Si los ciudadanos somos buenos, ¿para qué gobierno?

Si los ciudadanos somos buenos, ¿para qué gobierno?En el año ’74 Perón atribuyó las dificultades gubernativas al desacuerdo entre argentinos: para él, había unos que pretendían la independencia económica y otros que no; unos que pretendían la justicia social y otros que no; unos que pretendían la soberanía política y otros que no. Perón entendía que todo argentino, sin duda, debiera haber querido las tres. Creo que aún hoy en día, por detrás de algunos reclamos, siguen presentes estos antagonismos.
El 7 de junio se organizó un cacerolazo –no es casual el uso del “se” impersonal- en reclamo explícito al gobierno nacional. Los temas a reclamar me llegaron vía una cadena de mails que terminaba instando al pueblo (“los buenos”) a hacer algo para que la corrupción del gobierno (“los malos”) no triunfe. Ya aquí hay un pensamiento mágico con un antropología optimista en lo que se refiere al pueblo (los ciudadanos son buenos) y una antropología pesimista en lo que se refiere al gobierno (los políticos del gobierno son malos). O sea que tenemos la desgracia de ser todos buenos pero estamos gobernados por malos. Tengamos presente que si los seres humanos fuésemos todos santos, no haría falta gobierno alguno. El constante vaivén entre el bien y el mal está en nuestra propia naturaleza de ser humanos y mortales. Como postura radicalizada, Hobbes fundamentó filosóficamente el absolutismo monárquico basándose en una antropología negativa expresada a través de la locución latina «homo homini lupus» (el hombre es lobo del hombre). Vemos entonces que hay una concepción antropológica en la base de la fundamentación de un gobierno. Fue luego la reflexión sobre qué tipo de gobierno era el mejor la que acompañó el desarrollo teórico hasta llegar a encontrar al sistema democrático y su gobierno dividido en tres poderes.
Volviendo al tema del cacerolazo, el planteo explícitamente exceptuaba los problemas de dinero (digamos, controles sobre la compra de dólares) y las banderías políticas. Perón, con su sabiduría, alguna vez afirmó que el órgano más sensible que tiene el hombre es la billetera. Siguiendo su pensamiento, podemos aventurar que justamente lo que puede haber dolido a la clase socioeconómica media alta es lo que no se nombra. Digamos que el planteo lo enmascara con elevados valores ideales (tomando por ideales lo que debe ser un gobierno o una democracia y no lo que es) tales como “que no haya 14 millones de pobres”, “una verdadera democracia participativa”, “basta de inseguridad”, “basta de impunidad”, “basta de manipulación de la justicia” y otros tantos. Giovanni Sartori afirma que la democracia es un ideal hacia el cual nos debemos dirigir, es un deber ser, ello en sentido prescriptivo. Como todo ideal, es inalcanzable. Nunca jamás se cerrará el hiato existente entre ese deber ser prescriptivo y el ser descriptivo, lo que en realidad es. Si bien puede llamar la atención que no se hayan promovido cacerolazos durante el verano es entendible que ello pueda haber estado motivado en que se trataba de la época en que las pocas miles de personas que en el país adhirieron a él, estaba disfrutando en las playas. Supongo que en ese momento también había 14 millones de pobres. Yo entiendo que este gobierno ha sido uno de los que más leyes ha sancionado en resguardo de las minorías, lo que en cierta forma nos habla del respeto por ellas. Muy probablemente la oposición sea la única minoría que el gobierno no ha protegido de su propia autodestrucción.
Si bien no hay gobierno en el planeta que pueda pasar la prueba de igualar al ser con el deber ser, es loable todo intento de la población -por más pequeño y poco representativo que sea- de recordar cuál es el inalcanzable ideal hacia el cual nos debemos dirigir. Como ejemplo de la importancia de ello, tenemos en nuestra historia a las Madres de Plaza de Mayo. Con sus reclamos corrieron riesgo de muerte. Luego, merced a las décadas de democracia con contenido, hoy en día tenemos la posibilidad de realizar cacerolazos en pleno uso de la libertad y en un ambiente de seguridad. Esto es muy valioso y debemos tenerlo muy en cuenta.
Sí me deja pensando el hecho de que si bien el cacerolazo es una acción política (no profesional) –y como tal, sana para una democracia representativa-, libre expresión de un grupo, al haber estado concentrado en los barrios de mayor poder adquisitivo y dirigida al oficialismo, pareciera que hay una falta de comprensión de la lógica política «oficialismo y oposición». En realidad el planteo debiera haber incluido la inacción de los representantes que votaron aquellos ciudadanos que cacerolearon. También podría estar implícito que no se sientan representados por nadie, lo que sería preocupante, aunque fiel reflejo de la dicotomía «nosotros los buenos y ellos los malos».
Alejandro Fidias Fabri

 

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