La ceguera de los que vemos…

El Mismo y el Otro.

 

El domingo pasado venía caminando junto a mi perro por la calle Lafinur, vereda impar, casi llegando a la calle Cabello. A unos ocho metros de la esquina veo venir atravesando desde mi izquierda a un hombre no vidente que venía caminando por Cabello, barriendo en semicírculos y golpeteando intermitentemente con su bastón blanco la vereda a su frente. Me detengo para que pudiera pasar por delante mìo sin altercados. En el momento en que está justo alineado conmigo, sin que yo emitiese sonido alguno, se detiene y me dice: “Necesito que me ayude a cruzar la calle”. Fugazmente se me cruzó por la mente el interrogante sobre cómo había hecho para detenerse exactamente en el lugar en que yo estaba parado y hablar a sabiendas que con certeza había alguien allí.
Se trataba del encuentro de dos perspectivas radicalmente distintas. Le contesté que por supuesto que lo haría y le ofrecí que se tomara de mi brazo derecho. Me respondió: “Tengo que cruzar dos calles: Lafinur y luego doblar a la izquierda y cruzar Cabello”. Una vez que los vehículos dejaron de circular, le dije: “¡adelante! No vienen autos, crucemos”. Empecé a cruzar con su mano izquierda apoyada sobre mi hombro derecho. Si bien sentí una cierta vulnerabilidad preocupado porque mi perro se pusiera a perseguir árboles y me armara algún lío, la enorme responsabilidad hacia la demanda del no vidente me intimaba a afrontar la acción con seguridad. Extrañamente, el perro se mantuvo mansamente caminando a mi izquierda. Cuando estábamos por alcanzar la vereda de enfrente, al no venir ningún vehículo por Cabello, le dije que íbamos a doblar a la izquierda antes de subir. Doblamos, cruzamos y cuando estábamos a medio metro de la vereda, se lo informé, a lo cual me contestó: “¡muchas gracias! Ya me arreglo solo.”
Esta experiencia me dejó pensando: el encuentro de dos perspectivas y, la inmediata alineación de ellas. Este hecho no es usual en la vida cotidiana, más bien somos atropellados y atropellamos, poco nos interesa una perspectiva diferente de la nuestra, es más, las invalidamos. Incluso, a veces, con buenas intenciones llegamos a producir un desastre. Ello porque no solemos ponernos en los zapatos del otro.
La situación me llevó a armar una hipótesis: en las relaciones cotidianas, los vínculos son con unos otros que son otros yoes. Son analogías nuestras, iguales nuestros, no me tengo que preocupar mucho por salir de mi pura subjetividad y tratar de ingresar en las de ellos, tengo que tratarlos como yo soy tratado o como a mí me gustaría ser tratado. Recepciono al Otro como si pensara como yo y su visión del mundo se asimilara a la mía. En este caso, un no vidente es claramente un Otro radicalmente heterogéneo de mi yo. Carece del sentido que para Aristóteles era el primordial, la visión. Para transformarnos en la visión de este Otro, tenemos que necesariamente salir y alejarnos de nuestro yo para colocarnos en el yo del Otro, que no es un otro yo. Ambos yoes difieren mucho, sus perspectivas del mundo son muy distintas. En el pensamiento ético del filósofo lituano nacionalizado francés Emmanuel Levinas, al Otro debemos pensarlo como el huérfano, la viuda y el extranjero indefensos frente a los cuales el yo, es rico –y por ello, con la capacidad de dar (en este caso poner el hombro y la voluntad de ubicarse en el lugar del otro)- y, frente al cual, por ser también el Otro el Altísimo, el yo se siente indigno. Sólo considerando al Otro desde un desnivel, habrá un verdadero deseo de ser empático.
Levinas propone llegar al Otro trascendiendo al yo de una manera no egoísta, no borrando su alteridad desde el yo. El Otro es  el rostro que encarna la idea de infinitud, el Deseo desinteresado hacia el Altísimo. La infinitud del Otro frente a la finitud del yo, coloca en la indigencia al yo, al Mismo. El Mismo no piensa al Otro desde esa indigencia, “va hacia él a la aventura, es decir, hacia una alteridad absoluta, imposible de anticipar, como se va a la muerte”. A su vez, el Otro es un rostro que en su vulnerabilidad y sufrimiento, demanda una respuesta del yo.
En el caso del no vidente, se presentó esta relación asimétrica de doble vía donde el Otro es un rostro que me pide y me ordena: me ordena desde el discurso al decirme “Necesito que me ayude a cruzar la calle” y me pide desde la doble asimetría discapacidad/capacidad e infinitud/finitud, me está demandando una respuesta a su menesterosidad, a su vulnerabilidad. Esa demanda del Otro me hace responsable por él desde mi propia indigencia. A su vez, el Otro es infinito, mueve mi Deseo, pero la misma incapacidad de lo finito frente a lo infinito desplaza a la situación de la búsqueda de una mera satisfacción y la convierte en un Deseo desinteresado, con lo cual no nos estamos refiriendo a la «buena acción del día» que deja a uno conforme como tal, sino a una actitud permanente y coherente con uno mismo, a una actitud ética. Por otra parte, el no vidente, en su vulnerabilidad, se entregó al Otro, al que le demandó ayuda, como quien se dirige a la muerte. ¿Acaso los no discapacitados nos sentimos capacitados de alcanzar tamaña actitud en toda esa desnudez?
¿Será que este tipo de situaciones, esta mirada al rostro del Otro, generalmente ocurre con personas que presentan alguna discapacidad y no suele ocurrir con los vínculos de personas que consideramos iguales?¿Habrá una ceguera social de aquellos que vemos?
Nos quedan estas preguntas para reflexionar y continuar en próximos escritos.
Alejandro Fidias Fabri
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