de calificar de espontánea a una movilización a la cual se está convocando es una contradicción flagrante. Aquello que es programado con antelación y sistematización, poco puede tener de espontáneo. Sí podría sospecharse en su origen algún oscuro interés económico o político de grupos de poder.
Los diversos medios de comunicación informaron variadas localizaciones y cifras de concurrencia. Centrándonos en la Ciudad de Buenos Aires, unos hablaron de 50.000 asistentes, otros de 100.000 y, hasta alcanzaron la cifra de 200.000.
Puede producir una cierta nostalgia el pensar en las masas que se desarrollaron a partir del siglo XIX, las cuales se confirieron en principal sujeto de demanda política y sujeto legitimador de poder. Este tipo de masas modernas, conformadas por el proletariado o por la clase obrera, fundamentalmente reclamaba justicia social y tener derechos similares a los que detentaba la clase minoritaria burguesa que los sometía. Frente al peligro del advenimiento del marxismo en los países europeos y a la necesidad de parte de los políticos de la manipulación de ese nuevo sujeto masa, algunos psicólogos sociales se dedicaron a estudiarlas y, hasta hubo un papa –alertado del peligro que constituían- que a través de una encíclica exhortó a la comunidad católica a cesar en la despiadada explotación del hombre por el hombre. Esas masas modernas, verdaderas turbas pulsionales que podían fácilmente contener millones de integrantes, vieron su fin hacia mediados del siglo veinte (pensemos en nuestros “descamisados” de fines de los ’40).
El filósofo alemán contemporáneo Peter Sloterdijk, en su texto El desprecio de las masas, caracteriza lo que da en llamar «masas posmodernas»: son masas con objetivos acotados, son grupos abigarrados, carecen de una raíz pulsional, no tienen cuerpo de masa, han perdido su condición originaria de colectivo preñado de expresividad, carecen de un sustrato revolucionario, no comparten un grito generalizado sino que por el contrario contienen la estructura capitalista radicalizada, sumatoria de egoísmos y avaricias. ¿Cómo compensan estas masas posmodernas su esencial ausencia de corporalidad masiva? Muy simple, se convierten en simulacros de masa a los cuales los medios de comunicación masiva le confieren una hiperreal esencia de masa. La fórmula nueva es: mónadas egoístas reunidas que requieren mantener distancia entre ellas, necesariamente replicadas ad infinitum por las cámaras de los noticieros y por los periódicos. La esencia de la masa debilitada ha pasado a estar en el éter de la comunicación.
Por otra parte, se equivocan aquellos que pretenden devaluar al cacerolazo del día 13 con tan sólo adjudicárselo a la clase pudiente, a la clase media alta (lo que le quita corporalidad de masa), a “los mismos que fueron a respirar a Palermo con el Sri Sri Ravi Shankar”. Ocurre aquí un fenómeno de mayor complejidad: el deseo mimético. ¿Qué es esto? En su obra Mentira romántica y verdad novelesca, el filósofo francés contemporáneo René Girard realiza un desplazamiento de la moderna estructura de un Sujeto que desea a un Objeto (cualquiera de nosotros que desee tener un determinado tipo y modelo de automóvil) a un Sujeto que mimetiza su deseo con el deseo de Otro (sujeto) que él supone que disfruta de algún tipo de plenitud o que disfruta de un supuesto prestigio por poseer determinado Objeto (Por ejemplo: es sabido que en Europa, las empresas automotrices les dan autos premium a los jugadores de fútbol famosos. ¿Por qué? En el imaginario colectivo, el prestigio se adquirirá tan solo teniendo un modelo similar al que tiene ese jugador. No es un deseo propio sino un deseo del supuesto deseo del Otro). ¿Qué tiene que ver este efecto mimético con las masas posmodernas? Están conformadas por una minoría que tiene un interés preciso en un Objeto (por ejemplo, aquellos que teniendo un excedente económico elijen atesorar dólares) y, en su mayor parte, por personas que en el intento de tener el prestigio de éstas, copian el acto de movilizarse según el patrón de la minoría que detenta el aparente prestigio (por ejemplo: yo no tengo un excedente mensual como para comprar dólares, pero mi modelo a copiar es aquél que lo tiene, quiero parecerme a él, quiero tener su prestigio. ¿Qué me queda por hacer? Me movilizo por su deseo y tan solo así adquiero un efímero prestigio).
Alejandro Fidias Fabri

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