¿Y para qué conferencias de prensa presidenciales? (Parte I)El teórico de la política Giovanni Sartori pareciera haber sido un buen lector de la realidad cuando quince años atrás advirtió el pasaje de la especie humana desde el estado homo sapiens al homo videns. Nos estamos transformando en hombres teledirigidos. Cuando creemos que opinamos libremente, no somos más que loros repetidores de discurso o discursos instalados mediáticamente a los fines de grandes intereses económicos y/o políticos.
Por otra parte, hace algunos años, el reconocido epistemólogo Mario Bunge afirmó que la filosofía política se había convertido en una necesidad para comprender los fundamentos de los acontecimientos que ocurren en nuestro país y el mundo. El veía paradójica la pobreza de argumentación política por parte de ciudadanos y políticos con una elevada formación académica. Sólo comprendiendo se puede mejorar. Hay un deber moral en profundizar en los fundamentos de los acontecimientos políticos.
Días atrás, en un engañoso programa periodístico televisivo de un importante grupo multimedia de un género que podríamos ubicar entre parodia y periodismo liviano efectista, el showman del periodismo que lo dirige, rodeado de unas decenas de periodistas conocidos, planteó el siguiente tema: “Queremos preguntar”, y con ello instaba a la presidenta a realizar conferencias de prensa con preguntas del periodismo. En su planteo, pretendió instalar al menos dos falacias: que la conferencia de prensa presidencial es la columna vertebral de la democracia y, que hacían el planteo como portavoces del pueblo (no de los intereses propios, no de los intereses del grupo multimedia). Hasta aquí, no sorprende. Es show business y los intereses de partes disfrazados de periodismo. Pero, Mario Bunge sí seguiría preocupado al ver como muchos televidentes siguen estando obnubilados por estos formatos y con sus capacidades de discernimiento embotadas o narcotizadas como para advertirlo. Más lo estaría si viera la replicación que tuvo el contenido de este programa en importantes periódicos, lo que lo invistió de una mayor jerarquía ontológica.
Sería de esperar que un supuesto periodista de investigación, con ética periodística, se cuestionara e informara al televidente qué son las conferencias de prensa presidenciales, su obligación, cómo es el circuito que le confiere un cierto poder y representatividad al periodista, qué es la opinión pública, cuál es su valor relativo para una democracia, etc. Mientras no haya una actitud de este tipo, el televidente será colonizado por el aparato bobo, será confundido y puede llegar a no percibir que en realidad se trata de un teatro de revistas televisivo investido de valor periodístico.
Vamos a intentar aclarar algunas cosas: como primer tema, la conferencia de prensa presidencial no solo no es una obligatoriedad del primer mandatario sino que, por el contario, es una herramienta estratégica suya para la difusión de sus acciones, a los efectos de incrementar su imagen en la opinión pública y variar así las relaciones de poder con otras instituciones republicanas. Está en su arbitrio hacer o no las conferencias. Desde ningún punto de vista es algo antidemocrático no hacerlas, ni son la médula de la democracia. En los Estados Unidos, se han realizado diversos estudios académicos que han mostrado una gran variabilidad de los distintos presidentes en cuanto a las frecuencias de éstas y a las rígidas pautas que presentan en lo referente a los periodistas autorizados, los tipos de preguntas, las repreguntas, etc. Lo que se pretende así es proteger y enaltecer la imagen del presidente, que es el fin último de estas conferencias. Cada cual ha tenido su propia estrategia de comunicación dependiente de los acontecimientos que la hayan enmarcado (por ejemplo, seguramente han sido confrontativas hacia el presidente o portavoz las conferencias en épocas de la crisis financiera informando la emisión de moneda para salvar a los bancos, y han sido amigables las de época de los actos terroristas en las Torres Gemelas).
Como segundo punto, podemos entender a la «opinión pública» como el interés de la ciudadanía por las acciones políticas del gobierno, por el bien común, por la cosa pública. El pueblo, que ejerce su único acto soberano con la elección de sus representantes, querrá luego conocer más. Por supuesto que la «opinión pública» emergió con la democracia (anteriormente todo se manejaba puertas adentro de los palacios), pero en sí no es la democracia. Los sistemas de información para su conformación fueron evolucionando juntamente con el poder de Policía (en su acepción más amplia). Es así que esta opinión pública pasa a ser interés de varios actores, entre ellos del propio primer mandatario. Por ello, su construcción y manipulación, necesarios en los juegos del poder, tendrán una prioridad relevante.
Tratándose de un tema que presenta varias aristas y nos concierne a todos los ciudadanos, haré la presentación en sucesivas entregas. Mientras tanto, tenemos el difícil desafío de no darle con nuestros actos la razón a Giovanni Sartori y su homo videns.
Alejandro Fidias Fabri

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