“No me hago al lao de la güeya
                                                                                           aunque vengan degollando;
                                                                                                        con los blandos yo soy blando
                                                                                       y soy duro con los duros,
                                                                            y ninguno en un apuro
me ha visto andar tutubiando.”
HERNÁNDEZ, José
Más allá de que en el origen de la filosofía occidental está la sistematización del pensamiento lógico, aquellos que hemos estudiado filosofía nos vemos en la situación de manejar en forma simultánea varios paradigmas de pensamiento, pudiendo éstos llegar a oponerse. Es así que lo que el pensar filosófico no tiene de riguroso –no es una ciencia-, lo tiene de amplio.
Aquellos que hemos tenido la oportunidad de conocer otros países, hemos visto que, en términos generales, guardan entre sí y con el nuestro diferencias culturales, diferencias en las costumbres, en los protocolos, en las formas de saludar, en los tipos de comida, en la lengua, etc. Lo que le ha dado a cada uno esas características propias está dado por miles de años de historia. Si consideráramos a cada país como una excavación arqueológica, encontraríamos capas o sustratos compuestos de culturas originarias, invasiones, corrientes inmigratorias, guerras internas y externas, religiones, cataclismos, etc. Estas capas se han ido superponiendo hasta llegar a lo que hoy somos. Si nos geolocalizamos en la Ciudad de Buenos Aires, tan sólo consideremos nuestra forma de conducir en las avenidas, en las autopistas, cruzándonos permanentemente de carril sin utilizar el guiño o utilizándolo tardíamente. O, consideremos el transporte público, los colectivos, que se detienen donde quieren, y conducen de manera algo caótica y agresiva. O, consideremos automóviles de respetable valor que estacionan obstruyendo las bajadas de vereda para discapacitados sin la menor preocupación. O, consideremos cuando como peatones pretendemos cruzar una avenida con la aparente seguridad de ir por sobre una cebra, pero mirando con el rabillo del ojo que no arranquen los autos como si fuera una largada de Fórmula 1. Me animo a aventurar que la gran mayoría de nosotros hemos sido y somos actores y testigos de este tipo de situaciones. Es verdad también que estamos acostumbrados a ello, nos desenvolvemos en un pequeño caos, casi forma parte de nuestra esencia, de nuestra forma de estar en el mundo. ¿Por qué hay personas que cuando viajan a otros países no se comportan con la misma lógica con que lo hacen aquí? Por lo mismo que uno se comporta de una manera cuando sale de su casa y, cuando vuelve, anda en calzoncillos y pantuflas. Argentina es nuestra casa.
Gaucho pampeano, 1870

Lejos de una época en que a los argentinos nos daba orgullo referirnos y parecernos a nuestros  antepasados europeos, pareciera que soplan vientos de una mayor identidad nacional y, con ello, de mayor apego a nuestras raíces locales. Podríamos entonces pensar al gaucho como figura arquetípica de nuestro comportamiento. Si bien en un principio el gaucho fue visto con disvalor por los españoles, pasó por varias etapas, entre las cuales estuvieron las de ser faeneros clandestinos, milicianos de frontera, servir a la patria en las guerras de la independencia, hasta llegar al gaucho apaisanado de alpargatas y bombachas, mano de obra de los principales productos de la economía. Cuenta un estudioso que los gauchos, hombres de libertad, eran “fuertes y libres, ariscos, hoscos, bravos y lúcidos, ásperos y hospitalarios, valientes y rudos, generosos y desconfiados, retraídos y melancólicos, cachazudos y rudos, vivaces y socarrones, gentiles y cortantes como el filo mismo de sus cuchillos”. ¿Nos suena familiar?

Ahora bien, hemos escuchado las presentaciones y discusiones en el Congreso por el tema de la expropiación nacional del 51 % de YPF. Hemos escuchado discursos armados según la lógica occidental, plagados de números, tablas y gráficos. Quizá tan sólo debiéramos hacer el ejercicio de pensar en una simple y respetable lógica argentina en la cual un funcionario, portando el triple símbolo del facón, el chiripá y la bota de potro, respondiera que tan sólo se trata de una cuestión de soberanía de un país de hombres y mujeres libres. Solo eso. La libertad fue siempre una condición vital del gaucho.
Alejandro Fidias Fabri
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