El hombre informado

Un cuento de Borges se refiere a un Imperio en el cual el Arte de la Cartografía logró tal perfección que llegaron a levantar un Mapa “que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él”. Por supuesto que le era inherente el resultar inútil. Si pretendiéramos tener a nuestra disposición la información de todos los acontecimientos que ocurren en el mundo, toda la verdad, un Periódico que envolviera a la Tierra podría tener validez sólo una fracción de segundo. Consideremos además la imposibilidad física de ello y nos enfrentamos entonces con la condición necesaria del periodismo de priorizar, recortar, jerarquizar y segmentar información. Nos está colocando ya en un punto de vista inducido. ¿Nos aleja esto de la verdad? Digamos que la verdad parcial ya no es la verdad. La verdad parcial es lo que Kant denominaría «verdad engañosa», pues su finalidad sería el engaño sin llegar a la mentira. Podemos tomar como ejemplo la publicidad que se ha dado a las víctimas de uno y otro lado de la Guerra de Irak: cerca de cuatro mil norteamericanos y una cifra que, de acuerdo a la fuente, se encuentra entre cien mil y poco más de un millón de iraquíes. En cierta forma, la grosera falta de precisión de la segunda cifra relativiza el valor de la vida humana –o de la muerte humana.
Podemos entonces entender la dificultad que conlleva la búsqueda de la verdad. Ya Parménides, filósofo presocrático que vivió a caballo entre los siglos VI y V a.C., especuló con ello. Escribió el famoso Poema en el que una diosa le explica a un alumno privilegiado que va en su búsqueda, la metodología para alcanzar la verdad. La diosa recibe al joven y le dice: “Es necesario, entonces, que te informes de todo; por un lado, del corazón imperturbable de la verdad bien redondeada, y, por el otro, de las opiniones de los mortales, en las que no hay verdadera convicción”. La verdad a que se refiere es una verdad inalterable y firme, pero, a los mortales sólo nos es accesible la opinión, entendiendo por opinión el punto de vista.
Por otro lado, tenemos que las corporaciones de medios de información son empresas y, como tales, son medios de producción cuya mercancías son las noticias y cuyo fin implícito, la rentabilidad económica. Ahora bien, en una sociedad de consumo de masas exacerbado como la que nos toca vivir, las noticias no se alejan de la lógica de ésta. Es así que las noticias, cual cadáveres expuestos a la intemperie, rápidamente se pudren. Se destruyen y renacen siendo víctimas del voraz apetito interpretativo del periodismo y de la opinión pública. Esas noticias, verdades parciales interpretadas, nos son entregadas como víctimas propiciatorias a una opinión pública cuyos múltiples sentidos interpretativos simultáneos las despedazarán. Esta lógica es inherente al fantasma que nos acecha a todos: conocer “el corazón imperturbable de la verdad bien redondeada”, la verdad inalterable y firme. Frente a esta verdad, ¿dónde encontraríamos pequeños objetos del deseo que motorizaran febrilmente nuestras vidas?
Alejandro Fidias Fabri

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