Secretaria Clinton
La fotografía y el video de los infantes de Marina norteamericanos orinando sobre los cadáveres de guerreros Talibanes en la Guerra de Afganistán, han dado la vuelta al mundo a través de todos los medios de comunicación posibles. La repetición ad infinitum puede cumplir varios objetivos: uno de ellos, mostrar la deshumanización de una guerra, otro, mostrar el poder de una civilización sobre otra. Quizá, un tercero, sólo simular: la guerra es casi como un juego de niños, ver quién orina más lejos, ver quién le “pega” al muerto. Para el camarógrafo que lo filmó, la diferencia entre «luz, cámara, ¡acción!» y «preparen armas, apunten, ¡fuego!» quizá sea sólo un matiz de lo mismo. Además de la humanidad entera, las víctimas de esa guerra bien pueden ser ambos: los soldados vivos que orinan y los cadáveres que son orinados. Y por qué no, también aquellos que vemos la foto y el video.
Luego de que lo hiciera el Secretario de Defensa Leon Panetta, el jueves 12 de enero la Secretaria de Estado Hillary Clinton, con un tono de voz controlado, inexpresivo y  muy apropiado para la diplomacia, condenó el comportamiento de los infantes de Marina exhibido en el video de público conocimiento. Su declaración aisló quirúrgicamente ese solo incidente.
Si recordamos que en 2010 Wikileaks dio a publicidad más de 90.000 documentos de la guerra de Afganistán, algunos de los cuales daban cuenta de cientos de muertes de civiles por parte de la coalición, podemos hacer una interpretación basada en Baudrillard: la imagen del video “no sirve más que como una tapadera de tercer orden”. Esta situación (la del video) existe para ocultar  que el país «real», todo el Afganistán «real» es una situación humillante. La representación del video, funcionalmente liberada por el aparato de guerra, y presentada como un acontecimiento excepcional, posiblemente tenga como efecto producir un simulacro de realidad de aquello que no aparece en la foto y sería lo normal: en esa realidad no habría humillación de cadáveres, sólo las meras muertes de la guerra, provocadas por los cotidianos enfrentamientos, llevadas a cabo con los armamentos usuales. Todo es normal, todo es real. Lo deplorable solo es la humillación de los cadáveres de ese video. En palabras de la Secretaria Clinton, eso “es absolutamente inconsistente con los valores americanos, con los patrones de comportamiento que esperamos de nuestro personal militar, a los cuales se atiene la gran mayoría, particularmente los infantes de Marina”. De los políticos, ni hablar.
En ocasión de la publicidad de las fotografías de militares norteamericanos infringiéndoles torturas en el 2003 a prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, Irak, la filósofa norteamericana Judith Butler realizó en su texto Marcos de guerra algunas reflexiones que bien se pueden extrapolar a este caso. Se preguntó por el papel que jugó el camarógrafo. Resulta sorprendente que nadie esté abalanzándose para frenar la filmación. ¿Por qué? ¿Los infantes pretendían llevarse un recuerdo? ¿Acaso dijeron: “La cámara está aquí! ¡Empecemos a orinar para que pueda captar y conmemorar nuestro acto!”? Una escena con los actores, los infantes de Marina, tan bien distribuidos “para la foto”, muestra “lo que pueden hacer los Estados Unidos, como señal de su triunfalismo militar, demostrando la capacidad de este país para consumar una completa degradación del enemigo putativo, en un esfuerzo por ganar el choque de civilizaciones y someter a los ostensibles bárbaros a nuestra misión civilizadora, la cual, como podemos ver, se ha despojado tan bellamente de su propio barbarismo”. Agrega Butler que una fotografía de este tenor, de manera coercitiva nos está informando qué vidas son dignas de duelo y qué vidas no lo son. Está en juego quién es y quién no es sujeto de derechos humanos, qué cadáver será objeto de duelo público y cuál no lo será.
Esperemos no ver más declaraciones de funcionarios disculpándose y condoliéndose por los excesos de sus guerras. Esperemos escucharlos solo poniendo fin a ellas y, tal como sucede en la Argentina, tener la vocación de encausar las controversias internacionales solo a través de las vías diplomáticas. Al igual que Kant, esperemos también que la única paz posible no sea solo aquella de los cementerios.
Alejandro Fidias Fabri
Nota: La ausencia de la fotografía y del video en el blog tiene por única finalidad el no ser cómplice de la estetización del horror.
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