e3265-opinion_publica_1_0_9Con la frase «dejad fuera toda esperanza, vosotros los que entráis», inscripta en el dintel de la puerta de entrada al Infierno del Dante, los invito a que hagamos un pequeño recorrido por la construcción de la «opinión pública». ¿Por qué de esta manera? Porque aún a sabiendas de la desalentadora e irremontable conclusión a que arribaremos –a diferencia de la ciudadanía de la Grecia Clásica, la gran mayoría de nosotros no estamos capacitados para emitir opiniones autónomas sobre acontecimientos políticos-, ello no nos inhabilitará a continuar creyendo que lo hacemos. El recorrido es socrático: llegar a saber que nuestro saber es que no sabemos, y será esa nuestra sabiduría.
Maquiavelo calificó de voluble a la naturaleza del pueblo y fue el ascenso de las masas en el siglo XIX, conformadas por ciertos modelos de conducta, lo que llevó a los hombres de la política a requerir de las ciencias del comportamiento el análisis del funcionamiento de estas para poder conducirlas, manipularlas y gobernarlas. Era una cuestión de poderes: el prevalente carácter numérico de la masa social ejercía una mayor presión de lo social por sobre lo político para conformar una espacio público. Este espacio público aportó las condiciones apropiadas para el aparecer de la acción y la palabra. Es así que la «opinión pública» política como producto de una entidad masa social, sujeto de demandas al gobierno y objeto de manipulación de parte del Estado, pasa a ser un objeto del deseo de los diversos poderes. Para simplificar, tenemos entonces dos fuerzas o poderes que se enfrentan, el pueblo que no quiere ser oprimido y el Estado que quiere oprimir (si bien esta situación formulada por Maquiavelo es hoy en día bastante más compleja y con muchos más actores o sujetos). Mientras tanto, disciplinas y ciencias tales como la filosofía, la Economía, la Psicología de masas, las Ciencias de la Comunicación, la Sociología y las Ciencias políticas y gubernamentales, se han dedicado y se dedican a su estudio, cada una desde la óptica que le es propia.
Entremos en tema con una definición que da el politólogo italiano Giovanni Sartori: la «opinión pública» es “un conjunto de estados mentales difundidos que interactúan con flujos de información”. Primer problema: “¿cómo asegurar que las opiniones recibidas en el público son también opiniones del público?”. En otras palabras, cómo discernir que las opiniones son autónomamente generadas por el público o son heterónomas, esto es, impuestas desde el afuera. La realidad señala que en el espacio público circulan opiniones de ambos tipos ideales en mezclas variadas.
Sartori, acotando el tema a la concepción contemporánea, plantea un modelo para comprender de manera muy sintética la dinámica y la complejidad de la formación de la «opinión pública» de lo que dicen y hacen los políticos. Por supuesto que hay otros modelos, otras complejidades, otras dinámicas y otros presupuestos (ya sea consenso o antagonismo en el choque entre informaciones).
Las opiniones sobre la cosa pública fluyen según determinados procesos, a saber:
1. Modo descendente, desde las elites hasta la masa, según el modelo de cascada de Karl Deutsch: este modelo contempla cinco niveles, cada uno de los cuales contiene un embalse en el que se produce el choque de intereses y su sedimentación. El superior, las élites económicas y sociales; el segundo, las élites políticas y de gobierno; tercero, la red de medios de comunicación y comunicadores; cuarto, los líderes de opinión (para Sartori, ese 5 o 10% de la población que se interesa por la política); quinto, el público. Esta cascada mantiene un flujo y mezcla continua, con retroalimentación.
2. Modo ascendente, tipo ebullición o burbujeo: no es tan usual. Trata de rumores o estallidos de opinión desde el público. Un ejemplo podrían ser los cacerolazos de 2001.
3. Modo horizontal, mediante la identificación con los grupos de pertenencia.
A esta compleja dinámica, le agregamos que los dos componentes, la opinión y la información, pueden estar escindidos; le agregamos que se pueden dar los tres modos en forma simultánea, y le agregamos que las informaciones y opiniones son seleccionadas, simplificadas y hasta distorsionadas por los canales y ya nos podemos preguntar qué pasa con la verdad. Arriesgaría a pensar que queda aplastada por las voluntades de poder o que es la misma Voluntad de Poder.
Alejandro Fidias Fabri

 

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