Ética y depredación...A lo largo de la cruzada bautizada por Bush como la «Guerra contra el Terrorismo», que en su construcción ha incluido un variopinto tipo de intereses y situaciones, Estados Unidos ha tenido pérdidas propias de vidas en el orden de unos pocos miles y han infringido centenas de miles a otros –mayoritariamente musulmanes-. Un papel central lo ha jugado el famoso UAV o drone –avión no tripulado, teledirigido-, que a esta altura en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos ya sobrepasa en cantidad a los aviones tripulados. La guerra con el uso de los drones es muy criticada. Mucho se ha hablado sobre la extraña situación que produce el pensar en un “piloto” de computadora que asiste a su trabajo de 6 a 14 hs en una oficina localizada en alguna base militar de los Estados Unidos, para matar desde allí a enemigos localizados a más de 10.000 kms de distancia. Se ha criticado que la falta de realismo de la situación pueda llevar a un importante grado de insensibilidad, a la inmoral asimetría tecnológica con sus enemigos (¿qué pensaría un americano medio si permanentemente viviera con la preocupación de poder recibir un misilazo mientras realiza sus compras en un supermercado?) , a la simultánea variedad de situaciones geográficas que puede abarcar –Irak, Pakistán, Afghanistán, Somalia, etc.-, al problema jurídico que plantea la ubicación geográfica del “piloto” y la de sus potenciales víctimas, a la incapacidad de discernimiento entre militares y civiles en los blancos de los ataques, y a otros tantos temas.
Así como hay códigos de ética que regulan la gran mayoría de las profesiones, también hay una ética militar. En realidad, no debiera sorprendernos que la potencia guerrera por antonomasia se preocupe por el desarrollo de una ética militar. Ésta tiene por finalidad asistir a los profesionales de la seguridad interior y de la guerra en la toma de decisiones desde una óptica moral en un mundo cambiante en lo tecnológico y en el uso práctico del poder militar (por ejemplo: situaciones que sobrepasan a la Convención de Ginebra, el uso de las torturas, los lugares secretos de detención diseminados en terceros países, los desaparecidos, las ausencias de habeas corpus, los daños colaterales infligidos durante los bombardeos, etc.).
Es en este marco que días atrás apareció un artículo en el periódico inglés The Guardian (cliquear: 02/08/12) que nos anoticia de la sorprendente visión de un profesor de filosofía americano que defiende el uso de los drones (aviones no tripulados) desde una argumentación ética (igualmente, no desconsideremos que EEUU es el mayor productor de armas de guerra del mundo y también su mayor cliente). De acuerdo con sus dichos, es esta postura la que lo ha llevado a ser contratado para hablar sobre la ética de los drones y a ser nombrado profesor asistente de filosofía de la Escuela de Posgrado Naval de Monterey, California. Arguye Bradley Strawser que es necesario invertir la carga del argumento que ataca al uso de estos sistemas: para él, es una obligación moral utilizar los drones y no los aviones de guerra convencionales. ¿Por qué? Muy simple: se trata de una mera contabilidad, la aplicación de la moral utilitarista y, como subproducto, el efecto de una justicia distributiva. ¿Cómo es esto? Alega Strawser que siempre que la operación aérea tenga una base justa, la simetría técnica no es un problema ético. Lo importante es que la causa y el acto mismo estén justificados -tengamos presente la distinción del filósofo y jurista holandés del s. XVII Hugo Grotius: el ius ad bellum (derecho a la guerra), que trata de la causa de ser víctima de una injusticia y justifica el derecho de un Estado de ir a la guerra, y, el ius in bello (derecho en la guerra), que se refiere a las injusticias de las acciones que tienen lugar dentro de la guerra (por ejemplo, la matanza de civiles, el maltrato de los prisioneros de guerra, y otras)-.
La contabilidad ética indica que, por un lado no se pone en juego la vida del agente que realiza el ataque aéreo –instalado en una oficina- y, por otro lado, estos ataques aéreos tienden a ser más precisos –minimizarían las víctimas no combatientes (daños colaterales)-. Estaríamos hablando aquí de una ética benthamiana -vista preponderantemente desde el lado americano-: una acción es moral cuando el estado de cosas que promueve u ocasiona es la mayor felicidad para la mayor cantidad de personas o, el menor dolor para el menor número de personas. Lo que los americanos conocen como “the greater good”. Como subproducto, tanto las operaciones como los mismos drones son más económicos que las aeronaves tradicionales. Es así que con el objeto de obtener un balance más ético, este diferencial económico podría ser deducido del presupuesto militar y aplicado a fines de justicia distributiva dentro de la sociedad.
¿Cuál sería uno de los puntos flacos de esta argumentación? La tenencia de armamentos de una tecnología tan elevada y depredatoria refuerza considerablemente el poderío de una nación que en el pasado reciente se ha dado el arbitrario lujo de tan sólo performativamente convertir a una guerra en guerra justa –tengamos presente que la «guerra preventiva» contra Irak se desencadenó con la falsa argumentación de una supuesta tenencia de armas químicas-.
Alejandro Fidias Fabri
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