Best buddies, 1994, Keith Harring
Best buddies, 1994, Keith Harring

Quizá este tema sea el menos filosófico de todos los que he tratado en el blog, pero el más emotivo. ¿Acaso las emociones no son filosóficas? No lo sé, pero debieran serlo. Al menos, para Aristóteles, el tema de la amistad fue un tópico central de su Ética, y, para nosotros, seres humanos simples, corrientes, frágiles, y mortales, es un tópico central en nuestros corazones, en las construcciones de nuestras identidades y en las configuraciones de nuestras vidas. Se sabe que el día de la amistad se corresponde con el aniversario del primer alunizaje. Está instalado en nuestro saber corriente que fue algún argentino el que propuso fijar el 20 de julio como la fecha del festejo de la amistad. Quizá se trate de una fantasía más. La verdad, poco importa a quién se le ocurrió, pero tuvo una buena idea. ¿Qué tiene que ver la luna con la amistad? Quizá mucho, quizá nada. Pero, según dicen, “todo se vincula con todo”.
Siguiendo una de las tantas sendas posibles del pensamiento, podría hipotetizar que existió un «nosotros los terrícolas» y un «los otros, los extraterrestres» que en una categorización schmittiana se podría haber visto como la relación amigo-enemigo. Pero, el alunizar implicó acercarse al universo del Otro, de lo extraño, reconocer físicamente al mundo lunar (pensando en la división aristotélica entre sublunar y supralunar). Lo mismo ocurre con los amigos: en diversas oportunidades, a lo largo de nuestras vidas, nos reconocemos en el otro, lo que nos permite comprender primero la diferencia y, luego la identificación. No sabemos cuál es la razón o cuál es la emoción que nos lleva a ello. Pensémoslo entonces a la manera pascaliana: “el corazón tiene razones que la razón ignora”. Podríamos pensar así, que el gran interés de la vida esté motivado por nuestra ignorancia. Digamos que la ignorancia podría ser nuestra causa motora. Si supiéramos o entendiéramos todo, ¿qué nos quedaría? Pensaba el otro día en lo interesante que hubiera sido el haber tenido a los veinte años la experiencia y sabiduría que uno tiene cuando ya pasó la mitad del camino de la vida. Al rato, durante una caminata peripatética, me respondí: “si uno empezara la vida sabiendo todo, careceríamos de lo principal, el deseo de saber y de experimentar. El simple deseo…”. ¿Qué tiene que ver esto con la amistad? Bueno, digamos que los amigos que vamos teniendo a lo largo de nuestras vidas -sean duraderos o no-, nos ayudan en el camino y nos enseñan. Y, viceversa. Con los amigos aprendemos a jugar, a tener códigos, a querer, a odiar, a cuidar, a atacar. Los amigos nos ayudan a los humanos en la esencia de nuestra humanidad.
Podría vincular este tema con los tópicos filosóficos más trágicos: vivimos en un mundo donde hay guerras, asesinatos, hambre, pobreza, codicia, inequidad distributiva de las riquezas, y otras tantas situaciones despreciables. Pero, en ese mismo mundo, las víctimas somos menos víctimas gracias a nuestros amigos. He ahí nuestro rasgo humano. Esté donde uno esté, esté como uno esté, siempre habrá un alguien con quien su vínculo llevará implícito un «¡Te banco!». Y, dure lo que dure esa situación, permite que al ser nosotros sólo seres-arrojados-al-mundo-para-morir, aspiremos inmediatamente a la categoria de pero…-para-estar-juntos-en-ese-lapso. No se trata de algo trascendental, hasta puede ser una mera contingencia. Pero, la sensación es independiente del tiempo.
También se da el caso que en oportunidades creemos que estamos sin amigos. Pienso que sólo se trate de la falta de capacidad de verlos. Con el tiempo lo aprendemos.
Para cerrar, aun considerándome yo un amigo poco constante, en la cercanía del Día de la Amistad, les agradezco a los amigos y amigas que han pasado por mi vida, a aquellos que tengo actualmente y, a aquellos que aún no he llegado a conocer.
Alejandro Fidias Fabri


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