“El regreso de los dinosaurios”, pintura de C. Gorriarena

Aún las peores atrocidades cometidas en la historia han contado con la fundamentación de  argumentos pertinentes. El anciano Videla, exdictador, exgeneral, genocida, lejos de algún tipo de arrepentimiento, realizó declaraciones en una entrevista exclusiva al semanario español Cambio 16, publicadas el 12 de febrero, donde relata los hechos que lo llevaron a comandar el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, a luchar contra la guerrilla, a desaparecer personas. Todo está justificado por sus argumentaciones. Más aún, salvó a la Nación Argentina de su desintegración. Más aún, contaba con el apoyo de representantes de la sociedad civil. Más aún, el error del Proceso no fue “desaparecer” personas, sino la utilización de la palabra «desaparecido» para englobar los diversos matices de las situaciones de las víctimas. Aclara bien que no se trató de “jóvenes idealistas” sino de guerrilleros. ¿Qué persona que no hubiera sido idealista iba a jugarse la vida operando como guerrillero? ¡Los pragmáticos ya estaban en el poder! Discute el exdictador sobre la realidad de las cifras de desaparecidos: no 32.000, sí 7.000. Seguramente su senilidad o su grado de perversión no le permitan advertir que regatear acerca de las miles de personas exterminadas y raptadas sistemáticamente, es impropio e indigno de un ser humano. Sean enemigos o no. Quizá sería más provechoso que dedicara sus últimos años de vida a pensar en el significado de haber hecho arrojar a una única persona desde un avión en vuelo. Una persona, no treinta y dos mil, no siete mil. Si su análisis sólo puede ser realizado o le conviene que sólo sea realizado desde la situación de una guerra, tal como aduce, podría pensar en los Convenios de Ginebra que debiera haber hecho respetar, podría pensar en haber hecho arrojar un único guerrillero desde un avión, no treinta y dos mil, no siete mil. ¿Sentirá algo? Lo mismo con las fosas comunes de cadáveres NN. Creo que ningún argentino, sea quien fuere, puede olvidarse de la conferencia de prensa de Videla en 1979, siendo presidente de facto, cuando da su explicación sobre los desaparecidos en fríos y distantes términos algebraicos. Allí, en un supino estado de conciencia cosificada, declaró: “El desaparecido, en tanto esté como tal, es una incógnita, es desaparecido. Si el hombre apareciera, tendrá un tratamiento X, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento Z. Pero mientras sea desaparecido, no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido.” Espeluznante pensar que se refería a seres humanos. Enemigos o no. Espeluznante pensar que los dichos provienen de un argentino, «derecho y humano». Pero ahora, Videla, en un purista análisis del uso del lenguaje y la categorización, sí se arrepiente de algo: “fue un error de nuestra parte aceptar y mantener en el tiempo el término de desaparecido, digamos como algo nebuloso; en toda guerra hay muertos, heridos, lisiados y desaparecidos, es decir, gente que no se sabe dónde está. Esto es así en toda guerra”. Su grado de perversión evolucionó. Podemos parafrasear y citar al filósofo alemán Theodor Adorno y proponer que las entidades que se ocupan de la Memoria en la Argentina, hagan un gabinete de estudio de Videla “con todos los métodos de que dispone la ciencia, en especial con el psicoanálisis prolongado durante años, para descubrir, si es posible, cómo surgen tales hombres”. Eso sí, sin utilizar los métodos de él para averiguar cómo llegó a ser lo que es. Este estudio será de utilidad para insertar sus resultados en los programas de estudio y que no se repita, para que «Nunca más».

Párrafo aparte merece el tema de las responsabilidades en la pirámide de jerarquías: a Videla le parece correcto el uso del «principio de obediencia debida». Su visión implica discernir entre aquellos que hubieran cometido hechos aberrantes (juzgables y sancionables), aquellos que sólo cumplían órdenes de la superioridad (hayan sido cuales hayan sido las órdenes; no juzgables) y, aquellos que motu proprio se excedían en el cumplimiento de las órdenes (juzgables y condenables). Pareciera ser que, para él, los militares modelo hayan sido aquellos que tuvieron una determinada característica necesaria para el ingreso a las Escuelas militares: la ausencia de ética. De esta forma resultaban más maleables para recepcionar una ética deontológica deformada que guiara  su proceder a través de un imperativo categórico del estilo expresado por Hannah Arendt, el «imperativo categórico del Proceso de Reorganización Nacional»: «Compórtate de tal manera, que si Videla te viera aprobara tus actos». Aquellos que discernieran entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, y no cumplieran las órdenes, seguramente fueran indignos de llevar el uniforme.
Por último, pretende descalificar al matrimonio Kirchner en su reconocido trabajo por la Memoria y los señala como “burócratas que repartían panfletos y no mataron ni a una mosca entonces”. Esta frase dice más del exdictador: para él sólo son aceptables aquellos que matan, aunque sea a una mosca. Cuando Kirchner hizo bajar su cuadro del Colegio Militar de la Nación, no requirió haber matado una mosca, requirió pretender que se hiciera justicia y que hubiera coherencia.
Para cerrar, bien vale recordar a Adorno, quien al referirse al nazismo de los campos de concentración, distingue entre “los hombres que ejecutan, a diferencia de los asesinos de escritorio y de los ideólogos”. No cree que la aparición de asesinos de escritorio pueda ser detenida mediante la educación, sí, en una cierta medida, la de los verdugos subordinados.
Alejandro Fidias Fabri
Anuncios