El descenso a la caverna de un grupo de una red social virtualUn poco por curiosidad y otro poco por el fenómeno de masas, días atrás me dejé arrastrar a formar parte de un grupo de un conocida red social virtual que aglutinaba a las personas que habíamos concurrido al mismo club durante nuestras preadolescencias. Una vez adentro de esta caverna virtual, en un principio me pareció atractivo y emotivo el incesante fluir de fotografías y anécdotas de la época, acompañadas de alegres y melancólicos comentarios sobre ese (mítico) dorado pasado compartido. Vale aclarar que algunas de las personas que participan de este espacio virtual están hoy -habiendo huido de algunas de nuestras crisis sociales, económicas o políticas- viviendo la hecatombe de España, otros el continuo bienestar de Suiza, otros parasitando el liderazgo alemán de la UE y, la mayoría remándola en Argentina.
El clima de las fotografías felices -difícilmente uno tenga fotografías de momentos infelices- genera un simulacro que niega lo presente y niega lo real. Las reglas del juego -implícitas- obligan a no escapar de ello. Quizá ingenuamente o quizá por mera provocación, al intentar dar el paso natural de querer conocer los presentes de los integrantes de este grupo virtual, sus visiones del mundo, sus ideologías, etc., recibí una advertencia de parte de la administradora del grupo, diciéndome: “este espacio está circunscripto a anécdotas y fotos de ese período, no se puede hablar ni de política, ni de religión, ni de cultura, ni de fútbol, ni del presente” (aclaro que esta condición no había sido explicitada al ingresar al grupo; aclaro que ni bien ingresé al grupo había una afirmación de carácter político por parte de un miembro, explícitamente avalada “por error” por la misma administradora). Por supuesto que la advertencia llegó después de que se hubieran armado ciertas rencillas acaloradas entre algunos de los que estábamos participando. Lo extraño del caso es que parecía como si todos estuviésemos defendiendo posturas por el solo hecho de vencer al otro y no con una finalidad de mutuo enriquecimiento, de incremento del saber del común. En un punto resultaba una situación babélica. Intenté sin éxito argumentar que podría resultar enriquecedor conocer desde qué lugar estaba cada uno interpretando ese pasado compartido. Elegantemente y no tan elegantemente fui invitado a abrir otro grupo que tuviera ese objeto particular. Para darle alguna lectura a un hecho que acarreó algo de violencia verbal, pienso que inadvertidamente ingresé a un espacio de placer de otros, un retorno al útero materno de personas que pueden estar alienadas frente a las realidades que están viviendo, a su ausencia de comprensión de las cosas que suceden, a la negación de lo que es, a la negación del devenir. También a mi propia ausencia de comprensión de esta situación. Es así que bañado en la emocionalidad de esa experiencia, opté por buscar el túnel de salida. El pasado mítico y dorado siempre es ilusorio, aunque debí comprender que hay personas que eligen vivir en lo ilusorio.
Por supuesto que doy por descontado que haya grupos virtuales con objetivos claros y precisos que agregan valor a la sociedad en general y a las personas en particular y, que se manejen en términos amigables y constructivos. Igualmente, la experiencia me resultó de interés como para profundizar en su análisis. Es así que en diversas charlas que mantuve con amigos y conocidos en el mundo real, saqué el tema y me anoticié que es normal que ocurran este tipo de situaciones en los grupos virtuales, que yo no había sido ni el primero ni el único invitado a retirarme de un grupo virtual, que es normal que se produzcan algunas discusiones con una cierta violencia y una cierta agresividad, que es normal que uno tenga que formarse una “piel de elefante” virtual, que es normal que tales situaciones puedan llevar hasta a la disolución del grupo. ¿Cuál será el motivo? ¿Es tan diferente la relación dialógica virtual con el otro de la relación dialógica real con el otro? ¿Hay alguna vinculación entre la ética y estas dos situaciones?
El tema da para mucho y lo explayaré en más entregas. Mientras tanto vamos a centrarnos en dos puntos: primero, la situación es de dos o más sujetos que están dialogando y, segundo, hay un tópico en particular que se discute. Los sujetos pueden o no ser «pares epistémicos». ¿Qué es eso de «pares epistémicos»? Thomas Kelly, profesor de filosofía de la Universidad de Princeton, define que “dos individuos son pares epistémicos con respecto a un tópico si y solo si satisfacen las siguientes dos condiciones: primero, son similares con respecto a su familiarización con la evidencia y los argumentos que sostienen la pregunta en cuestión y, segundo, son similares con respecto a las virtudes epistémicas generales tales como la inteligencia, el carácter reflexivo y la libertad respecto de prejuicios y sesgos”. Personalmente a esta definición le agregaría la virtud de la honestidad intelectual. Digamos que la situación de discusión entre pares epistémicos, puede llegar a ser la ideal. Pero, bien sabemos que la realidad dista de ser ideal.
Alejandro Fidias Fabri

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