“La barca de Caronte”, Luca Giordano
El filósofo político argelino-francés Jacques Rancière, encuentra que la política está atravesando un punto de inflexión desde finales del siglo XX: la transformación de la política antagónica en la política de la post-promesa, la política del consenso. La política del siglo XIX se mantuvo dentro de los cauces iluministas del progreso indefinido de la humanidad, con opciones diversas y hasta opuestas de utopías y tipos de comunidades. El siglo XX operó, por un lado, como arrastre de estos ideales, polarizándose en campos de izquierda y derecha ideológicas y, por el otro lado, hacia la última década, disolviendo este campo en un ámbito político denominado «centro». En este giro, Rancière ve el pasaje del acompañamiento de la política del s XIX de un movimiento natural y pacífico del crecimiento versus un siglo XX enloquecido plagado de promesas. Con el siglo de las promesas, que tuvo su arrastre dentro del siglo siguiente, se refiere a las clásicas promesas de los teóricos y políticos de que las sociedades y los pueblos alcanzasen en un futuro determinados estados de liberación y felicidad. Estas situaciones eran proclamadas en su máximo esplendor dentro de las campañas políticas, y, luego de cumplidos los mandatos ganados, nadie se tomaba el tiempo de hacer los balances. La gran mayoría de estas promesas había quedado en el olvido. Tampoco ello era representativo para el pueblo. Quizá lo único que había importado era el haber hecho la promesa en el momento oportuno. Nada más.
Arguye Rancière que este nuevo tiempo liberado de la promesa, que se llama «centro» “no es un partido, es el nombre genérico de una nueva configuración del espacio político”. Pero, paradójicamente, se trata de un espacio político desprovisto de la manifestación del disenso, del antagonismo, que es la propia esencia de la política. El espacio político tratado como centro cancela a la política. Es así que hemos visto en los últimos tiempos y estamos viendo actualmente en países de la UE gobiernos de centro izquierda tomando medidas de centro derecha y viceversa. A nadie sorprende ya.
La caída de la promesa, que dividía el tiempo en pasado (peor) y futuro (mejor), ha convertido a la política en un “ejercicio volcado por entero en el presente, en el que el futuro no sería más que expansión del presente”.
¿Y qué de las campañas políticas? Han quedado reducidas al único espacio en el cual se puede observar la esencia antagónica de la política, al menos discursivamente: la inversa de la promesa, la promesa de lo peor. Eso podemos verlo en las presidenciales de Francia: en medio de la tormenta económica y financiera y social que azota a la UE, entre los oponentes Hollande (centro izquierda) y Sarkozy (centro derecha), la inversa de la promesa expresada por este último es que “si gana Hollande será una catástrofe y los mercados especularán contra Francia”. ¿Para qué correr el riesgo de agregar más?
Veámoslo desde otra óptica: hagamos un retorno a los antiguos. En innumerables pasajes de la obra política de Platón se encuentra la analogía del arte de gobernar con el arte del piloto de navío. Sócrates explica en la República que, siendo el piloto medio corto de vista, medio sordo, y no muy entendido en el arte de la navegación, gran parte de la tripulación se cree capacitada –sin estarlo- para reemplazarlo en la conducción del navío. Ocurre una disputa, se polarizan los puntos de vista, algunos se amotinan y es reemplazado. Sólo ahí se percatan del saber que portaba este buen señor: debían de tener en cuenta “los cambios de tiempo, las estaciones, el cielo, los astros, los vientos y todo cuanto concierne al oficio”. En el buen piloto hay dos componentes esenciales: uno es el teleológico (del griego telos, final), conocer cuál es el destino final y tomar los recaudos necesarios para dirigirse hacia él; otro, es el saber que le permite superar las contingencias (tormentas, vientos, etc.). El telos es llevar al barco a buen puerto con todo su contenido en óptimas condiciones. El telos es la promesa. En los tiempos actuales, con la desaparición de la promesa, sólo le quedaría a la analogía de Platón la inversa: no importa ya hacia donde hay que dirigirse, lo importante es no hundirse. Sólo eso. Así, la política ha quedado reducida a “el infierno o yo”.
Alejandro Fidias Fabri
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