Graffiti by Mogul
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Para la tranquilidad de algunos lectores que me han enviado mails con duros conceptos sobre las mentiras políticas que tienen lugar hoy en día en nuestro país, aunque peque de redundante, les aclaro que la mentira en la política no es ni un invento argentino ni monopolio de la Argentina. En el mundo, en el siglo XXI, hay ciertas mentiras gubernamentales que han tenido como consecuencia centenares de miles de muertes. El vínculo entre la mentira y la política es una preocupación filosófica de larga data que podemos sintetizar con los dichos de Hannah Arendt en un artículo que publicó en el número de la revista The New Yorker del 25 de Febrero de 1967: “Nadie ha dudado jamás que la verdad y la política nunca se llevaron demasiado bien, y nadie, por lo que yo sé, puso nunca la veracidad entre las virtudes políticas. Siempre se vio a la mentira como una herramienta necesaria y justificable no sólo para la actividad de los políticos y los demagogos sino también para la del hombre de Estado”. Por supuesto que esta lectura de la realidad no implica que los ciudadanos debamos someternos pasiva y colectivamente a ello.
En el artículo anterior hemos visto una definición provisoria de la mentira y sus cuatro condiciones necesarias, hemos visto matices de la mentira, y, en base a ello realizado un análisis precario de dos planteos del artículo periodístico. Podemos ahora replantear que en el caso del sistema estadístico supuestamente adulterado por el gobierno (el caso del IPC), tendríamos al menos dos tipos de destinatarios: aquellos que no se ven directamente afectados por este engaño y le son indiferentes y, aquellos que sí se ven directamente afectados por él. En ambos casos existiría intencionalidad y, ubicamos la mentira intrínsecamente en el mismo acto y no en el estado del mundo que resultará de ésta –lo acotamos a la enunciación por parte de una persona de una falsedad sabida, a un destinatario al que se tiene la intención de engañar-; el destinatario sería el ciudadano y posiblemente alguna entidad nacional o internacional. Podemos agregar que, por un lado, desconocemos cuál sea el motivo que lleva a la persona a querer engañar y, por otro lado, no le resta entidad el hecho de que lo logre o no. Aún así, pensemos también que aún los indiferentes se verían afectados tan sólo por la pérdida de credibilidad propia o ajena de una institución nacional. Este hecho que daría como resultado a algunos ciudadanos directamente afectados y a una mayoría de ciudadanos indirectamente afectados, pero indiferentes, inclina mi balanza a darle una interpretación nietzscheana: Nietzsche afirma que el hombre –para mí no el hombre, pero sí la gran mayoría- sólo desea la verdad en el sentido acotado de desear sus consecuencias agradables y vitales, es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias beneficiosas y, hostil a las verdades que acarrean consecuencias perjudiciales. Ergo, en cierta forma puede llegar a preferir la mentira a la verdad.
En lo que respecta a un presunto autoengaño del gobierno planteado en el artículo periodístico, las opciones serían dos: o el gobierno miente a sabiendas o, el gobierno se ha olvidado del origen de esa mentira y ya la toma por verdad –ha llegado a autoengañarse. El filósofo Jacques Derrida encuentra que hay una contradicción en el autoengaño pues, siguiendo la definición tradicional de mentira, no puedo conscientemente mentirme a mí mismo como miento a otro –centrémonos particularmente en la intencionalidad. Para poder considerarlo, indefectiblemente hay que introducir una lectura psicoanalítica que incluya al inconsciente. Es su parecer que de hacerlo, ya estaríamos saliendo del mismo concepto de mentira y así, de la filosofía. ¿Dónde quedaría la intencionalidad si lo que opera es el inconsciente?
Vamos a profundizar un poco más en el tema: afirma Hannah Arendt, que hubo en las sociedades premodernas una mentira aceptada, la de la diplomacia y la razón de Estado (National security en los Estados Unidos –lo que, según Hannah Arendt, convierte a un presidente en un rey que está por encima de la ley-). Esta razón de Estado presenta tensiones permanentes con los bordes de la legalidad (por ejemplo, la causa por las escuchas telefónicas que habría solicitado el Jefe de Gobierno de la Ciudad). Para la filósofa alemana, el concepto de razón de Estado ha sufrido una expansión tal como para llegar hoy en día a ser no ya una excepción a la regla sino la regla misma de la política. Es así que la mentira en la política también ha sufrido una transformación: Derrida interpreta a Arendt y afirma que en la sociedad moderna la mentira ya no tiene límites, ya no está circunscripta como en tiempos anteriores, vivimos una época de mentiras públicamente conocidas y aceptadas con indiferencia como mentiras. Se pregunta también si es lógico en estas condiciones seguir manteniendo las dos categorías opuestas de verdad y de mentira o, si será necesario recategorizar al viejo concepto de mentira.
Alejandro Fidias Fabri

 

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