Psicología de la argentinidad reloaded…

"Presencia", Leo Vinci, 1982.

“Presencia”, Leo Vinci, 1982.

El aquí y ahora de la argentinidad se encuentra ubicado en medio de dos extremos análogos y vinculados: el primero, el objeto grand A perdido, un pasado mítico en el cual tuvimos un goce (jouissance) pleno (como ejemplos podríamos tomar las metáforas de las bóvedas del Banco Central desbordando de lingotes de oro en el primer gobierno de Perón o, «el granero del mundo» de principios del siglo XX cuando fuimos la 8ª o 9ª economía del mundo) y, el segundo, el objeto grand A por recuperar, un no-lugar, una fantasía hacia la cual nos dirigimos, en la cual se habrán resuelto todas las dislocaciones sociales, en un clima de paz y armonía, emancipados de los poderes malignos (FMI, manipulaciones de economías centrales, etc.).
La mayor contribución de Lacan a la teoría política está centrada en ese Sujeto escindido, producto de un Sujeto del goce en plena identidad con el objeto grand A (gran Otro), el cual es castrado por el padre simbólico y atravesado por la Ley del lenguaje con el mandato de «No al incesto». Es a partir de esa experiencia que se convierte en un sujeto de la falta (del grand A) y del deseo (de recuperar al grand A). Este aporte, tanto como el que hiciera Freud oportunamente, distancia al ego del posicionamiento racional cartesiano. No somos solo razón. Si así fuera, bastaría con que nuestros representantes fueran medio-vulcanos como Dr. Spock.
Recapitulando lo visto en el artículo anterior, en la construcción de nuestra argentinidad operan tres niveles: primero, la jouissance fantasmática consiste en investir a un objeto «petit a» (en este caso, la Argentina) de un soporte imaginario de recuperación del Objeto perdido (el gran Otro). Esta investidura es una creación discursiva política: la promesa de una “sociedad justa”, una “nación sin pobres”, o cualquier otra utopía irrealizable; segundo, experiencias fronterizas vinculadas a una jouissance (goce) parcial del cuerpo, tales como el triunfo de la selección nacional de fútbol, la nacionalización de una empresa con fuerte identidad nacional ( YPF con el valor mítico de la empresa de Mosconi); tercero, operaciones de cohesión nacional mediante una serie de actividades de goce limitado, tales como festivales, celebraciones (festejos del Bicentenario, salones temáticos de la Casa de Gobierno relacionados a la cultura propia), recitales, etc.
Retornemos a la identidad: presimbólicamente, el sujeto gozaba de su completud o unidad junto al objeto gran Otro; a partir de la ley simbólica paterna, el sujeto deseante –ya escindido- buscará a ese objeto gran Otro que míticamente le brindó la identidad. En este viaje, intentará reconstruirla, o, construirla. El irremontable encuentro le brindará la unidad perdida y anhelada. Es así que, a diferencia del ego cogito cartesiano, su identidad se fundará en lo externo. En la búsqueda de esta identidad estable, el sujeto se alineará con identidades colectivas que lo refuercen, tales como nacionalidad, religión, ideologías, partidos políticos, y otros objetos petit a socialmente construidos. Pero, paradójicamente, donde el sujeto cree que va a encontrar su completud e identidad, se topará nuevamente con la falta. ¿Por qué? Porque no solo el sujeto es un sujeto de la falta sino que también el objeto es un objeto de la falta: al objeto petit a, investido de la fantasía de grand A, finalmente se le cae la máscara y muestra lo que es (o lo que no es), una especie de Cenicienta a la medianoche. ¿Tenemos entonces que vivir desesperanzados? No, seguiremos siempre creyendo y deseando la constitución de nuestra imposible identidad y la buscaremos a través de todo objeto que tengamos disponible, saltaremos de ilusión en ilusión acumulando y desechando investiduras.
Como agregado, podemos ya comprender que el recambio generacional en la política y en la comunidad es natural, pero, investirlo como resguardo de lo alcanzado y de la capacidad de lograr la completud de una nación próspera y feliz es claramente una utopía, que puede ser utilizada políticamente. Nuestra próxima generación también estará compuesta por sujetos de la falta, al igual que su objeto.
Por último, algo que estamos acostumbrados a ver: el deseo de completud de la falta, sostenido desde lo discursivo por promesas y por una investidura fantástica, requiere de una víctima propiciatoria a quien responsabilizar por las dificultades que se van planteando (por ejemplo, la pobreza, aunque en niveles algo inferiores, continúa existiendo). Este «chivo expiatorio» es el reverso de la fantasía (por ejemplo, Macri que no se hace cargo de su ausencia de gestión porque lo está asfixiando el gobierno nacional). Es así que el poder responsable de alcanzar la fantasía tiene que construir de entre lo que hay disponible una «antifigura» para estigmatizar (actualmente podemos encontrar intentos de hacerlo al publicitar el gobierno nacional una ineptitud por parte del gobierno de la Ciudad). En esta dialéctica entre la fantasía y la producción del enemigo, se va construyendo la antifigura del archienemigo que impide que alcancemos la nación feliz, o la completud de nuestra identidad.
Alejandro Fidias Fabri

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