Es sabido que la mentira es una herramienta histórica de la política. Este tema ha sido de preocupación filosófica y es así que en la contemporaneidad podemos referirnos a los ensayos de Hannah Arendt, Jacques Derrida, Alexandre Koyrè, y otros tantos.
Desde otra óptica, también podemos encontrar importantes referencias al tema en la cinematografía y en la literatura, en las cuales hemos visto y vemos unas veces a la realidad superar a la ficción y, otras, a la ficción superar a la realidad.
En el ejercicio de uno de mis vicios filosóficos –el de recorrer las librerías de la Avenida Corrientes-, cayó nuevamente en mis manos la famosa novela Ninteen Eighty-Four, publicada por George Orwel en 1949 y traducida al español como 1984. Vagamente recordaba haberla pescado de la biblioteca de mi padre y leído en mi adolescencia. Pero, ya había pasado al olvido. En general, la interpretación de esta obra ha quedado reducida en el imaginario social al famoso Gran Hermano que a la manera de Dios todo lo ve, al tema de un exitoso programa televisivo voyerista y, a una sociedad hipervigilada. En la relectura me ha llamado la atención el desarrollo que plantea de la producción política de la verdad para la manipulación de la ciudadanía, y me ha hecho reflexionar que, siendo los seres humanos tan creativos en lo que respecta a la adquisición y manutención del poder, haya muchos elementos de esta obra que aún no han sido llevados a la práctica en la política real. Digamos que es un ejemplo de ficción que aún supera a la realidad. Y quizá por ello valga la pena tenerla presente para poner en valor la función de las instituciones de una república y la función del cuarto poder -los medios de comunicación.
Es un lugar común escuchar en los medios que ninguna persona soporta un archivo televisivo. Esto es verdad aunque más no sea por una cuestión darwiniana: a lo largo de la vida, por el propio devenir y la  constante aparición de contingencias y cambios, vamos mutando para sobrevivir. Es así que, tomadas dos muestras o imágenes distanciadas en el tiempo, podría parecer que no hubiéramos actuado coherentemente.  La manipulación mediática de estas aparentes incoherencias, ha llegado al punto tal de costar carreras políticas. ¿Cómo soluciona Orwel este problema?
Orwel sitúa la obra 1984 en un Estado llamado Oceanía, gobernado por el Gran Hermano que ve, escucha y dispone todo. El protagonista principal, Winston Smith, es empleado del gobierno y trabaja en el Departamento de Registro del Ministerio de la Verdad. Por supuesto que este nombre no es al azar: su finalidad es la de cuidar la verdad de todos los medios de información, vigilarla y, cuando hace falta, producirla. Algunas veces debe recurrir a la corrección de los datos históricos para salvar las incoherencias y adaptar discursos precedentes a la realidad posterior o a la mentira oficial. A esto lo llaman «mutabilidad del pasado», y es necesario porque El Gran Hermano nunca miente. Es así que el eslogan del Partido reza: «El que controla el pasado, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado». Vamos a ver un ejemplo:
El Ministerio de la Abundancia de este Estado (al que le corresponden los asuntos económicos) periódicamente publica estadísticas. Estas estadísticas son tan fantásticas como lo serán sus correcciones futuras. Se presentó el caso en el que predijo que la producción de botas para el trimestre siguiente sería de ciento cuarenta y cinco millones de pares. La producción efectiva (declarada oficialmente) fue de sesenta y dos millones. Es así que Winston modificó la “predicción” del pasado a cincuenta y siete millones para poder informar en el presente que se habían  superado las predicciones. Agrega Orwel que esta modificación no era relevante porque muy probablemente las tres cifras -ciento cuarenta y cinco millones, sesenta y dos millones y cuarenta y cinco millones- estuvieran lejos de la verdad. Hasta es posible que no se hubiera producido nada pues cuando Winston anda por la calle, observa que la mitad de la población anda descalza. Lo que sí le da tranquilidad es que las producciones sí se hacen en el papel. De eso no hay duda alguna.
Es así que en Oceanía la realidad se convertía en un palimpsesto raspado y vuelto a escribir cuantas veces fuera necesario. ¿Qué pasaba con la información vieja que era desechada? Winston la tiraba por un orificio que tenía al costado del escritorio que se denominaba «agujero de la memoria» e iba a parar a un incinerador.
Bueno, vamos a dejar la fantasía de Orwel para retornar a nuestra realidad cotidiana en la cual sí tenemos que lidiar con un pasado inmutable que sí condiciona a nuestro presente.
Alejandro Fidias Fabri
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