El argumento pragmático sobre la inexistencia de Papá Noel…

Aristóteles comienza su Metafísica afirmando que todos los hombres deseamos saber. Ese deseo de conocer en su más puro estado lo disfrutamos en la infancia. Después, la educación, los libros y la vida se van encargando de enjaularlo en categorías. Es así que hoy sé que en la historia de la humanidad grandes pensadores han reflexionado sobre la existencia o inexistencia de Dios. Sus teorías han sido discutidas durante siglos, han sido llevadas a Concilios, han sido loadas y han sido violentamente rechazadas.
Después de haber subido algunos escalones del saber formal, me vienen a la memoria las disquisiciones de mi infancia sobre la existencia o inexistencia de Papá Noel. Cerca de los cuatro años, ya sospechaba algo, pero, mi rudimentaria y pragmática lógica me permitió volar hasta un cierto nivel quizá muy básico, quizá supino. Mi hipótesis era que si había regalos, Papá Noel existía, si no, no existía. Luego la refiné un poco, extendiendo la duda a la precisión o imprecisión en el horario de llegada del famoso y nunca avistado trineo. La primera visión resultaba maniquea, la segunda ya despuntaba al futuro ingeniero. Con los años, los regalos siguieron vinculados a la Navidad, pero de otra forma. No tengo presente en qué momento se esfumó Papá Noel. Quizá fue cuando descubrí que no todos los niños recibían regalos. Debo haber empezado a sospechar de ciertas injusticias del mundo, ciertas injusticias de los hombres. Debo haber inferido la inexistencia de Papá Noel a partir de la inequidad en la distribución de regalos. Pareciera ser un pensamiento muy banal y pagano. Seguramente sea así.
Hoy, habiendo ya descubierto que Papá Noel no existe, que no hay ningún gallo en la Misa de Gallo, que no hay reno Rodolfo de la nariz roja, que no hay fábrica de juguetes en el Polo Norte y, que sí es un mundo de injusticias, elijo el aspecto afectivo, de altruismo y de unión familiar de las fiestas. Recuerdo así, otro momento: mis padre, mi madre, mi abuela, mis hermanos y yo, sentados escuchando y cantando música navideña de Bing Crosby que emergía de un enorme combinado (a los lectores jóvenes les aclaro que el «combinado» era un mueble parecido a una cómoda que en su interior albergaba el tocadiscos, la radio y los discos). La verdad, de museo.
Dentro de las paradojas que un escrito permite, les dedico el siguiente video, que tiene la particularidad de ambientarse en una suerte de fábrica de juguetes posmoderna y tecnológica, y les agradezco el haber seguido a lo largo del año los artículos de mi blog. Espero les hayan resultado de interés o de génesis de alguna reflexión. Agradezco también a aquellos que han tenido la dedicación de hacerme devoluciones sobre los escritos.

Alejandro Fidias Fabri
A todos y a todas, les deseo
¡¡muy felices fiestas!!
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