La opinión pública par excellence…

La opinión pública par excellence…Afirmar que la mayoría de los ciudadanos somos incapaces de emitir opiniones autónomas de acontecimientos políticos es más preciso si lo pensamos como el no poder emitir «opiniones rectas» (opiniones en correspondencia con los acontecimientos de lo que dicen y hacen los políticos). En general, sólo podemos emitir opiniones o juicios rectos sobre aquellos acontecimientos que ocurren en nuestro entorno directo y pueden o no ser producto de decisiones políticas. Podemos referirnos con cierta rigurosidad al incremento del costo de vida personal, a las condiciones del transporte público acotado a lo que utilizamos y observamos, a la mayor o menos eficiencia en todas las gestiones que debemos realizar en entidades públicas, etc. Conocer las causas o motivaciones políticas que llevan a tales situaciones, es harina de otro costal. Pensemos tan solo en cómo son los procesos de formación de opinión señalados por Sartori y tendremos el motivo principal. Pensemos también en la pluralidad de situaciones que se dan en la sociedad, la cantidad de opiniones que andan dando vueltas y que deben sufrir un proceso de construcción y unificación mediante la confrontación de éstas. La dinámica que hay entre las opiniones es una dinámica de fuerzas.
Podemos poner como ejemplo de una opinión pública fehaciente y formada por el 100 % de la ciudadanía, a las únicas oportunidades en las cuales ejercemos nuestra soberanía de manera formal, las elecciones de nuestros representantes en las democracias representativas. La primer decisión que tomamos es la de asistir o no al acto de sufragio, lo cual generará ya un porcentaje de asistencia. La segunda es tomar la decisión de a cuál de los candidatos votar. Nuestra decisión comprenderá sólo la voluntad que tenemos ese día, con las expectativas que nos hemos o nos han formado, de quién será el candidato que pretendemos que tome todas las decisiones que representan nuestras ideas por el lapso que dure su mandato. Una utopía total, pero es el menos malo de entre los sistemas conocidos. Vamos a llevar los resultados de unas elecciones presidenciales a números: participación eleccionaria del 80%; agrupación política A, 54% de los votos; agrupación política B, 17 %; agrupación política C, 11%; etc. ¿Qué nos dicen los resultados de esta opinión pública/elección?¿Acaso la opinión pública es que la agrupación política A debe presidir el gobierno? En caso de ser así, ¿esta opinión se ha formado autónoma o heterónomamente?¿Qué pasa con la foto de la opinión pública de ese día cuando el nuevo gobierno asuma y comience a tomar decisiones que no estaban dentro del menú que contemplamos al votar? La democracia representativa está regulada por una serie de reglas, una de las cuales es la Regla de la mayoría. Es una regla que permite dirimir las confrontaciones entre las diversas opiniones. Así que pasa a ser Presidente electo el candidato de la agrupación política A. La opinión pública dice que el 54 % lo quiere así. ¿Qué pasa con el restante 46 % y con aquellos que no votaron? En el mejor de los casos tendrán alguna banca en el Congreso, pero quedan en el camino en el proceso de formación de opinión pública respecto al primer mandatario. Esta opinión pública, ¿me está diciendo entonces que el 54 % quiere a ese candidato como presidente? No. Lo que expresa es que, aceptando todas las reglas impuestas al proceso, tales como elecciones primarias, partidos políticos registrados, etc., y dados como candidatos A, B y C, el 54 % eligió al A. Es un planteo de multiple choice cerrado a esas opciones. Ergo, se trata de una «opinión pública» encorsetada por reglas impuestas por el Estado.
Agreguemos ahora un componente más: cuáles fueron las motivaciones que llevaron a los ciudadanos a elegir a un candidato y no a otro. Siendo muy sintéticos, una expectativa más irracional que racional, basada en argumentos poco fiables, spots publicitarios, espectáculos proselitistas, historial de los partidos, descarte, oposición a, etc. Un caso que muestra claramente esta deficiencia es cuando asumió Menem con la promesa populista y al poco tiempo viró a favorecer a la clase dirigente y a capitales extranjeros en desmedro de la clase trabajadora que lo había votado. No todas las elecciones son iguales, pero, dada la distancia que existe entre el ciudadano y el gobierno (o el mundo de los políticos), la única decisión soberana que tomamos es normalmente heterónoma (es externa a nosotros) y con un altísimo grado de incertidumbre. Y entonces, ¿para qué sirve la opinión pública? Las menos de las veces, para tener una realimentación para corregir defectos del gobierno; las más de las veces, para intentar manipularla. Esta ficción podemos pensarla a la manera del sociólogo Pierre Bourdieu: “el equivalente de «Dios está de nuestra parte» es hoy en día «la opinión pública está de nuestra parte»”.
Alejandro Fidias Fabri

 

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