Hannah Arendt expresa en un escrito que “Dios ha creado al hombre, los hombres son un producto humano, terrenal, el producto de la naturaleza humana”. Esta pluralidad humana ha tenido un cierto recorrido desde el estar centrada en los universales (el hombre) hasta llegar al Zeitgeist del multiculturalismo (la pluralidad de los hombres). Es a partir de la modernidad que comienza en el mundo occidental un lento proceso de salida de los encorsetamientos de las sociedades homogeneizadas y monolíticas, hacia las sociedades de las diferencias, de las multiplicidades culturales. En consonancia, la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1947, enraizada en la Declaración de los Derechos del Hombre de 1793 y en la dignidad señalada por Kant de que es pasible cada hombre, ha delineado una serie de derechos básicos irrenunciables que conforman el ideal de sujeto humano moderno. En esta senda, la sexualidad ha ido vivenciando una liberación y una expansión, siendo acompañada en algunos países por políticas ad hoc. Es así que los Derechos Relativos a la Diversidad Sexual y a la Identidad de Género tienen su lugar de preferencia entre los Derechos Humanos Emergentes, y tienen por objeto la protección y garantía de los derechos humanos del colectivo LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales).
En los últimos días, un hecho me ha resultado insólito y preocupante: el 3 de marzo pasado, un joven de 24 años, homosexual, fue literalmente molido a golpes por un grupo de cuatro jóvenes supuestamente neonazis de entre 19 y 26 años de edad. Esto ocurrió en Chile. Tras casi un mes de agonía, el joven Daniel Zamudio falleció. El aparente motivo del ataque fue su condición de homosexual. La orientación sexual es esencial, no accidental. Cuando se la ataca, se niega la esencia. Hemos leído anteriormente casos similares, pero en países centrales, de una tradición distinta. Lo que más me sorprendió fue la localización geográfica de un hecho de tal tenor y, me despertó algunas preguntas, tales como: ¿Qué significa que el encuentro de dos diferencias tenga por objeto la aniquilación de una de ellas?¿Cómo es la subjetividad del individuo o del grupo que, para ser sostenida, tiene como imperativo el matar?¿Qué contenido encierra el significante «neonazi»?¿Se trata de una mera contingencia o es el síntoma de una enfermedad que corroe a la sociedad?¿Qué papel juega la política?¿Qué papel juega la educación? Son demasiadas preguntas, pero intentaremos poner un poco de luz al tema.
Hemos venido al mundo para ser-junto-con-los-otros. Paralelamente, el «yo», la subjetividad, implica la existencia del «tú», del «vosotros». No hay un «yo» si no hay un «tú». Somos con y por los otros. El yo subjetivo tiene su encuentro con el otro dentro del campo de la ética, de la intersubjetividad. Este encuentro coadyuva a la conformación del «yo»: el »yo» es el complemento de lo que no es, es el complemento de los otros. Cuando este yo subjetivo, unido a un grupúsculo de otros yoes simbiotizados decide matar lo distinto, decide que el encuentro con el otro sólo puede ser violento y tener por objetivo la aniquilación. Así, está eligiendo transgredir las normas éticas y jurídicas básicas. Transforma el imperativo «no matarás» en «matarás lo distinto», «matarás las minorías». Esto implicaría que el sujeto masificado que surge como producto de la abyección es el portavoz de una normalidad, ergo habría una única verdad.
Ya que al referirnos al grupo de neonazis hemos presupuesto un sujeto masificado, vamos a abrir un poco este concepto. El filósofo alemán Peter Sloterdijk, a la hora de analizar el comportamiento de las masas, se refiere a la reconocida obra Masa y poder de Elías Canetti. Este escritor búlgaro instala a la búsqueda de poder y densidad como causas motoras de la masa. A diferencia de las masas nazis, dominadas por un yo ideal encarnado en el Führer, estas masas posmodernas son masas que están formadas por sujetos monádicos, individualistas, apáticos, “suma de microanarquismos y soledades, carentes de objetivos, desahuciados”, que se comprimen hasta conformar el sujeto colectivo («los neonazis»). Afirma Sloterdijk que esta compresión que elimina los intersticios entre los individuos provoca la descarga de “violencia aliviante” que afirma la unión. Podemos entonces aventurar que esta masa, suma de identidades débiles, no puede tolerar la diferencia que le hace mella en su misma debilidad y ve como única solución su aniquilamiento. La fuerza para alcanzar este aniquilamiento sólo la logra mediante la sumatoria de debilidades. ¿Podemos verlos entonces como el síntoma producto de los padres y la educación de la burguesía y clase media actuales?
Canetti caracteriza distintos tipos y etapas de masas. Para él, basta comenzarlas con unas pocas personas. La que más se adapta en este caso es la que llama «muta de caza» y caracteriza como “hordas de reducido número, que vagan en pequeñas jaurías de diez o veinte hombres”. Por ser pocos, “lo que les falta en densidad real lo reemplazan con intensidad”. Intensidad es violencia. Estas mutas están conformadas por individuos que se conocen muy bien –difieren poco-, y son de trato asiduo. Es esta característica también la que los hace reacios al extraño. Este tipo de muta se dirige hacia la presa que quiere cobrar. Probablemente se trate de que una debilidad identitaria lleve a un sujeto a conformar un sujeto masa que aniquile al otro diverso para que no le sea competencia y ponga al desnudo su propia debilidad. Una identidad bien conformada seguramente sea aquella que pueda tener intercambio con la diversidad para enriquecerse de ella y fortalecerse, delimitarse.
Por último, y no por ello lo menos importante, es de público conocimiento que hay un proyecto de Ley Antidiscriminación que está en discusión en el Congreso de Chile desde hace algunos años sin haber aún logrado el consenso y la mayoría necesarios para convertirlo en Ley. Tengamos presente que el hecho de no contar con una Ley de este tenor es una decisión política y enmascararía ideologías que luego pueden emerger como síntomas en hechos como el de los jóvenes neonazis. Las políticas sexuales del Estado, por omisión pueden favorecer estas prácticas sociales violentas.
Alejandro Fidias Fabri
Anuncios